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Edad Moderna

Carlos II de España, el último Austria: enfermedad, superstición y sucesión

La vida del monarca cuya salud alimentó una leyenda y cuya muerte abrió una guerra europea

Carmen Puerta 17 de July de 2026 18 lecturas 9 min de lectura
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En el otoño de 1700, Madrid aguardaba la muerte de su rey. Carlos II tenía treinta y ocho años y llevaba toda la vida enfermo. Apenas podía sostenerse en pie; sufría problemas digestivos, episodios convulsivos y un deterioro que los médicos de la corte no conseguían detener. Alrededor de su cama se mezclaban las oraciones, los remedios y la política europea. No estaba en juego solo la vida de un hombre, sino la herencia de la Monarquía Hispánica.

Durante sus últimos meses algunos religiosos intentaron liberarlo de un supuesto maleficio. De ahí nació el sobrenombre de «el Hechizado», una etiqueta que ocultó su enfermedad y la complejidad de su reinado. La explicación no necesita demonios: una dinastía que hizo de los matrimonios familiares una herramienta de poder acabó concentrando también sus riesgos biológicos.

Un heredero nacido dentro de la familia

Carlos nació en Madrid el 6 de noviembre de 1661. Era hijo de Felipe IV y de Mariana de Austria. Sus padres eran tío y sobrina: Mariana era hija de María Ana de Austria, hermana de Felipe IV. La boda respondía a una lógica habitual en las cortes europeas: proteger alianzas, títulos y territorios dentro de la misma casa, sin entregar una herencia a una familia rival.

El problema no estuvo en una sola boda, sino en la acumulación. Felipe II se casó con su sobrina Ana de Austria; Felipe IV, viudo de Isabel de Borbón, volvió a elegir a una sobrina. Repetidos durante generaciones, estos enlaces estrecharon el árbol genealógico y aumentaron la probabilidad de que afloraran enfermedades recesivas.

Carlos II, rey de España (1661-1700), atribuido a Sebastián de Herrera Barnuevo, 1670. Royal Collection.
Carlos II, rey de España (1661-1700), atribuido a Sebastián de Herrera Barnuevo, 1670. Royal Collection.

Un estudio genético publicado en 2009 calculó para Carlos II un coeficiente de consanguinidad de 0,254. La cifra se acerca a la esperada para la descendencia de una unión entre hermanos o entre padre e hija, aunque sus padres fueron tío y sobrina. La diferencia se explica por la suma de muchos parentescos anteriores.

Eso no permite diagnosticar a un muerto tres siglos después con precisión clínica. Los investigadores propusieron que dos trastornos recesivos —uno relacionado con las hormonas y otro con los riñones— podían explicar parte de su debilidad, sus problemas digestivos y su infertilidad. Advirtieron que las infecciones, el ambiente y los tratamientos de la época también cuentan.

Una infancia enferma y una corona disputada

Los testimonios reunidos por los historiadores describen a un niño de cabeza grande, cuerpo débil y mandíbula muy prominente. Según esas noticias, tardó en hablar y no caminó hasta una edad inusualmente avanzada. El prognatismo le dificultaba cerrar la boca, masticar y pronunciar. La imagen de un príncipe incapaz de gobernar se formó muy pronto, aunque después fue reforzada por enemigos políticos y por una historiografía obsesionada con la decadencia.

Felipe IV murió en septiembre de 1665, cuando Carlos apenas tenía cuatro años. Mariana de Austria asumió la regencia con una Junta prevista en el testamento del rey. La corte se convirtió en una pugna por el acceso al niño-rey. El jesuita Juan Everardo Nithard y Fernando de Valenzuela ocuparon posiciones de confianza de la regente; frente a ellos se alzó Juan José de Austria, hijo ilegítimo de Felipe IV, militar prestigioso y cabeza de buena parte de la oposición nobiliaria.

Retrato de Mariana de Austria por Carreño de Miranda
Retrato de Mariana de Austria por Carreño de Miranda

En noviembre de 1675, al cumplir catorce años, Carlos fue declarado mayor de edad. La fórmula legal no convirtió de repente a un adolescente enfermo en un gobernante autónomo. Juan José de Austria llegó a Madrid en 1677 y apartó a la reina madre; tras su muerte, en 1679, Mariana regresó a la corte y siguió ejerciendo influencia. Ministros como el duque de Medinaceli y el conde de Oropesa trataron de sostener la monarquía.

Francia, gobernada por Luis XIV, tenía más recursos militares y presionaba en los Países Bajos y la frontera. Castilla arrastraba inflación, deuda, epidemias, malas cosechas y una hacienda exhausta. Aun así, el reinado no fue un simple derrumbe: en 1680 y 1686 se aplicaron reformas monetarias, se reorganizaron ingresos y se intentó aliviar la deuda. La recuperación fue desigual y tardía, pero obliga a mirar más allá de la caricatura del rey inútil.

Dos matrimonios para resolver un problema de Estado

La salud del monarca tenía una dimensión pública. En una monarquía hereditaria, la intimidad del rey pertenecía a la diplomacia. En 1679 Carlos se casó con María Luisa de Orleans, sobrina de Luis XIV. La boda buscaba cerrar una etapa de enfrentamiento con Francia y producir un heredero. La reina murió en Madrid en febrero de 1689, con veintiséis años, sin hijos.

