El 31 de julio, cuando la tarde cae sobre Ciudad Real, la fiesta se concentra alrededor de dos lugares que explican buena parte de su historia: los Jardines del Prado y la catedral de Santa María del Prado. La ofrenda a la patrona convive hoy con la música, la indumentaria manchega, la limoná y el puñao; en otros momentos de la noche, la zurra convierte el vino en una forma de celebración colectiva. La escena parece compacta, como si hubiera llegado intacta desde un pasado remoto.
Los documentos cuentan una historia menos ordenada y, por eso mismo, más humana. No existe un papel que diga cuándo nació la Pandorga ni una explicación definitiva de su nombre. Hay referencias a una costumbre anterior al siglo XIX, descripciones de serenatas, periodos en que la fiesta cayó en desuso y decisiones municipales que fueron dando forma a la celebración que se conoce ahora. La investigación permite afirmar mucho, pero obliga a dejar algunos huecos abiertos.
Una palabra más antigua que la fiesta
La primera precaución consiste en no confundir la historia de la palabra con la de la fiesta local. El Diccionario histórico de la lengua española relaciona pandorga con el latín pandurica y, en último término, con pandura, un instrumento de cuerda parecido a un laúd. La documentación hispánica ofrece usos anteriores al caso ciudadrealeño: en 1602 designaba una agrupación de instrumentos populares cuyo sonido podía resultar alborotado; Sebastián de Covarrubias, en el Tesoro de la lengua castellana o española de 1611, la definió como una consonancia algo alocada producida por la variedad de instrumentos.
Durante el siglo XVII, la palabra también aparece asociada al baile festivo y al ruido de una representación. No significaba todavía, de manera exclusiva, la fiesta del 31 de julio. Podía nombrar una música desordenada, un baile o una diversión ruidosa; en otros territorios acabaría designando incluso una cometa. Esa historia semántica hace comprensible que una ronda nocturna de guitarras, bandurrias y voces terminara llamándose Pandorga, pero no demuestra por sí sola cuándo empezó la costumbre de Ciudad Real.
La tradición local conservó otra explicación. Un texto del siglo XVIII, conocido por una transcripción publicada por el cronista Julián Alonso Rodríguez en 1949, decía que el nombre era Pandora y que aludía a la reunión de varios instrumentos. La fórmula encaja con el significado musical antiguo, pero es una explicación popular, no una prueba etimológica. La filología propone una genealogía latina; la memoria de la fiesta guardó una imagen sencilla: muchos instrumentos juntos, mucho sonido y una noche de celebración.
Lo que puede fecharse y lo que no
La documentación de la fiesta es escasa. El propio Diccionario histórico de la lengua española registra en 1847 la acepción local: una celebración de Ciudad Real relacionada con el agradecimiento de los agricultores a la Virgen del Prado por la cosecha. La fuente es el Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar, dirigido por Pascual Madoz. Que aparezca allí no significa que la fiesta naciera ese año; solo ofrece un testimonio impreso y fechable de cómo se entendía en la década de 1840.
La entrada de Madoz contiene, de todos modos, una noticia incómoda para las versiones más lineales: afirma que la Pandorga había caído en desuso y que resultaba algo ridícula. La fiesta no aparece como una costumbre ininterrumpida y siempre pujante, sino como una práctica que podía perder prestigio, público y apoyo. Un periódico madrileño describió en 1850 una noche mucho más animada, con las calles y el Prado llenos de gente y una función de guitarras, violín y bandurrias. La diferencia entre ambos testimonios muestra que el declive no fue una desaparición limpia, sino una sucesión de repuntes.
Hay una referencia todavía más reveladora, aunque exige cautela. La transcripción del documento dieciochesco describe la última noche de julio: los músicos se reunían en casa de quien organizaba la función, recorrían las calles con hachones, acudían primero al camarín de la Virgen del Prado y después a las casas de los jueces, cantaban seguidillas y regresaban para compartir un refresco. La ceremonia incluía maitines, misa cantada y la renovación de las siete banderas de la Virgen cuando alguna estaba deteriorada. El organizador pagaba según sus posibilidades.
Ese texto permite ver una fiesta nocturna, musical, religiosa y sostenida por un anfitrión particular. No demuestra que todos sus elementos existieran desde la Edad Media, ni identifica el año en que comenzó. La noticia de que en 1789 el corregidor Vicente Maldonado suspendió la celebración y provocó coplas de protesta sí prueba que para entonces la Pandorga tenía arraigo suficiente para que su ausencia se notara en la ciudad. La fecha es un límite seguro: en 1789 la costumbre ya formaba parte de la vida pública local.
De serenata a fiesta urbana
Las descripciones del siglo XIX permiten seguir el cambio de escala. El Compendio de la Historia de Ciudad Real, publicado en 1870 a partir de los materiales de Sebastián Almenara, hablaba de conciertos con los que los vecinos festejaban a su patrona alrededor del camarín y anunciaban la llegada de agosto, el mes de la Virgen. En 1883, el músico Varela Silvari definió el canto de la Pandorga como una serenata tradicional que ya estaba cayendo, o había caído, en desuso. La música seguía siendo el corazón del nombre, aunque la costumbre vivía con dificultad.
