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Juan Sebastián Elcano y la nao Victoria: el fin de la primera vuelta al mundo

El 6 de septiembre de 1522, dieciocho hombres famélicos llegaron a Sanlúcar de Barrameda y cerraron el primer viaje de circunnavegación de la Tierra

Carmen Puerta 13 de August de 2026 47 lecturas 9 min de lectura
Retrato de Juan Sebastián Elcano, el marino guipuzcoano que completó la primera vuelta al mundo
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El 6 de septiembre de 1522, un barco maltrecho por tres años de mar cruzó la barra de Sanlúcar de Barrameda con las velas remendadas y el casco cubierto de percebes. A bordo iban dieciocho hombres, la mayoría descalzos, enfermos de escorbuto y vestidos con harapos. Habían salido de ese mismo puerto casi trescientos ocho semanas antes, formando parte de una flota de doscientos treinta y nueve marineros repartidos en cinco naves. Volvían con una sola nave, la Victoria, y con una noticia que cambiaría para siempre la idea que Europa tenía del planeta: la Tierra se podía rodear entera, navegando siempre hacia poniente.

Al mando no iba el hombre que había concebido el viaje. Fernando de Magallanes llevaba muerto más de un año, y quien ahora dirigía la maltrecha nao era un marino guipuzcoano de Guetaria, Juan Sebastián Elcano, que se había embarcado como simple contramaestre de otro barco de la flota, la Concepción.

Doscientos treinta y nueve hombres y una ruta prohibida hacia las especias

La expedición había zarpado de Sanlúcar de Barrameda el 20 de septiembre de 1519, bajo capitulación firmada en Valladolid con el joven rey Carlos I. El objetivo no era descubrir nada nuevo en sentido estricto: se trataba de encontrar una vía occidental hacia las islas Molucas, en el actual Indonesia, la única fuente conocida de clavo y nuez moscada. El Tratado de Tordesillas de 1494 había repartido el mundo entre Castilla y Portugal por una línea al oeste de Cabo Verde, y las Molucas quedaban en una zona de fronteras confusas en el otro extremo del globo. Si Magallanes lograba llegar allí navegando hacia el oeste, sin tocar rutas portuguesas, Castilla podría reclamar el control de las especias sin violar el tratado.

La capitulación de Valladolid y el reparto del mundo

Magallanes, portugués al servicio de la corona castellana tras una disputa con su propio rey, convenció a Carlos I con un argumento sencillo: nadie sabía con certeza dónde caía exactamente la línea de Tordesillas al otro lado del planeta, así que bien podía ser que las Molucas cayeran del lado castellano. Cinco naves —Trinidad, San Antonio, Concepción, Victoria y Santiago— zarparon con un tonelaje conjunto de unas 480 toneladas. Ninguno de los hombres que subió a bordo aquel septiembre de 1519 imaginaba que solo dieciocho volverían juntos, ni que tardarían más de tres años.

La muerte de Magallanes en Mactán y la matanza de Cebú

El viaje resultó mucho más largo y penoso de lo previsto. Encontrar el paso entre el Atlántico y el Pacífico —el estrecho que hoy lleva el nombre de Magallanes— les costó meses de exploración de la costa patagónica, un motín sofocado a sangre y la pérdida de la Santiago, encallada en una tormenta. Cruzar después el océano que Magallanes bautizó como Pacífico, por su calma engañosa, resultó devastador: casi cuatro meses sin tocar tierra firme, alimentándose de cuero de las vergas remojado y serrín, mientras el escorbuto diezmaba a la tripulación.

Llegaron a las islas Filipinas en marzo de 1521. Allí Magallanes se involucró en una disputa local, la que enfrentaba al rajá Humabon de Cebú, ya convertido al cristianismo, con el jefe Lapulapu, de la isla de Mactán. El 27 de abril de 1521, Magallanes murió en la playa de Mactán junto a un pequeño grupo de hombres, atravesado por lanzas locales, en una batalla que él mismo había buscado para demostrar la superioridad de las armas europeas. Días después, el propio rajá que se suponía aliado de los españoles organizó un banquete en el que murieron envenenados o a cuchillo entre veintiséis y veintisiete miembros de la expedición, incluidos varios de sus capitanes.

Retrato de Fernando de Magallanes, quien concibió el viaje y murió antes de completarlo
Retrato de Fernando de Magallanes, quien concibió el viaje y murió antes de completarlo

Elcano toma el mando y decide volver por el oeste

Con la flota diezmada y sin apenas oficiales al mando, los supervivientes quemaron la Concepción, ya inservible, y continuaron con la Trinidad y la Victoria hacia las Molucas, a donde llegaron en noviembre de 1521 y donde por fin cargaron clavo. Fue entonces cuando se decidió el destino de las dos naves: la Trinidad, dañada, intentaría volver cruzando el Pacífico hacia Panamá; la Victoria, al mando ahora de Elcano, regresaría rodeando África por el cabo de Buena Esperanza.

