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Los emperadores romanos Marco Aurelio y Lucio Vero celebran un triunfo en Roma por la finalización exitosa de su guerra con los partos.

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Pompeyo el Grande y la guerra civil romana en Egipto (48 a. C.)

La derrota de Farsalia llevó al antiguo aliado de César hasta Pelusio, donde una decisión de la corte ptolemaica convirtió la crisis romana en un problema egipcio.

Óscar Navarro 07 de October de 2026 8 lecturas 9 min de lectura
Busto marmóreo de Pompeyo el Grande, copia de época claudia conservada en el Museo Arqueológico Nacional de Venecia.
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Pompeyo el Grande llegó a la costa oriental del delta del Nilo después de perder la batalla de Farsalia. Había sido uno de los hombres más poderosos del Mediterráneo, cónsul de Roma, vencedor de piratas y reyes, y socio de Julio César en una alianza que había gobernado la República sin llamarse gobierno. Ahora viajaba en una embarcación pequeña, escoltado por su esposa Cornelia y por unos pocos leales. En la orilla de Pelusio, los representantes del joven rey Ptolomeo XIII fingieron recibirlo. Un antiguo soldado suyo, Lucio Septimio, se acercó para ayudarle a desembarcar. Pompeyo apenas alcanzó a poner el pie en la arena.

La tradición moderna fija el asesinato en el 28 de septiembre de 48 a. C.; otras cronologías lo llevan al día siguiente. Plutarco lo relacionó con el cumpleaños de Pompeyo. Roma había llevado a Egipto una guerra por el poder. Para entender aquella escena hay que seguir la carrera que convirtió a Pompeyo en una autoridad demasiado grande para el sistema que lo había encumbrado.

Busto de Pompeyo expuesto en el Museo Arqueológico Nacional, Italia.
Busto de Pompeyo expuesto en el Museo Arqueológico Nacional, Italia.

Un general nacido de la guerra civil

Cneo Pompeyo nació en 106 a. C. en el Piceno, una región italiana cuya ciudadanía romana era reciente. Su padre, Pompeyo Estrabón, había sido cónsul y comandante durante la guerra Social. El hijo aprendió pronto que en la República tardía el prestigio se construía con soldados, victorias y dinero. En 83 a. C., cuando Sila regresó a Italia para enfrentarse a los partidarios de Mario, Pompeyo reunió por su cuenta tres legiones entre los veteranos y clientes de su padre. Tenía poco más de veinte años.

Sila lo utilizó en Sicilia y África y le concedió un triunfo fuera de las reglas ordinarias: Pompeyo aún no había seguido la carrera política habitual. El sobrenombre Magnus, «el Grande», evocaba a Alejandro y presentaba al joven romano como un conquistador de otra escala. Después combatió a Sertorio en Hispania y regresó a Italia en 71 a. C., mientras Craso terminaba de derrotar a los esclavos sublevados de Espartaco. Un año después fue cónsul junto a Craso, aunque su edad y su trayectoria no encajaban con las normas del cursus honorum.

Las excepciones se volvieron costumbre. En 67, la ley Gabinia le entregó una autoridad naval y militar extraordinaria para limpiar el Mediterráneo de piratas, una amenaza que afectaba al grano y al comercio. Luego recibió el mando de la guerra contra Mitrídates VI del Ponto. En Oriente reorganizó reinos, incorporó Siria y convirtió a otros soberanos en aliados dependientes de Roma. Su triunfo de 61 a. C., celebrado durante dos días, exhibió conquistas que ningún político romano podía ignorar. Al regresar había licenciado a sus tropas y esperaba que el Senado ratificara sus arreglos y concediera tierras a sus veteranos. La resistencia de Catón y otros senadores lo dejó sin una salida institucional clara.

La alianza que ya contenía su ruptura

En 60 a. C. Pompeyo se entendió con Julio César y Marco Licinio Craso. La historiografía moderna llama a ese acuerdo Primer Triunvirato, aunque no creó un cargo colectivo. Pompeyo aportaba prestigio militar y clientelas; Craso, riqueza; César, capacidad para tejer alianzas populares. El pacto permitió que César alcanzara el consulado en 59 a. C. y que Pompeyo obtuviera tierras para sus veteranos y la ratificación de sus decisiones en Oriente. El matrimonio con Julia, hija de César, convirtió el acuerdo en parentesco.

La alianza duró menos que sus intereses. Julia murió al dar a luz en 54 a. C. y Craso cayó frente a los partos en Carras al año siguiente. Sin esos vínculos, la competencia entre César y Pompeyo quedó expuesta. Pompeyo permanecía en Roma mientras César conquistaba la Galia; uno dominaba la política urbana y el otro acumulaba soldados y gloria lejos de Italia. Los dos hablaban en nombre de la República, pero los dos dependían de poderes personales.

El teatro de Pompeyo, inaugurado en 55 a. C., condensaba la posición del general. Fue el primer teatro permanente de piedra de Roma, con una cavea para miles de espectadores, un pórtico ajardinado y un templo de Venus Victrix. Servía para el ocio, pero también presentaba al vencedor como benefactor. Sus monumentos convertían las conquistas de Oriente en una presencia diaria dentro de la ciudad.

Ilustración de 1911 del Teatro de Pompeyo, construido originalmente en el Campo de Marte.
Ilustración de 1911 del Teatro de Pompeyo, construido originalmente en el Campo de Marte.

Cuando el Senado exigió que César abandonara su mando en la Galia y César pidió conservarlo mientras optaba al consulado, el conflicto dejó de ser una disputa ordinaria. En enero de 49 a. C. César cruzó el Rubicón. Pompeyo asumió la dirección militar de la coalición senatorial y trasladó la resistencia a Grecia. La guerra no enfrentaba una República intacta con un simple usurpador: enfrentaba a dos soluciones extraordinarias nacidas de décadas de excepciones.

