En la noche del 5 al 6 de septiembre del año 394, dos ejércitos romanos acampaban a un lado y otro de un valle estrecho de los Alpes Julianos, cerca de donde hoy se levanta la localidad eslovena de Vipava. No eran enemigos extranjeros. A un lado esperaban las tropas de Teodosio I, emperador de Oriente, llegadas tras año y medio de preparativos desde Constantinopla. Al otro, los soldados de Eugenio, un antiguo profesor de retórica encumbrado al trono de Occidente por un general de origen franco. Al día siguiente, cuando el polvo se posara sobre las aguas del río Frígido, el Imperio Romano tendría de nuevo un solo dueño. Sería la última vez que ocurriera.
Un asesinato que nadie quiso investigar
La historia arranca dos años antes, en Vienne, en la Galia. El 15 de mayo de 392 apareció muerto el joven emperador Valentiniano II, entonces con apenas veintiún años y bajo la tutela militar del general Arbogasto, un franco que llevaba tiempo controlando de hecho el gobierno de Occidente. La versión oficial habló de suicidio por ahorcamiento. Pocos en la corte se la creyeron entonces, y menos aún se la cree hoy la mayoría de los historiadores. Teodosio, cuñado del joven emperador muerto y casado con su hermana Gala, sospechó desde el primer momento que Arbogasto tenía algo que ver.
Arbogasto, sin embargo, no podía ceñirse él mismo la púrpura imperial: ser franco se lo impedía ante el Senado y ante el ejército romano. Necesitaba una cara presentable. La encontró en Flavio Eugenio, funcionario de la cancillería imperial y maestro de retórica, hombre de trato afable y formación clásica al que conocía desde hacía años. El 22 de agosto de 392, en Lyon, Eugenio fue proclamado augusto de Occidente. Tenía formación cristiana, pero debía su trono entero a un general que despreciaba abiertamente la nueva religión oficial del Imperio.
Un aspirante a emperador entre dos mundos
Ahí residía el problema de Eugenio. Necesitaba el respaldo del Senado romano, todavía con un núcleo aristocrático fiel a los cultos tradicionales, y necesitaba también no enemistarse del todo con Teodosio, único emperador legítimo reconocido en Oriente. Intentó ambas cosas a la vez y terminó por no lograr ninguna con firmeza. Escribió cartas conciliadoras al emperador oriental que nunca obtuvieron respuesta favorable. Mientras tanto, en Roma, dejó hacer a quienes durante una década habían visto cómo la legislación imperial desmontaba, templo a templo, el andamiaje religioso de la vieja República.
La restauración del Altar de la Victoria
En la primavera de 393, Eugenio y Arbogasto entraron en Italia al frente de su ejército y fueron recibidos con entusiasmo por buena parte del Senado, encabezado por el prefecto del pretorio Virio Nicómaco Flaviano, la figura más visible del paganismo senatorial de la época. Como gesto de gratitud, Eugenio devolvió al Senado el Altar de la Victoria, la estatua dorada ante la que los senadores juraban desde tiempos de Augusto y que el emperador Graciano había retirado en el año 382 tras una intensa campaña del obispo Ambrosio de Milán.
La medida, más simbólica que práctica, tuvo el efecto de una declaración de guerra teológica. El propio Eugenio, según cuentan las fuentes, procuró no vincularse él mismo con demasiada fuerza a los cultos paganos: quien empujaba la restauración era Flaviano, que llegó a fijar de nuevo en el calendario oficial las antiguas fiestas religiosas romanas y a financiar con fondos públicos los sacrificios en los templos de la capital. Algunos senadores cristianos, entre ellos figuras cercanas a Símaco —el mismo que años atrás había pedido sin éxito a Graciano que no retirara el altar—, observaban la situación con más cautela que entusiasmo, conscientes de que aquel pulso terminaría resolviéndose en Oriente, no en el Senado.
Dos días de combate junto al río Frígido
Teodosio cruzó los Alpes Julianos a comienzos de septiembre de 394 al frente de un ejército heterogéneo que incluía contingentes godos recientemente asentados como federados tras el tratado de 382, dirigidos por un joven caudillo llamado Alarico. Le acompañaban también dos oficiales que tendrían un papel destacado en las décadas siguientes: Estilicón, su yerno, y Timasio, ambos con mando sobre las tropas regulares.
