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Siglo XX

Los Acuerdos de Camp David y la paz entre Egipto e Israel en 1978

Trece días de negociación secreta en Maryland sellaron el primer acuerdo entre Israel y un país árabe

Carmen Puerta 24 de September de 2026 26 lecturas 7 min de lectura
Anwar Sadat, Jimmy Carter y Menachem Begin tras cerrar el acuerdo en Camp David, septiembre de 1978
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El 19 de noviembre de 1977, un avión egipcio aterrizó en el aeropuerto de Tel Aviv. Dentro iba Anwar Sadat, presidente de un país que llevaba treinta años en guerra, formal o encubierta, con el Estado de Israel. Ningún líder árabe había pisado antes suelo israelí de forma oficial. Al día siguiente, Sadat se dirigió al Parlamento israelí, la Knéset, y pronunció una frase que sus propios asesores le habían pedido que suavizara: reconocía el derecho de Israel a existir. Aquel gesto, tan arriesgado como inesperado, fue el primer paso de un proceso que terminaría, diez meses después, en un retiro presidencial de las montañas de Maryland.

El viaje a Jerusalén que rompió un tabú

Para entender lo que ocurrió en Camp David hay que remontarse a esa visita. Sadat llegó al poder en Egipto en 1970 tras la muerte de Gamal Abdel Nasser y heredó un país agotado por la derrota de 1967, cuando Israel había ocupado la península del Sinaí en la Guerra de los Seis Días. En 1973 había intentado revertir esa derrota por las armas, en la Guerra de Yom Kipur; el resultado militar fue ambiguo, pero le devolvió a Egipto algo de orgullo y, sobre todo, le convenció de que la vía militar no llevaba a ninguna parte.

El discurso ante la Knéset no trajo la paz de forma inmediata. Las negociaciones bilaterales que siguieron se estancaron durante meses por las diferencias sobre el futuro de los territorios palestinos. El presidente estadounidense Jimmy Carter, que llevaba desde el inicio de su mandato empeñado en resolver el conflicto árabe-israelí, decidió entonces jugarse el capital político de su presidencia en una apuesta poco habitual: encerrar a los dos líderes, lejos de la prensa y de sus respectivos gobiernos, hasta que llegaran a un acuerdo.

Trece días encerrados en Maryland

La cumbre empezó el 5 de septiembre de 1978 en Camp David, el retiro presidencial situado entre bosques a unos cien kilómetros de Washington. Carter había elegido el lugar precisamente por su aislamiento: sin periodistas rondando, sin la presión de las delegaciones completas, esperaba que Sadat y Begin pudieran negociar con menos gestos para la galería. Se equivocó en parte. El primer ministro israelí, Menachem Begin, antiguo líder de una organización paramilitar en los años del Mandato británico, y Sadat, que se veía a sí mismo como un estadista visionario, apenas soportaban estar en la misma sala.

Un retiro sin cámaras y con Carter de intermediario

Durante los primeros días, las reuniones a tres bandas resultaron tan tensas que Carter optó por separar a las delegaciones y hacer de mensajero entre una cabaña y otra, redactando y reescribiendo borradores él mismo junto al secretario de Estado, Cyrus Vance. Sadat llegó a hacer las maletas en más de una ocasión, dispuesto a marcharse sin acuerdo; Begin se resistía especialmente a cualquier compromiso sobre Cisjordania y Gaza, territorios que consideraba parte de la herencia bíblica de Israel. Carter recurrió incluso a un argumento personal, mostrando a Begin fotografías dedicadas a sus nietos, para apelar a lo que estaba en juego para las generaciones siguientes. La negociación se prolongó doce días de conversaciones intensas, hasta que en la madrugada del 17 de septiembre se cerró finalmente el texto.

Dos documentos, no un tratado de paz

Lo que se firmó aquel día en la Casa Blanca, con Carter, Sadat y Begin estrechándose las manos ante las cámaras, no fue un tratado de paz en sí mismo, sino dos documentos marco. El primero, «Un marco para la paz en Oriente Próximo», esbozaba una fórmula de autonomía transitoria para los palestinos de Cisjordania y Gaza, con negociaciones futuras sobre su estatuto final. El segundo, más concreto, establecía los principios para un tratado bilateral entre Egipto e Israel.

