El Tiempo Cuenta

Hoy en la Historia

Archivo
130 d.C.

El emperador Adriano funda la ciudad de Antinópolis en el Nilo en honor a su compañero Antínoo, creando una nueva fundación helenizante en el Egipto romano.

Wikipedia
Siglo XX

Núremberg, 16 de octubre de 1946: el final del primer juicio internacional contra los crímenes nazis

Cómo los Aliados llevaron a la cúpula del Tercer Reich ante un tribunal y qué dejó aquel experimento jurídico.

Carmen Puerta 30 de October de 2026 4 lecturas 9 min de lectura
Nota general: use el número War and Conflict 1296 al pedir una reproducción o información sobre esta imagen.
Índice de contenidos

En las primeras horas del 16 de octubre de 1946, una prisión alemana custodiada por soldados estadounidenses se convirtió en el escenario de una escena que Europa llevaba años esperando. Diez hombres que habían ocupado los puestos más altos del Tercer Reich fueron conducidos, uno tras otro, al gimnasio de la cárcel de Núremberg. Allí los ahorcaron. No era una ejecución sumaria: llegaba después de diez meses de audiencias y una discusión jurídica sin precedente sobre un Estado derrotado.

La fecha es el epílogo visible de los juicios de Núremberg, no su explicación completa. Lo que estaba en juego no era solo el destino de Hermann Göring, Joachim von Ribbentrop o Julius Streicher. Los Aliados intentaban responder a una pregunta que la guerra había dejado abierta: ¿podía un dirigente ser castigado por crímenes cometidos en nombre de un país, aunque las leyes de ese país los hubieran protegido? La respuesta transformó el vocabulario de la justicia internacional y también mostró sus límites.

Nota general: use el número de guerra y conflicto 1297 al pedir una reproducción o información sobre esta imagen.
Nota general: use el número de guerra y conflicto 1297 al pedir una reproducción o información sobre esta imagen.

La decisión de juzgar a los vencidos

La idea de llevar ante un tribunal a los dirigentes nazis no nació en mayo de 1945. Desde 1942, los gobiernos aliados reunían pruebas y hablaban de castigar a quienes habían ordenado deportaciones, ejecuciones y malos tratos. La Declaración de Moscú, firmada en octubre de 1943 por Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Soviética, distinguió entre los responsables de crímenes cometidos en un lugar concreto —que serían devueltos a ese país— y los grandes criminales cuyas decisiones afectaban a varios territorios.

Después de la rendición alemana, la alternativa parecía sencilla y terrible: fusilar a la cúpula nazi o someterla a un juicio. Algunos dirigentes británicos preferían la primera opción. El Gobierno de Harry Truman apostó por la segunda para que la condena no pudiera presentarse como una imposición del vencedor y para dejar un registro público de lo ocurrido. Un proceso obligaba a definir delitos, reunir pruebas y escuchar a la defensa; también obligaba a los vencedores a explicar con qué derecho juzgaban.

El Acuerdo de Londres del 8 de agosto de 1945 creó el Tribunal Militar Internacional. Lo firmaron Estados Unidos, Reino Unido, Francia y la Unión Soviética, las cuatro potencias que aportarían juez, fiscalía y equipos de investigación. Núremberg fue una elección práctica y simbólica: el Palacio de Justicia había sobrevivido a los bombardeos, la cárcel estaba comunicada con el edificio y la ciudad había sido uno de los grandes escenarios de la propaganda nazi. En la sala 600, donde se había reunido el Tribunal del Pueblo del Reich, los dirigentes del régimen responderían ante jueces extranjeros.

Interior de la Sala 600 del Palacio de Justicia de Núremberg, donde se juzgó a los líderes nazis, con documentalistas instalándose.
Interior de la Sala 600 del Palacio de Justicia de Núremberg, donde se juzgó a los líderes nazis, con documentalistas instalándose.

Un tribunal para delitos que aún no tenían nombre completo

El Estatuto de Londres definió tres categorías: crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. La primera incluía planear, iniciar o librar una guerra de agresión. La segunda abarcaba el asesinato, el maltrato y la deportación de civiles, el asesinato de prisioneros y la destrucción sin justificación militar. La tercera se refería al asesinato, el exterminio, la esclavitud, la deportación y otras persecuciones contra población civil por motivos políticos, raciales o religiosos.

La acusación añadió un cargo de conspiración. La fórmula permitía presentar el régimen como un plan político y militar, no como una suma de abusos aislados. También alimentó una objeción que acompañaría al proceso durante décadas: varios juristas entendían que los crímenes contra la paz y contra la humanidad no estaban definidos de ese modo cuando se cometieron. Para sus críticos, Núremberg podía parecer justicia de vencedores aplicada con reglas redactadas después de los hechos.

