Al norte de la Jaén actual, entre bloques de viviendas, avenidas y antiguos terrenos de huerta, la tierra conserva una secuencia de ocupación que abarca milenios. Marroquíes Bajos es conocido por su gran asentamiento calcolítico, pero bajo ese paisaje también aparecieron áreas funerarias de época tardoantigua y medieval. Allí, una orientación, la forma de una fosa o la posición de un cadáver pueden registrar un cambio social que los textos apenas dejan entrever: la formación de una comunidad andalusí.
La Universidad de Jaén ha puesto en marcha en 2026 un estudio osteoarqueológico global de las necrópolis islámicas del yacimiento. Juan Carlos Castillo Armenteros, María Ángeles Mora Barrionuevo y la especialista en osteoarqueología María Paz de Miguel trabajan con restos recuperados en intervenciones arqueológicas ligadas al crecimiento urbano. El proyecto no parte de una colección ordenada de antemano, sino de muchos conjuntos excavados en momentos distintos. Su reto consiste en convertir esa suma de hallazgos en una historia demográfica y social sin borrar las incertidumbres.
Un paisaje de agua al norte de Jaén
Marroquíes Bajos ocupa una depresión fértil, recorrida por arroyos y manantiales relacionados con el valle del arroyo de la Magdalena. Esa disponibilidad de agua explica la continuidad de la agricultura y de los asentamientos. Los trabajos arqueológicos han documentado una larga sucesión de canalizaciones, huertas, viviendas y espacios productivos; las acequias islámicas se superponen a infraestructuras romanas y a sistemas hidráulicos mucho más antiguos.
La zona no era una ciudad aislada. Se encontraba en el entorno de Jaén, en la ladera norte del cerro de Santa Catalina, cerca de caminos que comunicaban la ciudad con la campiña. En época islámica, el asentamiento combinó alquerías, áreas de cultivo y, con el tiempo, una ocupación más concentrada. La tierra que alimentaba a la población terminó organizando también el lugar donde se enterraba a sus muertos.
Las primeras intervenciones intensivas se produjeron desde la década de 1990, cuando la expansión urbana obligó a excavar antes de construir. Los resultados no forman una necrópolis única y compacta. Los arqueólogos identificaron siete áreas funerarias distribuidas por la Zona Arqueológica de Marroquíes Bajos. En los estudios iniciales se documentaron alrededor de 350 sepulturas; las campañas posteriores han ampliado mucho el conjunto, hasta el punto de que la UJA habla hoy de miles de tumbas recuperadas en distintas actuaciones. No existe, por tanto, un recuento final sencillo: las cifras dependen de qué sectores se incluyan y de cómo se agrupen las áreas.
La conquista no borró el cementerio
El año 711 sirve como referencia política, no como una frontera visible en cada capa arqueológica. En Marroquíes Bajos, los estudios de las primeras fases no detectan una destrucción violenta ni un abandono inmediato del asentamiento. Tampoco aparece una sustitución repentina de las viviendas o de las cerámicas. La conquista incorporó el territorio a un nuevo poder, pero la vida cotidiana de sus habitantes cambió a otro ritmo.
Las áreas funerarias lo muestran con precisión. Al menos cuatro necrópolis estaban en uso durante el siglo VII y continuaron hasta la primera mitad del VIII. En ellas, los difuntos aparecen tendidos boca arriba, con orientaciones próximas al eje oeste-este y con fosas que recuerdan a las tradiciones tardorromanas y visigodas. La presencia de una moneda islámica temprana junto a un individuo enterrado con un rito cristiano resume bien la situación: la nueva autoridad política ya estaba presente, mientras las costumbres de la comunidad no habían desaparecido.
El cambio se vuelve visible en la necrópolis 4, donde se excavaron unas cincuenta sepulturas. Un primer grupo, fechado en la primera mitad del siglo VIII, mantiene el rito cristiano. En una fase posterior, entre la segunda mitad del VIII y la primera del IX, aparecen enterramientos en covacha, con el cadáver colocado sobre el costado derecho y orientado hacia el sureste, según las convenciones funerarias islámicas. Ambos usos se suceden en el mismo espacio y las tumbas nuevas respetan las anteriores. No parece el resultado de una orden que lo reorganizara todo en un día, sino de una comunidad que fue adoptando nuevas normas sin abandonar de inmediato sus lugares conocidos.
Siete áreas, varios ritmos de islamización
La clasificación tradicional distingue cuatro necrópolis de rito cristiano, dos islámicas y una mixta. La división tampoco es inmutable. Las áreas 2 y 3, separadas al principio por el momento de sus excavaciones y por diferencias de uso, acabaron interpretándose como fases de una gran maqbara vinculada a un camino principal hacia Jaén. La maqbara del camino de Bayyāsa se fundó probablemente en época emiral y conoció periodos de actividad, abandono y reorganización.