Esa decisión era, en la práctica, una infracción de las órdenes reales. Cruzar el Índico y el Atlántico sur significaba atravesar aguas que el Tratado de Tordesillas reservaba a Portugal, justo lo que la expedición debía evitar. Elcano lo hizo de todos modos, calculando que el riesgo de ser apresado por los portugueses era menor que el de perecer intentando repetir la travesía del Pacífico. La Trinidad, por cierto, fracasó en su intento: fue capturada por los portugueses y de sus tripulantes solo cinco regresarían a España, años más tarde, entre 1525 y 1526.

Doce hombres presos en Cabo Verde

La travesía de la Victoria hacia España fue, si cabe, más dura que todo lo anterior. Elcano evitó puertos por miedo a los portugueses, y el hambre y el escorbuto volvieron a golpear con fuerza. Cuando ya no quedaba otra opción, la nao recaló en Cabo Verde, entonces territorio portugués, donde los tripulantes se hicieron pasar por una expedición que regresaba de América para poder comprar víveres. El engaño se descubrió al pagar con clavo de las Molucas, moneda que delataba su verdadero origen. Las autoridades portuguesas retuvieron a doce hombres que habían bajado a tierra; Elcano, con los que quedaban a bordo, optó por zarpar de inmediato sin esperarlos, consciente de que arriesgar la nave entera por rescatarlos podía significar perderlo todo.

Réplica navegable de la nao Victoria, la única de las cinco naves que completó la vuelta al mundo
Réplica navegable de la nao Victoria, la única de las cinco naves que completó la vuelta al mundo

El regreso a Sanlúcar de Barrameda, 6 de septiembre de 1522

La Victoria entró finalmente en la desembocadura del Guadalquivir aquel 6 de septiembre, tres años y catorce días después de zarpar. De los doscientos treinta y nueve hombres originales, solo dieciocho volvían a bordo: trece españoles, tres italianos, un portugués y un alemán. Dos días después atracaban en Sevilla, donde según la tradición recogida por varios cronistas de la época caminaron descalzos hasta la iglesia de Santa María de la Victoria para cumplir un voto hecho durante la travesía.

El propio Elcano escribió una carta al emperador Carlos I nada más llegar, en la que resumía la hazaña con una frase que ha quedado como testimonio directo del momento: "hemos descubierto e redondeado toda la redondez del mundo, yendo por el occidente e viniendo por el oriente". El cargamento de clavo que traía la Victoria, pese a ser la única nave superviviente de las cinco, alcanzó un valor que compensó con creces los gastos de toda la expedición original, un dato que explica por qué la Corona consideró el viaje un éxito pese al altísimo coste humano. Carlos I recibió a Elcano y le concedió un escudo de armas con un globo terráqueo y el lema en latín "Primus circumdedisti me" —"tú fuiste el primero en rodearme"—, además de una renta vitalicia.

Escudo de armas concedido por Carlos I a Elcano, con el globo terráqueo y el lema "Primus circumdedisti me"
Escudo de armas concedido por Carlos I a Elcano, con el globo terráqueo y el lema "Primus circumdedisti me"

Elcano o Magallanes: un debate que sigue abierto

Quién merece el crédito principal de la primera vuelta al mundo sigue dividiendo a los historiadores. El filipino Danilo Madrid Gerona, del Centro de Estudios Magallanes-Elcano, atribuye a Magallanes el peso central de la hazaña y describe a Elcano como el superviviente afortunado que solo tuvo que dirigir el regreso. El portugués José Manuel García defiende una lectura similar: Magallanes concibió el viaje y sufrió la parte más difícil, entre el Río de la Plata y Filipinas, mientras que Elcano incumplió las instrucciones reales al cruzar territorio portugués. Frente a esa visión, el ingeniero Tomás Mazón, impulsor de la ruta Elcano en España, sostiene que a Magallanes le faltaban unos 2.500 kilómetros para completar el círculo cuando murió, y reparte el mérito a partes iguales entre ambos marinos.

Lo que este debate revela, más allá de quién se lleve el honor, es hasta qué punto la hazaña dependió de decisiones tomadas sobre la marcha por hombres sin margen para el error, no de un plan que se ejecutó sin sobresaltos. Magallanes trazó la ruta y murió sin verla terminada; Elcano heredó un mando que nadie más quería, con una tripulación exhausta y una nave a medio hundirse, y tomó la única decisión que permitía llegar vivo a casa, aun a riesgo de desobedecer a la Corona. Puesto en perspectiva, ese es el rasgo que distingue esta primera circunnavegación de expediciones posteriores mejor planificadas: se completó casi de milagro, sostenida por la obstinación de un puñado de supervivientes más que por la solidez del proyecto original.

La historiadora Joyce E. Chaplin, de la Universidad de Harvard, ha señalado que además de ampliar el conocimiento europeo sobre las dimensiones reales del planeta, la expedición fue también una empresa abiertamente imperial, orientada a apropiarse de territorios y riquezas ajenas. Las dos lecturas no son incompatibles: la vuelta al mundo de Elcano fue a la vez un logro náutico sin precedentes y el arranque de una competencia colonial entre Castilla y Portugal por las Molucas que se prolongaría durante décadas, hasta que España acabó vendiendo sus derechos sobre las islas a Portugal en 1529. Quinientos años después, el escudo con el globo y aquella frase en latín siguen siendo el resumen más exacto de lo que significó cruzar, por primera vez, la redondez entera del mundo.

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