El sumario se dirigió contra 24 hombres de la dirección política, diplomática, militar y económica nazi. Gustav Krupp, enfermo, quedó fuera antes de las sesiones; Robert Ley se suicidó en su celda la víspera. En la sala comparecieron 21 acusados y Martin Bormann fue juzgado en ausencia. Adolf Hitler, Heinrich Himmler y Joseph Goebbels tampoco llegaron al banquillo: se habían suicidado al final de la guerra. El tribunal examinó así la cadena de decisiones, desde la planificación de la invasión hasta el gobierno de los territorios ocupados.

El 20 de noviembre de 1945 comenzó la vista. Cuatro jueces —uno por potencia— presidirían un procedimiento en inglés, francés, alemán y ruso, con interpretación simultánea. Más de 400 personas seguían cada jornada y 325 corresponsales cubrían el proceso. Cada alegato, declaración y documento debía ser traducido y registrado para sostener una sentencia.

Robert Jackson, juez del Tribunal Supremo y fiscal jefe estadounidense en los Juicios de Núremberg, pronuncia su discurso de apertura.
Robert Jackson, juez del Tribunal Supremo y fiscal jefe estadounidense en los Juicios de Núremberg, pronuncia su discurso de apertura.

La prueba: los documentos del propio régimen

Robert H. Jackson, fiscal jefe estadounidense, entendió que el proceso no podía descansar únicamente en relatos de atrocidades. La acusación reunió órdenes, actas, informes militares, balances de deportación y correspondencia incautada en archivos alemanes. Eran los papeles del aparato que había organizado la persecución. Muchos acusados no negaron que los crímenes hubieran ocurrido; trataron de separar sus decisiones de la maquinaria que los había producido.

El cine entró en la sala como una pieza de prueba. El 29 de noviembre de 1945 se proyectaron imágenes rodadas por los Aliados al liberar los campos. En diciembre, el fiscal presentó una película construida con noticiarios y material de propaganda alemana. Las pantallas mostraron al régimen hablando de sí mismo y registrando sus conquistas, sus ceremonias y sus asesinatos. No era una reconstrucción posterior: era el archivo visual de un poder que había documentado su propia violencia.

La evidencia del Holocausto estuvo presente, aunque el exterminio de los judíos europeos no fue formulado como un cargo autónomo de genocidio. La palabra, acuñada por Raphael Lemkin en 1944, apareció en la acusación, pero los jueces no la incorporaron a la sentencia como categoría separada. El tribunal agrupó buena parte de esos hechos bajo los crímenes de guerra y los crímenes contra la humanidad. Núremberg fijó una memoria judicial de la persecución nazi, pero no fue todavía el proceso centrado en el genocidio que llegarían a ser otros juicios.

Los defensores alegaron obediencia debida, soberanía del Estado y acciones de los Aliados, como los bombardeos de ciudades alemanas. El Estatuto no aceptó que una orden jerárquica borrara automáticamente la responsabilidad personal, aunque permitía considerarla para atenuar la pena. La acusación debía demostrar algo más que la pertenencia al régimen: tenía que conectar al acusado con decisiones, órdenes y estructuras concretas.

Diez ejecuciones y una sentencia

Las vistas duraron 218 jornadas. El 30 de septiembre y el 1 de octubre de 1946, los jueces leyeron la sentencia: 19 acusados fueron declarados culpables y tres resultaron absueltos. Doce recibieron pena de muerte: Göring y Bormann entre ellos, aunque este último seguía desaparecido. Tres fueron condenados a cadena perpetua y cuatro a penas de entre diez y veinte años. El tribunal declaró criminales a la dirección del Partido Nazi, la Gestapo, el Sicherheitsdienst y las SS, con excepciones para quienes no hubieran participado en los delitos.

Göring se suicidó con cianuro pocas horas antes de la ejecución, en la noche del 15 al 16 de octubre. A primera hora de la mañana siguiente fueron ahorcados Ribbentrop, Keitel, Kaltenbrunner, Rosenberg, Frank, Frick, Streicher, Sauckel, Jodl y Seyss-Inquart. La ejecución se realizó en el antiguo gimnasio de la prisión. Los cuerpos fueron trasladados a Múnich, incinerados y sus cenizas arrojadas a un afluente del Isar, para impedir que sus tumbas se convirtieran en lugares de peregrinación.

Un legado con grietas

El juicio principal terminó, pero Núremberg continuó durante años. Entre diciembre de 1946 y abril de 1949, tribunales militares estadounidenses celebraron doce procesos contra médicos, jueces, empresarios, mandos militares y miembros de las SS. En esas causas fueron acusadas 185 personas. Otros países juzgaron a responsables en sus propios territorios. La violencia había necesitado miles de funcionarios, policías, soldados, administradores y empresas.