En el solar de la Ciudad de la Justicia y en la calle Miguel Castillejo se estudiaron 493 inhumaciones. Sus orientaciones se agrupan en cinco conjuntos, entre 195 y 285 grados respecto al norte. La variación no es un detalle geométrico sin más: refleja distintas maneras de calcular la dirección de la quibla y distintas fases de consolidación del ritual islámico en al-Andalus. La arqueología funeraria convierte así el plano de un cementerio en un registro de aprendizaje religioso y de organización social.
Qué puede decir un esqueleto
Una tumba conserva más información que la posición del cuerpo. El esqueleto permite estimar la edad al morir, aproximar el sexo biológico, identificar lesiones y registrar enfermedades que dejaron huella en el hueso. Las articulaciones y las inserciones musculares pueden mostrar cargas repetidas; los dientes conservan señales de la alimentación y del estrés sufrido durante el crecimiento. Ninguna de esas lecturas funciona como una respuesta automática. Cada diagnóstico depende del estado de conservación, de la comparación con otras personas y del contexto arqueológico.
El proyecto de la UJA estudia precisamente esos perfiles: esperanza de vida, mortalidad infantil, proporción de sexos, patologías, traumatismos, carencias nutricionales y marcadores de actividad. Una fractura curada habla de una lesión que sobrevivió a su momento; una alteración dental puede apuntar a un episodio de enfermedad o de falta de alimento durante la infancia. En conjunto, esos datos permiten acercarse a las condiciones de vida de una población que no dejó biografías escritas.
Las siguientes fases incorporarán análisis de isótopos estables y microestratigrafía dental. El carbono y el nitrógeno del colágeno óseo pueden aportar información sobre la proporción relativa de alimentos vegetales y proteínas animales consumidos; el esmalte y los tejidos dentales permiten seguir parte de la historia de movilidad y de las tensiones fisiológicas de la infancia. Para interpretar esos resultados será necesario contar con muestras de referencia, conocer la ecología local y combinar los datos con cerámicas, fauna, paisaje y cronología. Un isótopo no identifica por sí solo una nacionalidad ni una religión.
Una promesa que exige cautela
La noticia del proyecto ha formulado una pregunta ambiciosa: distinguir entre descendientes de poblaciones hispanovisigodas convertidas al islam —los llamados muladíes— y personas pertenecientes a grupos árabes o bereberes llegados a la península. Es una hipótesis de trabajo, no un resultado publicado. La antropología física puede detectar diferencias de dieta, movilidad, parentesco o salud, pero ninguna de esas variables equivale sin más a una identidad étnica. La palabra “muladí” describe una trayectoria social y religiosa; no es una forma del cráneo.
La genética antigua, si se aplicara y si la conservación lo permitiera, tampoco resolvería por sí sola la historia. Podría aportar relaciones de parentesco y señales de movilidad, pero tendría que leerse junto a los ritos de enterramiento y a la documentación material. La prudencia no debilita el relato. Impide convertir una posibilidad científica en una certeza que los huesos todavía no sostienen.
De la comunidad local a la ciudad andalusí
Entre finales del siglo IX y el siglo X, el paisaje de Marroquíes Bajos experimentó una reorganización. La crisis del emirato y la política de concentración impulsada por el Estado omeya favorecieron asentamientos más agrupados, con calles y canales junto a huertas. El gran cementerio islámico se convirtió entonces en el espacio funerario de una población más concentrada. El proceso no fue solo una conversión individual: afectó a la manera de ocupar el territorio, de regular la vida religiosa y de reconocerse como comunidad.
Ahí reside el valor histórico del yacimiento. Las crónicas suelen nombrar a gobernantes, rebeliones y cambios de poder; rara vez dicen cómo una familia adaptó sus costumbres al nuevo marco. En Marroquíes Bajos, la sucesión de tumbas hace visible esa negociación. Primero perviven ritos cristianos. Luego aparecen enterramientos que combinan rasgos heredados con normas islámicas. Finalmente se impone una fosa estrecha y sencilla, con el cuerpo colocado según el rito musulmán. La islamización aparece como una secuencia social, no como una escena única de conquista.
Una historia todavía en laboratorio
Marroquíes Bajos no ha entregado aún todas sus respuestas. El estudio anunciado por la Universidad de Jaén se encuentra en marcha y sus resultados deberán pasar por análisis, comparación y publicación científica. Quedan por precisar cronologías, relaciones familiares, movilidad y diferencias de salud entre los distintos sectores. También habrá que decidir cómo conservar y presentar una colección humana tan extensa sin reducirla a una vitrina de objetos.
La lección ya disponible procede de la arqueología de las tumbas. La llegada del islam a Jaén no sustituyó de inmediato a una población por otra ni produjo una frontera nítida entre “locales” y “extranjeros”. En un mismo paisaje sobrevivieron memorias funerarias, se ensayaron nuevas orientaciones y acabó formándose una comunidad con otro repertorio religioso y urbano. Los huesos no hablan con voz propia: necesitan preguntas bien formuladas, métodos transparentes y límites reconocidos. Cuando se reúnen esas condiciones, los anónimos de Marroquíes Bajos dejan de ser una cifra de excavación y vuelven a ocupar un lugar en la historia de Jaén.