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Siglo XIX

Champollion y el desciframiento de los jeroglíficos egipcios en 1822

Cómo un filólogo francés de treinta y un años abrió, con un cartucho copiado en Abusímbel, una escritura cerrada durante casi mil quinientos años

Carmen Puerta 27 de August de 2026 26 lecturas 10 min de lectura
La piedra de Rosetta, expuesta actualmente en el Museo Británico de Londres
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París, mañana del 14 de septiembre de 1822. En un despacho cercano al Instituto de Francia, un filólogo de treinta y un años lleva semanas dándole vueltas a un puñado de signos copiados a miles de kilómetros, en la fachada de un templo egipcio. Ese día algo encaja. El hombre sale corriendo, cruza varias calles hasta la oficina de su hermano mayor y grita: «¡Je tiens l'affaire! ¡Lo tengo!». Acto seguido se desploma. Durante unos instantes, Jacques-Joseph Champollion cree que su hermano Jean-François ha muerto de la impresión. No es así: acaba de descifrar la escritura jeroglífica egipcia, muda para los estudiosos europeos desde hacía casi un milenio y medio.

Lo que ese hombre tenía entre manos no era un capricho erudito. Era la llave de todo un mundo escrito: templos, tumbas, papiros administrativos, oraciones, listas de reyes. Hasta ese momento, la historia del antiguo Egipto se conocía sobre todo a través de autores griegos y romanos que la habían contado de segunda mano. A partir de ese otoño, los propios egipcios empezaron a hablar con sus palabras.

Una piedra con tres escrituras y un mismo texto

La historia arranca veintitrés años antes, en el verano de 1799. El teniente francés Pierre-François Bouchard, integrado en la expedición científica que Napoleón Bonaparte había llevado a Egipto, encontró una losa de granodiorita mientras sus hombres reforzaban las defensas del fuerte Julien, cerca de la ciudad de Rosetta, en el delta del Nilo. La piedra contenía un decreto sacerdotal de época ptolemaica, del año 196 antes de nuestra era, repetido en tres escrituras distintas: jeroglífico, demótico y griego.

La lógica parecía sencilla: si el texto griego y el egipcio decían lo mismo, bastaría con comparar ambos para encontrar el significado de los signos jeroglíficos. La realidad tardó más de dos décadas en ceder. Napoleón perdió la campaña egipcia y, por la capitulación de Alejandría de 1801, la piedra pasó a manos británicas. Desde marzo de 1802 se exhibe en Londres, primero ante la Sociedad de Anticuarios y después en el Museo Británico, donde sigue hoy.

La piedra de Rosetta, expuesta actualmente en el Museo Británico de Londres
La piedra de Rosetta, expuesta actualmente en el Museo Británico de Londres

El obstáculo que nadie sabía nombrar

El problema de fondo no era la piedra, sino un prejuicio compartido por casi todos los eruditos de la época: se daba por hecho que los jeroglíficos eran símbolos puramente ideográficos, dibujos que representaban ideas u objetos, sin relación con los sonidos de una lengua hablada. Bajo esa suposición, ningún alfabeto podía extraerse de ellos, por mucho texto griego paralelo que se tuviera.

Un niño que a los trece años ya leía copto

Jean-François Champollion nació en 1790 en Figeac, una pequeña localidad del sur de Francia, hijo de un librero. Fue un estudiante fuera de lo común: a los once años manejaba latín, griego y hebreo; a los trece había añadido árabe, siríaco, caldeo y copto, la última fase de la lengua egipcia antigua, conservada en la liturgia de la Iglesia copta. Ese detalle resultaría decisivo, porque el copto conserva buena parte del vocabulario y la fonética del egipcio faraónico, aunque se escriba con un alfabeto derivado del griego.

Desde adolescente se propuso una meta muy concreta: entender la escritura de los faraones. En 1807, con apenas diecisiete años, ya presentaba ante la Academia de Grenoble un mapa del Egipto antiguo. Los años siguientes los dedicó a comparar textos, listas de reyes y copias de inscripciones que le llegaban de viajeros y dibujantes, mientras trabajaba como profesor de historia en Grenoble.

Lo que ya había visto Thomas Young

Champollion no partía de cero, y es justo decirlo. El físico y polímata británico Thomas Young llevaba desde 1814 estudiando la piedra de Rosetta y había dado con algo decisivo: el cartucho —el óvalo que en los textos jeroglíficos rodea un nombre real— correspondiente al faraón griego Ptolomeo podía leerse de forma fonética, signo a signo, y coincidía con la transcripción griega «Ptolemaios». Young reforzó su hipótesis gracias a un obelisco procedente del templo de File, traído a Inglaterra por el anticuario William John Bankes, cuya base tenía una inscripción griega con los nombres de Ptolomeo y Cleopatra junto a sus cartuchos jeroglíficos.

El propio Young quedó atrapado, con todo, en el mismo prejuicio que todos los demás: pensaba que ese valor fonético solo se aplicaba a nombres extranjeros como el de Ptolomeo, un rey de origen macedonio, y que el resto de la escritura egipcia seguía siendo puramente simbólica. Champollion, que llevaba años en contacto con las cartas de Young a través de la Royal Society, dio el paso que a Young le faltaba.

