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Siglo XIX

La Primera Junta de Gobierno de Chile y el ocaso del poder colonial español

El cabildo abierto de Santiago del 18 de septiembre de 1810 nació como un gesto de lealtad al rey cautivo, pero terminó abriendo el camino hacia la independencia chilena

Carmen Puerta 29 de August de 2026 30 lecturas 8 min de lectura
Representación de la constitución de la Primera Junta de Gobierno de Chile, el 18 de septiembre de 1810, en el Real Tribunal del Consulado de Santiago
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A las nueve de la mañana del 18 de septiembre de 1810, el salón del Real Tribunal del Consulado de Santiago empezó a llenarse de gente. No era un día cualquiera de sesión municipal: acudieron unos cuatrocientos vecinos, entre militares, clérigos, comerciantes y miembros de las familias más influyentes de la capital del Reino de Chile. Habían sido convocados a un cabildo abierto, una figura legal que permitía ampliar las decisiones del ayuntamiento a la ciudadanía notable cuando el momento lo exigía. Y el momento, desde luego, lo exigía: en la península, el rey de España llevaba dos años preso en Francia y nadie sabía muy bien quién gobernaba en su nombre.

La sesión se prolongó hasta las tres de la tarde, una hora que un cronista de la época calificó de \"intempestiva\" para cerrar un asunto de tanto peso. Cuando el escribano guardó la pluma, Chile tenía un gobierno nuevo, nacido de sus propios vecinos y no de un nombramiento llegado de Madrid. Fue el primer paso, aunque casi nadie lo viera así en ese instante, de un proceso que terminaría en la ruptura definitiva con España ocho años después.

Napoleón, un rey cautivo y una crisis que cruzó el Atlántico

Para entender lo que pasó ese martes en Santiago hay que retroceder a la primavera de 1808. Napoleón Bonaparte, con la excusa de reforzar sus tropas en Portugal, había ido ocupando plaza tras plaza en territorio español. En mayo consiguió que Carlos IV y su hijo Fernando VII acudieran a Bayona y, mediante presiones y engaños, les arrancó la renuncia al trono. Napoleón colocó entonces a su hermano José Bonaparte como rey de España, algo que buena parte de la población, tanto en la península como en América, se negó a aceptar.

Sin rey legítimo en el trono, se produjo un vacío de poder que los juristas de la época resolvieron con una vieja doctrina castellana: si el monarca faltaba, la soberanía regresaba al pueblo, que debía organizarse para conservarla hasta su regreso. En España surgieron juntas provinciales que coordinaron la resistencia contra los franceses. En América, esa misma lógica llevó a preguntarse por qué las colonias no podían hacer lo mismo: formar sus propios gobiernos provisionales, leales a Fernando VII, mientras durara su cautiverio.

Un gobernador que encendió la mecha en Santiago

En Chile, el detonante inmediato tuvo nombre propio: Francisco Antonio García Carrasco, gobernador impuesto por la Corona y muy mal visto por buena parte de la élite criolla. En mayo de 1810 ordenó detener y desterrar a tres vecinos destacados de Santiago acusados de conspirar, una medida que se percibió como arbitraria y que terminó por costarle el cargo. García Carrasco tuvo que renunciar semanas después, y por ley debía sucederle el militar de mayor graduación presente en el reino: un anciano de más de ochenta años llamado Mateo de Toro y Zambrano, conde de la Conquista.

Fernando VII, retratado por Francisco de Goya. Su cautiverio en Francia desde 1808 dejó sin rey legítimo a España y sus colonias
Fernando VII, retratado por Francisco de Goya. Su cautiverio en Francia desde 1808 dejó sin rey legítimo a España y sus colonias

Toro y Zambrano aceptó el mando el 16 de julio de 1810, pero era consciente de que su autoridad, heredada casi por accidente, resultaba frágil. Circulaban además panfletos como el llamado Catecismo Político-Cristiano, que cuestionaba abiertamente el derecho de un gobernador impuesto a mandar sin el consentimiento de los propios chilenos. La presión para convocar un cabildo abierto que decidiera el futuro del gobierno se volvió, en cuestión de semanas, imposible de aplazar.

El cabildo abierto que cambió el rumbo del reino

Aquel 18 de septiembre, el propio Toro y Zambrano abrió la sesión y, para sorpresa de pocos, presentó su renuncia al cargo de gobernador. Fue entonces cuando tomó la palabra José Miguel Infante, procurador de la ciudad, para plantear la propuesta que cambiaría el curso de los acontecimientos: crear una Junta de Gobierno que asumiera el mando mientras se aclaraba la situación en España. La moción se aprobó por aclamación de la inmensa mayoría de los presentes.