El primer día de batalla, el 5 de septiembre, salió mal para los atacantes. Teodosio lanzó a los godos en un asalto frontal contra las posiciones de Arbogasto, atrincheradas en un terreno que favorecía a los defensores. Las bajas fueron enormes: las fuentes antiguas hablan de hasta diez mil soldados godos muertos en pocas horas, entre ellos el general ibero Bacurio. Con la noche ya encima, Arbogasto envió tropas a rodear la retaguardia enemiga y cortarle la retirada por los desfiladeros. La maniobra, bien pensada sobre el papel, fracasó porque buena parte de esas tropas desertó y se pasó al bando de Teodosio antes del amanecer.
El viento que decidió una batalla
La mañana del 6 de septiembre, Teodosio ordenó un segundo ataque. Según los cronistas cristianos que narraron el episodio pocos años después, entre ellos Rufino de Aquileya, un viento huracanado propio de la región —la bora, que todavía hoy sopla con fuerza en esa parte del Adriático— se levantó de repente y golpeó de cara a las líneas de Eugenio, cegando a sus soldados con polvo y desviando sus proyectiles. El campamento occidental se vino abajo. Eugenio fue capturado casi de inmediato y ejecutado en el mismo campo de batalla. Arbogasto logró huir a las montañas cercanas, donde se quitó la vida días después, incapaz de escapar del cerco.
Conviene tomar el relato del viento con cierta distancia. Los historiadores modernos, entre ellos Alan Cameron en sus trabajos sobre el llamado «último pagano de Roma», han señalado que la insistencia de las fuentes cristianas en un viento providencial encaja demasiado bien con el relato de una victoria divina como para aceptarlo sin más. Es posible que existiera una tormenta real que afectara al desarrollo del combate, pero también es probable que la propaganda posterior la exagerara hasta convertirla en un milagro. Lo que no admite mucha discusión es el resultado: un ejército quedó destrozado y el otro, aunque también muy castigado, se quedó con el campo.
¿Fue de verdad una guerra de religión?
Durante siglos se contó este episodio como el choque final entre el paganismo agonizante y un cristianismo ya triunfante, con Eugenio y Arbogasto en el papel de últimos defensores de los viejos dioses. La realidad, a la luz de la investigación reciente, es más enredada. Eugenio no dejó de ser cristiano en ningún momento de su reinado, y buena parte de su ejército, incluidos numerosos oficiales, profesaba la misma fe que el de Teodosio. Lo que se dirimió en el Frígido tuvo tanto de disputa dinástica y militar por el control de un imperio partido en dos administraciones como de enfrentamiento confesional.
Dicho esto, sería un error vaciar el episodio de contenido religioso. La restauración del Altar de la Victoria fue un hecho real, promovido por un sector identificable de la aristocracia romana que veía en Eugenio su última oportunidad de recuperar terreno perdido. Su derrota cerró, esta vez sí de forma definitiva, cualquier intento de dar marcha atrás en la política religiosa iniciada por Constantino siete décadas antes. Después del 394 no volvió a haber en Roma un intento organizado, con respaldo militar, de restaurar el culto oficial a los dioses tradicionales.
Un imperio unido por última vez
Teodosio disfrutó poco su victoria. Murió en Milán el 17 de enero de 395, cuatro meses después de la batalla, probablemente por complicaciones de una enfermedad cardíaca agravada por los esfuerzos de la campaña. Dejó el Imperio repartido entre sus dos hijos: Honorio, de diez años, recibió Occidente, y Arcadio, algo mayor, se quedó con Oriente. La división, pensada como un simple reparto administrativo dentro de una misma familia, se fue consolidando con los años hasta convertirse en la frontera que en la práctica separaría para siempre las dos mitades del mundo romano.
La propia batalla dejó heridas que tardaron poco en notarse. El ejército de Occidente, diezmado en el Frígido, nunca se recuperó del todo, y Estilicón, convertido en el hombre fuerte del gobierno de Honorio, tuvo que apoyarse cada vez más en tropas federadas godas para sostener la defensa de Italia y la Galia. Entre esos federados seguía Alarico, el mismo caudillo que había perdido a miles de sus hombres en la primera jornada de la batalla y que, dieciséis años después, en el 410, entraría al frente de sus tropas en una Roma que ya no podía defenderse. Puesto en perspectiva, lo que se ganó en el Frígido en términos religiosos se pagó en parte con la fragilidad militar que arrastraría Occidente durante el siglo siguiente: la victoria de Teodosio aseguró el triunfo del cristianismo, pero también aceleró, sin que nadie lo previera entonces, el declive del ejército que sostenía a la mitad occidental del Imperio.
Queda, de todo aquello, una imagen que resume bien el momento: un valle de los Alpes Julianos, un viento que tal vez fue providencial y tal vez solo viento, y un imperio que por una tarde de septiembre volvió a tener un solo dueño antes de partirse para no volver a unirse jamás.