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Siglo XX

El gran terremoto de Kantō y la destrucción de Tokio en 1923

Cómo un seísmo de dos minutos arrasó la capital japonesa y desató una ola de violencia contra la minoría coreana

Carmen Puerta 02 de August de 2026 39 lecturas 7 min de lectura
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Eran las 11:58 de la mañana del 1 de septiembre de 1923 y en Tokio y Yokohama miles de familias acababan de encender los fogones para preparar la comida del mediodía. Ese detalle, tan doméstico, resultó decisivo: cuando la tierra empezó a temblar, el fuego de esas cocinas se convirtió en el verdadero verdugo de la ciudad. El oficial naval estadounidense Ellis M. Zacharias, que se encontraba en el puerto de Yokohama, describió el instante en que el muelle se vino abajo bajo sus pies: "las sonrisas se desvanecieron... y por un instante todos quedamos paralizados". No exageraba. Lo que siguió fue uno de los desastres naturales más letales del siglo XX y un episodio que marcó el rumbo político de Japón durante las dos décadas siguientes.

El seísmo, conocido como el Gran Terremoto de Kantō, alcanzó una magnitud de 8,2 y tuvo su origen a unos diez kilómetros de profundidad bajo la bahía de Sagami, treinta millas al sur de la capital. Un segmento de sesenta por sesenta millas de la placa oceánica filipina se rompió contra la placa continental euroasiática. La sacudida duró entre cuatro y diez minutos según las zonas, tiempo más que suficiente para derribar buena parte de Yokohama, cuyo terreno inestable hizo que prácticamente ningún edificio quedara en pie.

Un incendio de ochenta focos que se convirtió en tornado de fuego

La geología no fue lo único que jugó en contra de la población. El terremoto rompió las tuberías de agua de la ciudad justo cuando más falta hacían: para combatir el fuego. A las 12:15, apenas diecisiete minutos después del primer temblor, ya ardían ochenta y tres focos distintos por Tokio. Quince minutos más tarde la cifra había subido a ciento treinta y seis. Un tifón que pasaba cerca de la costa aportó vientos fuertes y erráticos que convirtieron esos incendios aislados en un infierno que se movía sin patrón previsible.

El pilar de fuego del río Sumida

El episodio más terrible ocurrió sobre las cuatro de la tarde cerca del río Sumida, en un descampado donde se habían refugiado decenas de miles de personas que habían huido de sus casas en llamas cargando sus pertenencias. Los vientos cruzados generaron lo que los supervivientes llamaron un "tornado de fuego", una columna ardiente de más de noventa metros de altura que arrasó el lugar en minutos. Se calcula que allí murieron unas 44.000 personas, casi un tercio del total de víctimas del desastre. Para el 3 de septiembre, dos días después del temblor, el fuego ya había consumido el 45% de la capital.

Las cifras finales varían según la fuente, lo que da una idea del caos administrativo que siguió al desastre: entre 105.000 y 142.800 muertos, unos 37.000 desaparecidos que nunca se llegaron a contabilizar como cadáveres, y cerca de 570.000 viviendas destruidas. En conjunto, casi dos millones de personas quedaron sin techo en cuestión de horas.

El pánico se convirtió en caza de personas

Mientras la ciudad ardía, empezaron a circular rumores que resultarían tan destructivos como el propio fuego. Se decía que inmigrantes coreanos —había en la región varios cientos de miles, muchos trabajando en condiciones precarias tras la anexión japonesa de Corea en 1910— estaban envenenando pozos de agua, provocando incendios adicionales y preparando saqueos aprovechando el caos. No existía ninguna prueba de nada de esto. Aun así, la policía, el ejército y, sobre todo, grupos de vecinos armados con lanzas de bambú, espadas y palos empezaron a interrogar y ejecutar sumariamente a cualquiera sospechoso de ser coreano, a menudo por el simple acento al pronunciar ciertas palabras en japonés.