El cartucho de Abusimbel y el instante decisivo

En septiembre de 1822 llegaron a París copias de inscripciones del templo de Abusimbel, construido por Ramsés II, remitidas por el arquitecto Jean-Nicolas Huyot. Entre ellas había un cartucho con cuatro signos: un círculo, un signo intermedio y dos trazos idénticos al final. El círculo, razonó Champollion, representaba el sol; en copto, la palabra para «sol» es «ra» o «re». Si el nombre terminaba con un sonido parecido a «s» —como ya sabía por el cartucho de Ptolomeo—, el resultado era «Ra...ss», muy próximo al nombre del faraón Ramsés, transmitido por los historiadores griegos.

Buscó una segunda confirmación en otro cartucho, el de un faraón anterior cuyo nombre empezaba con la representación de un ibis, ave asociada al dios Thot, seguida de los mismos signos de «nacimiento» y «s»: Thutmosis. Ninguno de los dos nombres correspondía a un extranjero. Eran faraones egipcios de pleno derecho, de dinastías distintas y separadas por siglos. Si el sistema fonético funcionaba también ahí, no podía tratarse de una excepción reservada a reyes griegos: era el principio general de toda la escritura jeroglífica. Fue entonces cuando corrió a contárselo a su hermano.

Trece días para convencer a la Academia

Tras recuperarse del desvanecimiento, Champollion pasó los días siguientes verificando la lectura con otros nombres y palabras. El 27 de septiembre de 1822, trece días después de su hallazgo, se leyó ante la Académie des Inscriptions et Belles-Lettres su ahora célebre «Lettre à M. Dacier», dirigida a Bon-Joseph Dacier, secretario perpetuo de la institución. En el documento anunciaba la existencia de un alfabeto jeroglífico fonético aplicable, con matices, a toda la escritura egipcia, antigua y reciente. Entre el público que escuchó la lectura, por pura casualidad, se encontraba Thomas Young.

¿Quién descifró en realidad los jeroglíficos egipcios?

La pregunta sigue generando discusión entre especialistas, y la respuesta razonable es que fue obra de los dos, aunque con aportaciones muy distintas. Young identificó los primeros valores fonéticos correctos y abrió una grieta real en el problema. Champollion fue quien demostró que esa grieta no era una rareza aplicable solo a nombres extranjeros, sino la puerta a todo el sistema, y quien construyó a partir de ahí una gramática y un diccionario completos capaces de leer textos egipcios de cualquier época.

La rivalidad entre ambos, alimentada por el contexto de tensión nacional entre Francia y Gran Bretaña tras las guerras napoleónicas, se prolongó durante años, con acusaciones cruzadas de plagio que historiadores posteriores han matizado bastante. Lo que no admite mucha discusión es el veredicto de la propia disciplina: a Champollion se le reconoce como fundador de la egiptología, mientras que a Young se le recuerda como el hombre que dio el primer paso sin llegar a ver adónde conducía.

El viaje al Nilo y una vida truncada

Champollion no se limitó al hallazgo teórico. En julio de 1828 zarpó de Tolón al frente de una expedición franco-toscana, financiada conjuntamente por el rey Carlos X de Francia y el gran duque Leopoldo II de Toscana, y codirigida por el joven egiptólogo italiano Ippolito Rosellini. Durante quince meses recorrieron el Nilo desde Alejandría hasta Nubia, pasando por Guiza, Saqqara, Tebas, File y el propio Abusimbel, copiando inscripciones y reuniendo miles de dibujos y varios centenares de piezas que hoy se reparten entre el Louvre y el Museo Arqueológico de Florencia.

El reconocimiento oficial llegó tarde y duró poco. En 1831 se creó para él una cátedra de Historia y Arqueología egipcias en el Collège de France, la primera de su tipo. Solo alcanzó a impartir un puñado de lecciones: su salud, debilitada por años de trabajo agotador y por la gota, se deterioró con rapidez. Murió en París el 4 de marzo de 1832, a los cuarenta y un años, tras un ataque de apoplejía. Su hermano Jacques-Joseph se encargó de preparar y publicar, ya póstumamente, la «Grammaire égyptienne» y el diccionario que Champollion había dejado inacabados, los textos que terminaron de asentar la disciplina.

Retrato de Jean-François Champollion, pintado por Léon Cogniet hacia 1831
Retrato de Jean-François Champollion, pintado por Léon Cogniet hacia 1831

Lo que distingue este episodio de otros grandes hallazgos arqueológicos es que no sacó a la luz un objeto, sino una voz. Otras civilizaciones antiguas —la mesopotámica con la escritura cuneiforme, la micénica con el llamado Lineal B— tuvieron que esperar décadas más, hasta mediados del siglo veinte, para que alguien lograra un salto equivalente. En los tres casos el mecanismo fue parecido: un texto bilingüe o un nombre propio reconocible sirviendo de puente entre lo conocido y lo perdido. Pero Champollion fue el primero en demostrar que ese puente era posible, y con ello marcó el método que la disciplina entera adoptaría después.

Doscientos años después, la piedra de Rosetta sigue en Londres, y Egipto reclama de manera intermitente su devolución, un debate que no muestra visos de resolverse pronto. Lo que sí quedó resuelto aquella mañana de septiembre de 1822 fue algo más duradero que la propiedad de una losa de piedra: la posibilidad de que millones de líneas escritas por escribas, sacerdotes y reyes egipcios volvieran, por fin, a poder leerse.

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