El 11 de diciembre de 1946, la Asamblea General de Naciones Unidas afirmó por unanimidad los principios jurídicos reconocidos en el Estatuto y la sentencia de Núremberg. La Comisión de Derecho Internacional los formuló en 1950: los crímenes contra la paz, los crímenes de guerra y los crímenes contra la humanidad podían generar responsabilidad individual; un cargo oficial no protegía al autor; y la orden de un superior no lo convertía en inocente. Ese hilo llevaría a la Convención contra el Genocidio de 1948, a los tribunales para la antigua Yugoslavia y Ruanda y, mucho después, a la Corte Penal Internacional.

El legado no está libre de contradicciones. Los Aliados juzgaron a los vencidos y no sometieron a un examen equivalente sus propias decisiones. El tribunal limitó los crímenes contra la humanidad vinculados a la guerra y dejó fuera agresiones sexuales que hoy formarían parte de la discusión sobre violencia sistemática. Las voces de las víctimas quedaron subordinadas a un expediente construido en gran medida con documentos de los perpetradores. Muchos criminales nunca fueron procesados y varios condenados salieron de prisión antes de que terminara la década de 1950.

Por eso el 16 de octubre de 1946 no puede recordarse como una escena de justicia perfecta. Fue un primer intento, nacido de una guerra concreta, con normas discutibles y una selección incompleta de responsabilidades. Su alcance reside en otra parte: por primera vez, dirigentes de un Estado derrotado tuvieron que responder ante un tribunal internacional por decisiones tomadas desde el poder. Las horcas cerraron las sesiones, pero la pregunta que había llevado a los acusados a Núremberg quedó abierta: ningún gobierno puede convertir sus crímenes en legales solo porque controle las leyes de su propio país.

Si te ha interesado, te puede gustar

Annette Wieviorka relata el juicio de Núremberg, celebrado desde octubre de 1945 contra altos dignatarios del régimen nazi por los crímenes del Tercer Reich. Basado en las actas del proceso y testimonios, el libro aborda su génesis y sus repercusiones en la creación de la justicia internacional.

Enlace de afiliado: si compras a través de él, puede que recibamos una pequeña comisión, sin ningún coste extra para ti.

Comentarios

Inicia sesión para dejar un comentario.

Todavía no hay comentarios — sé el primero.

Otros artículos de Historia

Napoleón a caballo en el campo de batalla de Jena, en la pintura de Horace Vernet realizada en 1836 Siglo XIX

Jena y Auerstädt, 1806: el colapso de la vieja Prusia

El 14 de octubre de 1806, Napoleón venció a las fuerzas prusianas en Jena mientras el mariscal Davout derrotaba al ejército principal en Auerstädt. La derrota no borró a Prusia del mapa, pero obligó a sus dirigentes a rehacer el ejército, la administración y la relación entre el Estado y sus habitantes.

27 Oct 2026 29 10 min
Múnich, 1938: Mussolini, Hitler y Chamberlain durante el Acuerdo de Múnich. Siglo XX

El Acuerdo de Múnich de 1938 y la cesión de los Sudetes

El Acuerdo de Múnich, firmado entre el 29 y el 30 de septiembre de 1938, entregó los Sudetes a la Alemania nazi sin que Checoslovaquia pudiera sentarse en la mesa. La crisis revela cómo el miedo a otra guerra mundial, las promesas sin garantías y la estrategia de Hitler deshicieron el equilibrio europeo.

09 Oct 2026 50 9 min
La delegación búlgara durante las negociaciones del armisticio de Salónica, septiembre de 1918. Siglo XX

El armisticio de Salónica y el derrumbe de los Imperios Centrales en 1918

El armisticio firmado en Salónica convirtió la derrota búlgara en el primer gran desmoronamiento del bloque alemán en 1918. La ofensiva de Dobro Pole, el agotamiento del ejército y la crisis política de Sofía explican por qué la Gran Guerra empezó a terminar en los Balcanes antes de que callaran las trincheras de Francia.

09 Oct 2026 40 9 min
Ahmed Sékou Touré de visita en Liubliana. Siglo XX

Guinea, 1958: el rechazo de la Comunidad Francesa y la independencia

El 28 de septiembre de 1958, Guinea fue el único territorio del África Occidental Francesa que rechazó la Comunidad propuesta por Charles de Gaulle. La decisión, respaldada por una intensa movilización sindical y política, condujo a la independencia cuatro días después y alteró el calendario de la descolonización africana.

09 Oct 2026 37 9 min