Miles de víctimas en tres semanas

La violencia se prolongó durante casi tres semanas. Las estimaciones más citadas hablan de unos 6.000 coreanos y socialistas japoneses asesinados, además de varios cientos de residentes chinos —las cifras rondan los 700 según los registros consultados por historiadores— que corrieron la misma suerte al ser confundidos con coreanos. El propio Gobierno japonés, en lugar de frenar de inmediato los linchamientos, declaró la ley marcial y en algunos casos las propias fuerzas de seguridad participaron directamente en las matanzas. En algunos puntos de control, los vigilantes pedían a los transeúntes que repitieran la frase "jūgoen gojissen" (quince yenes cincuenta sen), una prueba de pronunciación que, según se creía, delataba el acento coreano por la dificultad para articular ciertos sonidos sonoros del japonés. El método, tan improvisado como brutal, también costó la vida a japoneses de Okinawa cuyo acento regional sonaba igualmente sospechoso a oídos paranoicos. No fue hasta 1973, medio siglo después, cuando se erigió el primer monumento oficial en memoria de las víctimas coreanas, y la herida sigue abierta hoy entre Tokio y Seúl: apenas hace dos años, en el centenario de la masacre, el Gobierno japonés volvió a evitar un reconocimiento formal de responsabilidad.

Monumento en memoria de las víctimas coreanas de la masacre de Kantō de 1923
Monumento en memoria de las víctimas coreanas de la masacre de Kantō de 1923

Gotō Shinpei y la reconstrucción que rediseñó Tokio

De entre los escombros surgió, sin embargo, una de las transformaciones urbanas más ambiciosas de la historia moderna de Japón. El político Gotō Shinpei, que había sido alcalde de Tokio y llegó a ministro del Interior tras el desastre, impulsó un plan de reconstrucción que iba mucho más allá de levantar de nuevo lo que se había perdido. Su proyecto incluía avenidas más anchas para frenar la propagación de futuros incendios, una red de parques distribuidos por toda la ciudad como cortafuegos naturales, y una modernización profunda del sistema de trenes y servicios públicos. Buena parte del trazado urbano que hoy reconocemos en el centro de Tokio, con sus grandes bulevares y sus zonas verdes estratégicamente colocadas, tiene su origen directo en aquel plan de posguerra... de una guerra que en realidad nunca existió, solo un terremoto.

El político Gotō Shinpei, artífice del plan de reconstrucción de Tokio tras el terremoto
El político Gotō Shinpei, artífice del plan de reconstrucción de Tokio tras el terremoto

¿Por qué el 1 de septiembre es el Día de Prevención de Desastres en Japón?

Desde 1960, Japón conmemora cada 1 de septiembre el Bōsai no Hi o Día de Prevención de Desastres, instaurado precisamente en recuerdo del terremoto de Kantō. Ese día, colegios, empresas y administraciones públicas realizan simulacros obligatorios de evacuación y respuesta ante terremotos, y se revisan los protocolos de emergencia en todo el país. La fecha se eligió de forma deliberada para que la memoria del desastre de 1923 sirviera de recordatorio anual de que Japón, situado sobre varias placas tectónicas, convivirá siempre con el riesgo sísmico.

Lo que hace de este terremoto un caso distinto a otros grandes desastres naturales de la época no es solo su magnitud, sino la rapidez con la que el miedo colectivo se transformó en violencia organizada contra una minoría concreta. Ese patrón —catástrofe, rumor, chivo expiatorio— se ha repetido en otros contextos históricos, pero pocas veces con una cifra de víctimas tan alta y en un plazo tan corto. El terremoto de Kantō no solo remodeló el mapa de Tokio; también expuso las tensiones étnicas y sociales que Japón arrastraba desde la anexión de Corea, y esa fractura tardó décadas en empezar a reconocerse públicamente.

Hoy, más de un siglo después, Tokio es una de las ciudades mejor preparadas del mundo frente a terremotos, con edificios antisísmicos, alertas tempranas por móvil y simulacros que se repiten cada año en la misma fecha en que la ciudad ardió. Pero el terremoto de Kantō dejó también otra lección, más incómoda, sobre lo rápido que el pánico puede convertir a los vecinos en verdugos cuando nadie pone freno a tiempo.

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