Farsalia y la huida hacia Egipto

Pompeyo tenía más tropas y una caballería superior, pero muchas unidades habían sido reunidas con prisa. César llevaba veteranos de la guerra de las Galias. Tras la campaña de Dyrrachium, los pompeyanos se instalaron en Tesalia. El 9 de agosto de 48 a. C., cerca de Farsalia, Pompeyo aceptó el combate, quizá presionado por sus oficiales y por un ejército que esperaba la victoria. La línea cesariana resistió la carga de la caballería, giró contra el flanco pompeyano y deshizo la posición.

La derrota fue militar y política. Algunos senadores huyeron; otros fueron capturados y perdonados por César. Pompeyo abandonó el campo con Cornelia y su hijo Sexto, pasó por Lesbos y buscó una ruta hacia Egipto. Allí tenía una razón concreta para esperar ayuda: había sostenido al padre de Ptolomeo XIII, Ptolomeo XII Auletes, y conocía los equilibrios de la corte alejandrina. Pero el reino ya no era el mismo. Ptolomeo XIII gobernaba como corregente con su hermana Cleopatra VII, y sus ministros controlaban buena parte de las decisiones.

Pelusio: una muerte en la frontera del poder

Pelusio protegía la entrada oriental de Egipto desde Siria y dominaba una ruta militar y comercial. Allí se concentraban las fuerzas de Ptolomeo XIII para enfrentarse a Cleopatra, expulsada de Alejandría por sus adversarios. La llegada de Pompeyo puso a la corte ante una elección peligrosa: acogerlo podía provocar a César; rechazarlo dejaba libre a un derrotado que aún podía reunir apoyos. Los consejeros optaron por enviar un mensaje al vencedor: entregar a Pompeyo muerto.

Monedas helenísticas en el Museo Numismático de Atenas
Monedas helenísticas en el Museo Numismático de Atenas

Plutarco atribuye la decisión a Pothino, Aquilas y Teodoto de Quíos. Su cálculo revela la dependencia de la monarquía ptolemaica: Ptolomeo XII había comprado protección romana con dinero y favores, y sus hijos heredaban una relación en la que la ayuda exterior siempre tenía un precio. La corte creyó que un asesinato podía resolver la rivalidad entre dos romanos. En realidad, convirtió a Egipto en el siguiente escenario de la guerra.

La narración de Plutarco da a la escena una precisión casi teatral. Pompeyo prepara en griego un discurso para el rey, sube a la barca y reconoce en silencio a Septimio, un antiguo compañero de armas que ahora sirve a los egipcios. Cornelia observa desde el barco. Cuando Pompeyo toma la mano de su liberto Filipo para levantarse, Septimio lo hiere por la espalda; Aquilas y Salvio completan el ataque. El general se cubre el rostro con la toga. Plutarco presenta ese gesto como la última defensa de su dignidad, pero su relato es una biografía literaria, no un informe de testigo.

Los asesinos cortaron la cabeza y dejaron el cuerpo en la orilla. Filipo lo lavó con agua de mar y buscó madera para una pira. Un veterano romano que había servido con Pompeyo se unió al entierro. La imagen de un antiguo soldado dando sepultura a su comandante resume el derrumbe de una carrera que había comenzado con ejércitos privados y triunfos multitudinarios.

César llega y la República sigue cayendo

César llegó a Alejandría poco después. Los consejeros de Ptolomeo le presentaron la cabeza y el anillo del muerto. Plutarco afirma que apartó la mirada y lloró; Casio Dion ofrece una escena parecida. No podemos medir el sentimiento privado del vencedor, y los autores posteriores podían usar las lágrimas para mostrar que César había preferido perdonar a su antiguo aliado. Lo seguro es la decisión política: César no se marchó. Se instaló en Alejandría y reclamó autoridad para arbitrar la disputa entre Ptolomeo y Cleopatra.

La intervención transformó la crisis sucesoria egipcia en una guerra con soldados romanos. César respaldó a Cleopatra, derrotó a las fuerzas de Ptolomeo en 47 a. C. y dejó a la reina en el trono junto a su hermano menor, Ptolomeo XIV. Egipto conservó una corte propia, pero sus disputas ya podían llamar a las legiones. Pompeyo, muerto por miedo a la intervención romana, había provocado una intervención todavía mayor.

Tampoco terminó la guerra civil con su muerte. Catón y los senadores supervivientes organizaron resistencia en África; César la venció en Tapso en 46 a. C. Los hijos de Pompeyo continuaron la lucha en Hispania hasta Munda, en 45. El asesinato había eliminado al adversario con mayor autoridad, no las redes políticas y militares que él había reunido. Cuando César fue asesinado en 44 a. C., la República no recuperó el equilibrio: otros comandantes heredaron sus ejércitos y Octavio acabaría concentrando el poder bajo el nombre de Augusto.

La muerte de Pompeyo importa menos por su dramatismo que por lo que deja al descubierto. La República romana había producido conquistas tan vastas que necesitaba generales con poderes extraordinarios, pero carecía de mecanismos capaces de devolverlos a una competencia ordinaria. Pompeyo intentó defender el orden senatorial después de haber prosperado gracias a sus atajos; César explotó las mismas grietas desde el otro lado. En Pelusio, la fecha del 28 de septiembre —o del 29, según la cronología— señala el momento en que una rivalidad romana cruzó el mar, alcanzó una monarquía extranjera y regresó convertida en dominio.

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