La segunda esposa fue Mariana de Neoburgo, perteneciente a una familia alemana vinculada a la rama austriaca y famosa por su abundante descendencia. El matrimonio se celebró en 1690. Tampoco llegó el hijo esperado. Los datos médicos son demasiado incompletos para repartir culpas. El examen del cadáver alimentó después la idea de que Carlos no podía engendrar, aunque un informe anatómico de 1700 no equivale a una historia clínica moderna.

Atribuido a Jan van Kessel II: reina Mariana de Neoburgo
Atribuido a Jan van Kessel II: reina Mariana de Neoburgo

La falta de descendencia transformó el cuerpo del rey en un asunto internacional. La Monarquía Hispánica comprendía territorios europeos y un imperio americano y asiático. Francia y los Habsburgo de Viena preparaban sus candidaturas; Inglaterra y las Provincias Unidas temían que una unión entre Francia y España alterase el equilibrio europeo. Cada tratamiento para la esterilidad podía ser también una maniobra de facción.

Cuando el malestar se convirtió en hechizo

En una sociedad donde la enfermedad podía interpretarse como castigo, posesión o maleficio, la fragilidad de Carlos ofrecía un terreno fértil para la superstición. El episodio mejor documentado pertenece a los últimos años. El dominico fray Froilán Díaz, confesor del rey desde 1698, recurrió al exorcista fray Antonio Álvarez Argüelles y a testimonios de personas consideradas endemoniadas, entre ellas religiosas de Asturias. Querían averiguar qué espíritu atormentaba al monarca y por qué no tenía descendencia.

Los relatos atribuían a los demonios respuestas sobre una conspiración palaciega. Una versión decía que el hechizo había sido administrado el 3 de abril de 1675 en una taza de chocolate con restos humanos: sesos para quitarle el gobierno, vísceras para dañar su salud y riñones para impedir la generación. Su rastro pasa por declaraciones y compilaciones posteriores. La Universidad Complutense ha advertido que muchas narraciones modernas dependen de una obra del siglo XVIII basada en un manuscrito de comienzos de ese siglo. No es una prueba de que el chocolate existiera ni de que Satanás hubiera confesado nada.

Lo que sí está documentado es el conflicto que siguió. Froilán Díaz acabó procesado y encarcelado por la Inquisición; el caso no se resolvió hasta 1704, cuando fue declarado inocente y restituido. Los exorcismos se desarrollaron en una corte dividida, donde atribuir la enfermedad a una mano enemiga podía desacreditar a un ministro o a la reina madre.

La muerte de un rey y el reparto de una herencia

En los últimos meses de 1700 Carlos sufrió fiebre, dolores abdominales, dificultad respiratoria y un colapso general. Murió en Madrid el 1 de noviembre, cinco días antes de cumplir treinta y nueve años. Los relatos sobre la autopsia describen un corazón diminuto, pulmones «corroídos», intestinos putrefactos, cálculos renales, un solo testículo ennegrecido y la cabeza llena de líquido. Otras versiones añaden que el cadáver no contenía una gota de sangre. Son imágenes poderosas, pero proceden de una tradición textual que mezcla observación y lenguaje médico antiguo. No bastan para establecer un diagnóstico.

El rey había tenido que decidir su sucesión. El candidato bávaro José Fernando, escogido en una solución de compromiso, falleció en 1699. Quedaron frente a frente Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV y descendiente de Felipe IV por la infanta María Teresa, y el archiduque Carlos de Austria, miembro de la rama imperial de los Habsburgo. Una opción inclinaba la herencia hacia Francia; la otra podía reunir bajo Viena los dominios españoles y austriacos.

El testamento de Carlos, fechado el 3 de octubre de 1700, llamó a Felipe de Anjou a la sucesión de todos los reinos y dominios sin dividir la monarquía. La condición era conservarlos unidos y evitar una fusión de las coronas francesa y española. Luis XIV aceptó la herencia para su nieto. Las potencias marítimas y el emperador rechazaron el desenlace; en 1701 comenzó la guerra y en 1702 la coalición entró abiertamente en el conflicto. La Guerra de Sucesión Española se libró en Europa, el Atlántico y la península. Utrecht, en 1713, y los acuerdos de 1714 reconocieron a Felipe V, a cambio de la separación de las coronas y de pérdidas territoriales para la Monarquía Hispánica.

Mapa de los bandos de la guerra de sucesión española: en azul, Gran Bretaña, las Provincias Unidas y Portugal; en verde, España y Francia.
Mapa de los bandos de la guerra de sucesión española: en azul, Gran Bretaña, las Provincias Unidas y Portugal; en verde, España y Francia.

La muerte de Carlos II cerró la línea española de los Habsburgo, pero no clausuró de golpe la historia de la monarquía que había heredado. El nuevo siglo conservaría buena parte de sus territorios americanos e instituciones, mientras los Borbones imponían otras formas de gobierno. La imagen del último Austria quedó atrapada entre el cuerpo enfermo, el miedo de su corte y el relato posterior de una España en ruinas.

La endogamia explica mucho de aquel cuerpo, aunque no explica por sí sola la política de treinta y cinco años de reinado. Carlos II fue un enfermo sometido a una obligación dinástica desmesurada y también el soberano de una monarquía que resistió, reformó sus finanzas y negoció su supervivencia en un continente hostil. La tragedia no necesita magia: basta con observar cómo una familia convirtió la sangre compartida en garantía de poder y terminó pagando el coste en la persona de su último rey.

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