Sinaí a cambio de reconocimiento

La fórmula de fondo era sencilla de enunciar y muy difícil de ejecutar: Israel devolvería a Egipto la totalidad de la península del Sinaí, ocupada desde 1967, a cambio de que El Cairo reconociera al Estado israelí y estableciera relaciones diplomáticas plenas, la primera vez que esto ocurría entre Israel y un vecino árabe. El acuerdo sobre el Sinaí se cumplió con rigor en los años siguientes: la retirada israelí se completó de forma escalonada y terminó en 1982, cuando la última franja del territorio volvió a soberanía egipcia. El marco palestino, en cambio, quedó en gran parte en el papel; la autonomía prevista nunca llegó a desarrollarse tal como se había esbozado en Maryland, y ese vacío sigue pesando sobre la región.

Los dos marcos firmados en septiembre sirvieron de base para negociaciones posteriores, más técnicas y no menos ásperas, que se cerraron el 26 de marzo de 1979 con la firma del Tratado de Paz entre Egipto e Israel, de nuevo en Washington. Ese tratado sí tenía fuerza jurídica plena y sigue en vigor hoy, más de cuatro décadas después.

El precio de la paz

El reconocimiento internacional llegó rápido: Sadat y Begin recibieron conjuntamente el Premio Nobel de la Paz de 1978. La reacción en el mundo árabe fue la contraria. La Liga Árabe expulsó a Egipto de la organización y trasladó su sede de El Cairo a Túnez; casi todos los gobiernos árabes rompieron relaciones diplomáticas con Egipto, y la Organización para la Liberación de Palestina calificó el acuerdo de traición a la causa palestina. Dentro del propio Egipto, sectores islamistas y nacionalistas acusaron a Sadat de haber vendido la unidad árabe por la recuperación de un territorio.

Esa hostilidad no se quedó en la retórica. El 6 de octubre de 1981, durante un desfile militar en El Cairo que conmemoraba el octavo aniversario de la guerra de 1973, un grupo de soldados vinculados a células islamistas radicales abrió fuego contra la tribuna presidencial y mató a Sadat. Begin, por su parte, dimitió como primer ministro en 1983, desgastado por la guerra del Líbano y, según relatan quienes lo trataron en sus últimos años, atormentado por el número de víctimas de aquel conflicto.

Anwar Sadat durante su discurso ante la Knéset israelí en Jerusalén, noviembre de 1977
Anwar Sadat durante su discurso ante la Knéset israelí en Jerusalén, noviembre de 1977

Lo que distingue a Camp David de tantas otras cumbres de paz frustradas es precisamente esa combinación de éxito parcial y fracaso parcial que arrastra hasta hoy. La paz entre Egipto e Israel resultó sólida: ha sobrevivido a guerras en la región, a la caída de Mubarak, a la llegada al poder de los Hermanos Musulmanes en 2012 y a su posterior derrocamiento, sin que ningún gobierno egipcio haya vuelto a plantearse romperla. El marco palestino, en cambio, quedó como una promesa incumplida que reaparece, con otros nombres, en cada nueva ronda de negociaciones sobre Oriente Próximo. Puesto en perspectiva, Camp David demostró que la paz entre enemigos históricos era posible cuando había algo tangible que ofrecer a cambio, y al mismo tiempo dejó claro que un acuerdo bilateral, por sólido que sea, no basta para cerrar un conflicto que tiene más partes implicadas que las que se sentaron a la mesa aquel septiembre.

Firma del Tratado de Paz entre Egipto e Israel en la Casa Blanca, 26 de marzo de 1979
Firma del Tratado de Paz entre Egipto e Israel en la Casa Blanca, 26 de marzo de 1979

Hoy Camp David sigue siendo el nombre que se invoca cada vez que Washington intenta repetir la fórmula: aislar a las partes, quitarles la presión de sus opiniones públicas y confiar en que el tiempo compartido en una cabaña logre lo que no consiguen años de diplomacia formal. Rara vez ha vuelto a funcionar igual de bien. Puede que la razón sea, sencillamente, que en 1978 había un presidente egipcio dispuesto a jugarse la vida por esa paz, y que la pagó con ella tres años después.

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