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Edad Moderna

El Escorial y el voto de Felipe II tras la batalla de San Quintín

El 13 de septiembre de 1584 se dio por concluida la construcción del monasterio que el rey prometió levantar tras una victoria militar

Carmen Puerta 23 de September de 2026 23 lecturas 8 min de lectura
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En la falda de la sierra de Guadarrama, a menos de cincuenta kilómetros de Madrid, se levanta una mole de granito gris de más de 33.000 metros cuadrados construidos. No hay cúpulas doradas ni fachadas recargadas: solo líneas rectas, ventanas idénticas repetidas hasta el cansancio y una geometría que impone respeto antes que admiración fácil. El 13 de septiembre de 1584 los canteros colocaron la última piedra de ese edificio, veintiún años después de que se abriera la primera zanja. Aquel día se daba por terminada, al menos en lo esencial, la obra que Felipe II había prometido levantar para agradecer una victoria militar y honrar a un santo martirizado más de mil doscientos años antes.

El edificio se llama Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, y pocas construcciones europeas condensan tanto poder, tanta fe y tanta obsesión personal en un solo plano.

El voto de un rey tras la batalla de San Quintín

Todo arranca el 10 de agosto de 1557, festividad de San Lorenzo. Ese día, un ejército hispano-imperial al mando de Manuel Filiberto de Saboya aplastó a las tropas francesas del condestable Anne de Montmorency junto a la localidad de San Quintín, en el norte de Francia. Fue una de las victorias más contundentes del reinado de Felipe II, que llevaba apenas un año al frente de la Corona española tras la abdicación de su padre, Carlos V.

Durante los combates quedó destruida una ermita dedicada a San Lorenzo. Felipe II, que interpretaba sus triunfos militares en clave religiosa, hizo voto de construir un templo mayor en honor al santo cuyo día había coincidido con la victoria. No se trataba de un simple gesto de agradecimiento: el rey quería un edificio que sirviera al mismo tiempo de monasterio, de panteón para su familia y de símbolo permanente de una monarquía que se entendía a sí misma como brazo armado de la fe católica.

Representación de la batalla de San Quintín, la victoria de 1557 que Felipe II quiso conmemorar con el monasterio
Representación de la batalla de San Quintín, la victoria de 1557 que Felipe II quiso conmemorar con el monasterio

La elección del lugar tampoco fue casual. Felipe II buscaba un paraje cercano a Madrid, con agua abundante, cantera de piedra a mano y aire sano, según describen las crónicas de la época. Encontró todo eso en un pequeño pueblo serrano llamado El Escorial.

De la traza de Juan Bautista de Toledo al rigor de Juan de Herrera

El encargo del diseño recayó en Juan Bautista de Toledo, un arquitecto español formado en Italia que había trabajado en las obras de San Pedro del Vaticano. Toledo regresó a España en 1559 y elaboró lo que se conoce como la «Traza Universal», el plano general del conjunto: un rectángulo ordenado en torno a patios, con la basílica en el centro y dependencias para monjes jerónimos, un colegio, una biblioteca y las habitaciones reales adosadas al testero de la iglesia.

Retrato de Felipe II, el rey que promovió y siguió de cerca cada fase de las obras de El Escorial
Retrato de Felipe II, el rey que promovió y siguió de cerca cada fase de las obras de El Escorial

Un discípulo termina la obra de su maestro

Toledo murió en 1567, cuando apenas se habían levantado los cimientos y las primeras plantas. El proyecto pasó entonces a su ayudante, Juan de Herrera, quien no se limitó a continuar el plano heredado. Herrera simplificó volúmenes, cerró la fachada principal con un cuerpo que hoy alberga la biblioteca, eliminó seis torres previstas en el diseño original y afinó un lenguaje propio, despojado de ornamento, que la historiografía del arte bautizó después como estilo herreriano. Bajo su dirección se completó la basílica, el patio de los Evangelistas y buena parte de la decoración interior, aunque el templo no quedaría del todo rematado hasta 1586.