Un manuscrito de Joaquín Gómez, redactado en el siglo XIX y citado por la historiografía local, añade detalles sobre el ritual: músicos transportados en un carro cubierto de tapices, coplas para la patrona, las autoridades y el Pandorgo, música en el Prado hasta el amanecer, maitines y misa solemne. El texto menciona el nombramiento del Pandorgo para el año siguiente. La imagen coincide con la del documento dieciochesco, pero conviene recordar que conocemos ambos testimonios por transcripciones y referencias posteriores. La cautela no les quita valor; indica qué tipo de evidencia son.
La administración municipal empezó a aparecer de forma visible en esa historia. Un acta del Ayuntamiento fechada el 30 de julio de 1896 recoge una aportación de 50 pesetas para la fiesta. El gesto no convierte a la corporación en creadora de la Pandorga, pero revela que la celebración ya podía reclamar un lugar en el presupuesto público. La costumbre que había dependido del anfitrión y de sus recursos entraba poco a poco en una relación nueva con la ciudad organizada.
A comienzos del siglo XX persistía la visita a la Virgen, aunque la fiesta parecía reducida a la audición de la banda municipal y a los paseos por el Prado. En 1915, el periodista Francisco Herencia escribió que se trataba de una costumbre manchega debilitada y pidió a las autoridades que la sostuvieran. Un año después, la prensa local atribuyó al canónigo Alfonso Pedrero la recuperación de los cantos y bailes manchegos, culminados con la misa de la Pandorga. Cada rescate seleccionaba elementos del pasado y los volvía a poner en escena.
El siglo XX: pérdidas, rescates y nuevas formas
La historia contemporánea de la fiesta está atravesada por interrupciones. La celebración perdió fuerza durante los años treinta y la Guerra Civil cortó su continuidad. La antigua imagen de la Virgen del Prado fue destruida en 1936; la reposición del culto y la adquisición de nuevas imágenes en la posguerra dieron otro marco a la devoción. El artículo de C. M. San Martín publicado en ABC en 1957 decía que la tradición había sido resucitada el año anterior. La palabra elegida por el periodista resulta elocuente: para entonces, conservar la Pandorga exigía recuperarla.
La fiesta actual no nació de una sola decisión. La historiadora Carmen del Hoyo sitúa en 1964 la asunción municipal de la organización y la incorporación de un desfile, una ofrenda floral y actuaciones folclóricas. Otras reconstrucciones institucionales señalan 1980 como el momento en que el Ayuntamiento consolidó el programa y reapareció la figura del Pandorgo. Las dos fechas pueden convivir si se entiende el proceso como una acumulación: primero se ordenaron los actos; después se recuperó un personaje que la memoria local vinculaba a la organización antigua.
En 1978 se incorporó la proclamación de las Dulcineas y sus damas de honor. Entre 1979 y 1980 se documenta el arranque del concurso de limoná y la nueva etapa del Pandorgo, asociada al hallazgo de un manuscrito de Joaquín Gómez por el abogado Tomás Valle. En 1988 se instituyó la Hermandad de Pandorgos. El reconocimiento regional y la expansión del programa terminaron de convertir una serenata de raíz religiosa en una fiesta urbana con representación institucional, folclore, gastronomía y participación masiva.
Una tradición hecha de capas
La ofrenda a la Virgen del Prado sigue siendo el eje que permite reconocer la celebración a través de sus transformaciones. La música de cuerda y las seguidillas explican el antiguo sentido festivo de la palabra; la figura del Pandorgo conserva el recuerdo de un anfitrión que convidaba al vecindario; el desfile y la ofrenda floral pertenecen a la reorganización contemporánea; la limoná, los torraos y la zurra expresan el modo actual de compartir la calle. No todos esos elementos tienen la misma edad ni proceden del mismo momento.
La conclusión más honrada sobre el nombre es, por eso, doble. En el español antiguo, pandorga se relaciona con el ruido musical, la mezcla de instrumentos y el baile. En Ciudad Real, el término quedó fijado para una celebración concreta vinculada a la Virgen del Prado y al calendario de finales de julio. La documentación no permite señalar el instante exacto en que una acepción pasó a designar la fiesta, ni confirmar que la costumbre naciera en la Edad Media. Lo que sí permite es ver cómo una palabra con historia propia encontró un lugar en la memoria de una ciudad.
Las fiestas populares rara vez sobreviven como piezas intactas. Se apagan, se discuten, cambian de escenario y reciben formas nuevas. La Pandorga llegó al presente precisamente así: no como una línea sin cortes, sino como una conversación entre la serenata antigua, la devoción mariana, los recuerdos de quienes la recuperaron y las decisiones de cada generación. Su origen conserva preguntas, pero su historia ya ofrece una respuesta: una tradición también es la suma de las veces que una comunidad decide volver a celebrarla.