El 13 de septiembre de 1847, antes de que saliera el sol, la artillería estadounidense empezó a batir un cerro rocoso a las afueras de Ciudad de México. Allí, en un castillo que hacía las veces de academia militar, poco más de ochocientos hombres —entre ellos varias decenas de cadetes que todavía no habían terminado su instrucción— se preparaban para resistir un asalto que llevaban un día completo esperando. Cuando el humo se disipó esa misma tarde, la capital mexicana había perdido su última línea de defensa seria y la guerra con Estados Unidos estaba, en la práctica, decidida.
Lo que ocurrió en Chapultepec aquellas horas no fue solo un episodio militar más de una guerra que hoy apenas se estudia fuera de México y Estados Unidos. Fue el punto en el que se cerró un conflicto que acabaría redibujando el mapa de Norteamérica: México perdería poco después más de la mitad de su territorio, y Estados Unidos ganaría de golpe California, Nuevo México y todo lo que hoy conocemos como el suroeste norteamericano.
Una guerra que empezó por Texas y terminó apuntando a la capital
El conflicto armado entre México y Estados Unidos arrancó en 1846, tras años de tensión por la anexión de Texas —independizada de México en 1836 e incorporada a la Unión estadounidense en 1845— y por una disputa fronteriza en torno al río Bravo. El presidente James K. Polk, convencido de que su país tenía derecho a extenderse hasta el Pacífico, encontró en ese litigio la excusa que necesitaba para declarar la guerra en mayo de 1846.
Durante el año siguiente, las tropas estadounidenses avanzaron por varios frentes: ocuparon Nuevo México y California casi sin resistencia y golpearon el norte de México bajo el mando de Zachary Taylor. Pero la decisión final llegaría por otro camino. En marzo de 1847, el general Winfield Scott desembarcó con su ejército en Veracruz y, tras tomar el puerto, inició una marcha hacia el interior que seguía prácticamente la misma ruta que Hernán Cortés había recorrido tres siglos antes hasta esa misma ciudad.
Para agosto, Scott ya tenía sus hombres en el valle de México. Delante de ellos solo quedaba una barrera seria: el cerro de Chapultepec, con su castillo, que dominaba los accesos occidentales a la capital y albergaba el Colegio Militar del país.
El asalto al castillo que guardaba la entrada a la capital
El bombardeo sobre Chapultepec comenzó el 12 de septiembre de 1847 y se prolongó durante toda la jornada. Defendían la posición unos 800 soldados mexicanos al mando del general Nicolás Bravo, reforzados por el batallón de San Blas, dirigido por el coronel Felipe Santiago Xicoténcatl, y por cerca de cincuenta cadetes del Colegio Militar bajo la dirección de Mariano Monterde. Frente a ellos, Scott había desplegado a unos 7.000 hombres.
Al amanecer del día 13, la infantería estadounidense lanzó el asalto final contra las laderas del cerro. La desproporción de fuerzas se notó enseguida: el batallón de San Blas, situado en primera línea, quedó prácticamente destruido y su comandante, Xicoténcatl, murió en el combate. Hacia media mañana, las tropas invasoras ya escalaban los muros del castillo.
Los cadetes que se quedaron cuando podían haberse ido
De ese último tramo de la batalla procede la historia que México sigue enseñando en sus escuelas. Cuando Monterde ordenó la retirada, buena parte de los cadetes —varios de apenas trece o catorce años— desobedeció y siguió combatiendo. Seis de ellos murieron en la defensa del castillo: Juan de la Barrera, Juan Escutia, Francisco Márquez, Agustín Melgar, Fernando Montes de Oca y Vicente Suárez. Se los conoce desde entonces como los Niños Héroes.