Veintiún años de piedra, madera y miles de manos

La primera piedra se colocó el 23 de abril de 1563. Desde entonces y hasta 1584 trabajaron en el Escorial canteros, carpinteros, herreros y peones venidos de media España, además de artistas italianos contratados para frescos y retablos. El granito se extraía de canteras cercanas, en la propia sierra, y se transportaba con bueyes y rodillos hasta la explanada de obras.

El resultado final es un rectángulo de 205 por 162 metros, con una altura máxima de 95 metros contando la cúpula de la basílica, y una superficie construida de algo más de 33.000 metros cuadrados repartidos en un terreno de 94 hectáreas. Dentro se guardaban, entre otras cosas, una de las bibliotecas más ricas de Europa: más de 40.000 volúmenes, con 600 incunables y más de 10.000 ejemplares impresos en el siglo XVI. Un incendio en 1671 destruyó cerca de 5.280 códices manuscritos, una pérdida que los propios monjes jerónimos lamentaron durante generaciones.

La biblioteca del Monasterio de El Escorial, con más de 40.000 volúmenes reunidos por orden de Felipe II
La biblioteca del Monasterio de El Escorial, con más de 40.000 volúmenes reunidos por orden de Felipe II

Sobre esa biblioteca y su artífice existe una frase que se atribuye al propio Felipe II. El rey, según recoge el cronista jerónimo fray José de Sigüenza, encargado de escribir la historia del monasterio y más tarde prior del mismo, llegó a decir de él algo parecido a esto: quienes vengan a ver esta maravilla del mundo no ven en ella lo principal si no ven a fray José de Sigüenza. Un elogio poco habitual en un monarca que no destacaba precisamente por prodigar halagos.

¿Una parrilla en honor a San Lorenzo o el Templo de Salomón?

Durante siglos se ha repetido que la planta rectangular de El Escorial, con sus torres en las esquinas y sus patios interiores, reproduce la forma de una parrilla en recuerdo del instrumento con el que fue martirizado San Lorenzo en Roma. La coincidencia con la fecha de la batalla de San Quintín alimentó la leyenda, y todavía hoy se cuenta a los visitantes como si fuera un dato cerrado.

Los historiadores del arte discrepan. La forma de parrilla, señalan, no resulta evidente hasta que Herrera cierra la fachada oeste con el cuerpo de la biblioteca y suprime varias de las torres previstas por Toledo, lo que sugiere que el parecido fue más una casualidad de las sucesivas reformas que una intención de partida. La hipótesis que manejan buena parte de los especialistas apunta en otra dirección: el plano seguiría más bien las descripciones bíblicas del Templo de Salomón, transmitidas a través de los textos del historiador judeorromano Flavio Josefo, muy leídos en los círculos eruditos que rodeaban a Felipe II. Un rey que se veía a sí mismo como heredero de una monarquía sagrada tenía buenas razones para inspirarse en el templo del rey sabio del Antiguo Testamento antes que en el instrumento de un martirio.

El legado: panteón real y Patrimonio de la Humanidad

Felipe II no construyó solo un monasterio de agradecimiento. Convirtió El Escorial en su residencia habitual durante buena parte de su reinado, en el archivo de un imperio que se extendía por cuatro continentes y, finalmente, en su propia tumba. Murió allí en 1598, y desde entonces el llamado Panteón de los Reyes, situado bajo el altar mayor de la basílica y diseñado según planos del arquitecto italiano Juan Bautista Crescenzi, alberga 26 sepulcros de mármol con los restos de reyes y reinas de las casas de Austria y de Borbón.

La UNESCO declaró el conjunto Patrimonio de la Humanidad el 2 de noviembre de 1984, cuatrocientos años después de aquella última piedra de septiembre. Hoy recibe más de 500.000 visitantes cada año, que recorren los mismos claustros por los que circulaban los monjes jerónimos y el propio rey, que gobernaba buena parte de su imperio desde una celda austera con vistas a la sierra.

Lo que queda, más allá de la piedra, es la imagen de un monarca que decidió gobernar un imperio global desde un despacho de monje. Esa paradoja, la de un poder inmenso administrado con la disciplina de una orden religiosa, explica mejor que cualquier leyenda de parrillas por qué El Escorial sigue impresionando a quien lo visita casi cinco siglos después.

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