Retrato de Mateo de Toro y Zambrano, conde de la Conquista, elegido presidente de la Primera Junta de Gobierno
Retrato de Mateo de Toro y Zambrano, conde de la Conquista, elegido presidente de la Primera Junta de Gobierno

Un reparto de poder cuidadosamente equilibrado

La composición de la nueva Junta no fue improvisada. Se eligió a Toro y Zambrano como presidente, en parte por su cargo previo y en parte porque su avanzada edad lo hacía una figura de consenso, poco amenazante para ningún bando. Como vicepresidente quedó el obispo de Santiago, José Antonio Martínez de Aldunate, representando a la Iglesia. Los cinco vocales —Fernando Márquez de la Plata, Juan Martínez de Rozas, Ignacio de la Carrera, Juan Enrique Rosales y el coronel Francisco Javier de Reyna— representaban a su vez a los comerciantes peninsulares, la aristocracia de Concepción y la nobleza santiaguina. José Gregorio Argomedo y Gaspar Marín actuaron como secretarios. Era, en la práctica, un intento de que ningún sector de la sociedad colonial quedara fuera del nuevo gobierno.

El acta que se redactó aquella tarde dejó constancia del espíritu con que se planteaba el cambio: el objetivo declarado del nuevo gobierno era \"el orden, quietud y tranquilidad pública\", no la ruptura con la Corona. La Junta se proclamó \"gubernativa del reino a nombre de Fernando VII\", una fórmula que se repitió en casi todas las juntas americanas de esos años y que permitía a los criollos gobernarse a sí mismos sin declarar, al menos sobre el papel, una rebelión.

¿Fue la Junta de 1810 una declaración de independencia?

No, y conviene decirlo con claridad porque es un malentendido frecuente. La Junta se presentó como leal a Fernando VII y juró gobernar en su nombre; nadie en aquel salón habló de romper con España. Lo que sí cambió, de forma irreversible, fue quién tomaba las decisiones en Chile: por primera vez desde la conquista española, un grupo de criollos —nacidos en América, no en la península— asumía el gobierno del territorio sin esperar el nombramiento de un virrey o un gobernador enviado desde Madrid.

Esa distancia entre la lealtad declarada y la autonomía real es lo que los historiadores llaman hoy el periodo de la \"Patria Vieja\": un gobierno que se decía provisional y fiel al rey, pero que en la práctica empezó a actuar como un Estado con voluntad propia. La Junta creó nuevos cuerpos militares, convocó elecciones para un Congreso Nacional —que se instaló el 4 de julio de 1811— y estableció contacto directo con la Junta de Buenos Aires, que había seguido un camino casi idéntico apenas dos meses antes. También decretó la libertad de comercio, abriendo los puertos de Valparaíso, Talcahuano, Coquimbo y Valdivia al intercambio con potencias distintas de España, algo impensable bajo el monopolio comercial que Madrid había mantenido durante casi tres siglos.

De la autonomía a la ruptura definitiva

La Junta gobernó apenas hasta el 4 de julio de 1811, cuando el nuevo Congreso Nacional asumió sus funciones. Pero el camino que había abierto no se cerró ahí. España intentó recuperar el control del territorio entre 1814 y 1817, en el periodo que se conoce como la Reconquista, tras derrotar a las fuerzas patriotas en la batalla de Rancagua. La respuesta llegó desde el otro lado de los Andes: José de San Martín y Bernardo O'Higgins organizaron un ejército en Mendoza, cruzaron la cordillera en 1817 y derrotaron a las tropas realistas en Chacabuco. El 12 de febrero de 1818, O'Higgins proclamó formalmente la independencia de Chile, cerrando un ciclo que, sin que nadie lo planeara así en 1810, había empezado en aquel cabildo abierto convocado para resolver un simple problema de sucesión de mando.

Bernardo O'Higgins, quien proclamó la independencia de Chile el 12 de febrero de 1818
Bernardo O'Higgins, quien proclamó la independencia de Chile el 12 de febrero de 1818

Lo que hace especialmente revelador este episodio es precisamente su ambigüedad inicial. A diferencia de otros procesos independentistas que arrancan con una ruptura explícita, el chileno —como el de Buenos Aires, Bogotá o Caracas en esos mismos meses de 1810— nació disfrazado de fidelidad. Fue un gobierno que juraba servir a un rey al que, en la práctica, dejaba de obedecer en lo esencial: quién manda, quién comercia y quién decide. Esa fórmula, repetida en toda Hispanoamérica, explica por qué el continente entero se fragmentó casi al mismo tiempo sin que existiera un plan común entre los distintos territorios: cada uno reaccionó por separado a la misma crisis, con Bayona y el cautiverio de Fernando VII como origen compartido.

Hoy, el 18 de septiembre se celebra en Chile como Fiestas Patrias, con la fecha convertida en símbolo nacional casi mitológico. Pero merece la pena recordar lo que ocurrió realmente aquella tarde en el Real Tribunal del Consulado: no una revolución con banderas nuevas ni discursos de ruptura, sino cuatrocientos vecinos resolviendo, con las herramientas legales que conocían, un vacío de poder que la propia España había dejado abierto en Bayona. La independencia llegaría después, casi como una consecuencia que nadie había firmado ese día pero que ya resultaba difícil de evitar.

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