Algunos detalles de su historia, como el del cadete que se envolvió en la bandera mexicana antes de saltar al vacío para que no cayera en manos enemigas, pertenecen más a la leyenda que a un hecho documentado con precisión; los propios historiadores mexicanos admiten que no existe un registro de la época que lo confirme punto por punto. Lo que sí está establecido es que aquellos jóvenes murieron combatiendo en un puesto que podían haber abandonado, y que su gesto se convirtió, ya en el siglo XX, en el símbolo con el que México cerró el capítulo más amargo de esa guerra.
De Chapultepec a la ocupación de Ciudad de México
Con el castillo en su poder, el ejército estadounidense no se detuvo. Esa misma tarde del 13 de septiembre, las columnas de Scott avanzaron por las calzadas de San Cosme y Belén, dos de los accesos que llevaban al centro de la ciudad, y las tomaron antes de que anocheciera. El gobierno mexicano, encabezado por Antonio López de Santa Anna, ordenó la evacuación de la capital esa misma noche. Al día siguiente, 14 de septiembre, las tropas estadounidenses entraron en Ciudad de México e izaron su bandera en el Palacio Nacional.
La ocupación se prolongó varios meses, mientras ambos gobiernos negociaban una salida al conflicto. México, sin ejército capaz de revertir la situación y con su capital en manos extranjeras, llegaba a la mesa de negociación en la posición más débil posible.
Un tratado que dejó a México con la mitad de su territorio
El resultado de esas negociaciones fue el Tratado de Guadalupe Hidalgo, firmado el 2 de febrero de 1848 y ratificado tres meses después. Por sus términos, México cedía a Estados Unidos los territorios que hoy forman California, Nevada, Utah, la mayor parte de Arizona y Nuevo México, y partes de Colorado y Wyoming, además de reconocer la anexión de Texas. En conjunto, alrededor de dos millones cuatrocientos mil kilómetros cuadrados —más de la mitad del territorio que México tenía antes de la guerra— pasaron a manos estadounidenses a cambio de una compensación de 15 millones de dólares.
El tratado incluía cláusulas que, sobre el papel, protegían a los mexicanos que quedaban de repente dentro de la nueva frontera: podían conservar sus propiedades, practicar su religión y optar por la ciudadanía estadounidense. En la práctica, buena parte de esas garantías se fue diluyendo en las décadas siguientes, a medida que las nuevas autoridades territoriales reinterpretaban títulos de propiedad que databan de la época colonial española y del México independiente.
¿Por qué se recuerda tanto una guerra que duró menos de dos años?
Porque sus consecuencias territoriales fueron, en proporción, de las más drásticas de cualquier conflicto del siglo XIX en el continente americano. Pocas guerras modernas han terminado con la cesión de más de la mitad del territorio de uno de los contendientes sin que este dejara de existir como Estado. México siguió siendo México, pero uno considerablemente más pequeño, mientras Estados Unidos completaba de un solo golpe su expansión hasta el océano Pacífico, un objetivo que sus dirigentes llevaban persiguiendo desde principios de siglo.
Lo que queda de aquella tarde en Chapultepec
Hoy el castillo de Chapultepec alberga el Museo Nacional de Historia, y el cerro donde cayeron los cadetes es uno de los parques más visitados de la capital mexicana. El 13 de septiembre se conmemora cada año con actos oficiales frente al Monumento a los Niños Héroes, y la fecha ocupa en el calendario cívico mexicano un lugar comparable al de las grandes derrotas que terminan, con el tiempo, convertidas en cimiento de la identidad nacional.
Puesto en perspectiva, lo que distingue el caso de Chapultepec de otras batallas perdidas es que su recuerdo no gira tanto en torno a la estrategia militar —Scott ganó con una superioridad de medios difícil de discutir— como en torno a la decisión de un puñado de adolescentes de no moverse de su puesto. Esa mezcla de derrota militar clara y gesto personal incuestionable es, probablemente, lo que ha mantenido viva la memoria de esa tarde de septiembre casi dos siglos después, mucho más allá de que la guerra que la rodeó haya quedado reducida a un capítulo poco conocido fuera de México.