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Edad Media

El Concordato de Worms de 1122 y la disputa por el poder en la Europa medieval

Cómo Enrique V y Calixto II separaron la autoridad espiritual de los derechos temporales sin poner fin a las luchas entre papas y emperadores

Carmen Puerta 29 de September de 2026 19 lecturas 9 min de lectura
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El 23 de septiembre de 1122, junto al Rin, se leyeron e intercambiaron dos documentos que habían tardado décadas en hacerse posibles. No hubo una batalla ni una coronación. El emperador Enrique V renunció a entregar a los obispos el anillo y el báculo, símbolos de su autoridad espiritual; el papa Calixto II aceptó que el soberano conservara una intervención en la elección y en los bienes temporales de esos mismos prelados. El acuerdo recibió el nombre de Concordato de Worms y puso término a la fase principal de la Querella de las Investiduras.

La disputa había desgarrado el mundo político alemán, había llevado a un rey a presentarse como penitente ante el papa y había convertido los nombramientos eclesiásticos en una cuestión de guerra civil. Worms no resolvió todos los roces entre sacerdocio y realeza. Hizo algo más sobrio y duradero: dibujó una frontera entre dos formas de autoridad que hasta entonces podían concentrarse en la misma persona.

Catedral de San Pedro, Worms
Catedral de San Pedro, Worms

Cuando un obispo era también un señor territorial

La Querella de las Investiduras no fue una pelea abstracta entre religión y política, como si ambos ámbitos hubieran estado separados y luego se hubieran mezclado. En la Europa del siglo XI formaban una sola trama. Un obispo rezaba, predicaba y administraba sacramentos, pero también podía gobernar tierras, cobrar rentas, impartir justicia, levantar fortificaciones y responder ante el rey por un territorio. Las sedes episcopales eran centros de autoridad espiritual y piezas del gobierno.

Los monarcas germánicos habían utilizado a obispos y abades como funcionarios de confianza porque, al menos en teoría, no dejaban una descendencia que pudiera convertir sus dominios en patrimonio familiar. El emperador otorgaba tierras y derechos, y el prelado le debía servicios y fidelidad. En la ceremonia de investidura, el soberano entregaba el anillo y el báculo, gestos que no distinguían entre el cargo religioso y el señorío recibido. Quien controlaba ese acto influía en la persona que ocuparía una diócesis, en sus recursos y en la red política que se extendía desde ella.

La reforma eclesiástica del siglo XI cuestionó ese arreglo. Sus promotores querían combatir la simonía —la compra de cargos sagrados— y la intromisión de los laicos en la vida de la Iglesia. El movimiento reclamaba elecciones canónicas y una disciplina más exigente para el clero. Gregorio VII llevó esa reivindicación a un terreno mucho más amplio: el papa no debía limitarse a corregir a los obispos, también podía exigir obediencia a los gobernantes cristianos.

Enrique IV, rey de los germanos, dependía en buena medida de sus obispos para mantener una autoridad que ya encontraba resistencia entre los grandes nobles. En 1075 siguió nombrando prelados y apoyando candidatos contra las disposiciones pontificias. Gregorio respondió prohibiendo la investidura laica y amenazando con la excomunión a quienes la practicaran. La cuestión de un anillo y un báculo se convirtió en una pregunta mayor: ¿quién tenía la última palabra sobre el orden cristiano, el rey ungido o el sucesor de Pedro?

Canossa: una penitencia que no trajo la paz

En enero de 1076, los obispos reunidos en Worms respaldaron a Enrique y atacaron la legitimidad de Gregorio. El papa excomulgó al rey y liberó a sus súbditos del juramento de fidelidad. La sanción no era una formalidad piadosa. En un reino donde la autoridad dependía también de la obediencia religiosa, ofrecía a los príncipes una razón para apartarse de su soberano.

Enrique necesitaba recuperar su posición antes de que sus rivales eligieran a otro rey. Cruzó los Alpes durante el invierno y llegó al castillo de Canossa, residencia de Matilde de Toscana, donde se encontraba Gregorio. La escena de los días de espera, con el monarca vestido como penitente ante la fortaleza, quedó grabada en la memoria europea. El papa levantó la excomunión, pero aquella reconciliación no resolvió el desacuerdo sobre los nombramientos. Las alianzas alemanas volvieron a cambiar, estalló la guerra y Gregorio terminó muriendo en el exilio en 1085.

Escultura: estatuilla italiana, Bolonia
Escultura: estatuilla italiana, Bolonia

Enrique volvió a combatir, entró en Roma y apoyó a un antipapa. La guerra hizo visible hasta qué punto las diócesis, los castillos y las lealtades locales estaban unidos al conflicto. Cuando Enrique V tomó el poder, heredó la disputa y también la necesidad de cerrarla. En 1111, su acuerdo con el papa Pascual II fracasó después de una negociación áspera. El emperador llegó a obtener concesiones, pero la fórmula no fue aceptada por los obispos ni por la curia romana. El nuevo papa, Calixto II, elegido en 1119, encontró un problema que ya no podía resolverse con una victoria militar. En 1121 y 1122, la presión de los príncipes alemanes y el cansancio acumulado empujaron a las dos partes hacia un compromiso.

Dos documentos para dividir una autoridad

El pacto no fue una declaración única firmada por dos hombres en una mesa. Cada parte emitió su propio documento. La carta imperial de Enrique V renunciaba a toda investidura mediante el anillo y el báculo y prometía que en las iglesias del reino habría elecciones canónicas y consagraciones libres. El emperador se comprometía también a devolver bienes de San Pedro que él o su padre hubieran retenido durante la contienda y a favorecer la restitución de propiedades perdidas por otras iglesias y personas.

El privilegio de Calixto II dibujaba la contrapartida. En el reino alemán, las elecciones de obispos y abades debían celebrarse en presencia del emperador, sin simonía ni violencia. Si surgía una división entre candidatos, Enrique podía prestar su consentimiento y ayuda al que, con el consejo de los metropolitanos y obispos de la provincia, tuviera mejor derecho. El elegido recibiría del soberano los derechos y posesiones temporales vinculados a la sede, mediante la investidura laica.

La diferencia entre los símbolos era el centro del arreglo. El anillo y el báculo expresaban la autoridad espiritual; los bienes, jurisdicciones y derechos del señorío pertenecían al orden temporal. Enrique dejaba de presentar al obispo como si pudiera transmitirle la gracia de su cargo, pero no desaparecía de la escena. Conservaba influencia en la elección y seguía siendo el señor feudal de las posesiones imperiales. El obispo pasaba a tener dos obligaciones distintas: obediencia religiosa a la Iglesia y fidelidad política por los bienes que recibía del emperador.

El régimen tampoco era idéntico en todo el Imperio. En Italia y Borgoña, las elecciones debían producirse localmente y los derechos temporales se recibirían del emperador dentro de los seis meses posteriores a la consagración. Esa diferencia muestra que Worms no diseñó una teoría universal de las relaciones entre Iglesia y poder civil. Fue una solución ajustada a territorios, procedimientos y equilibrios concretos.

Ilustración de la Crónica de Núremberg, de Hartmann Schedel (1440-1514): el papa Gregorio VIII sometiéndose al papa Calixto II.
Ilustración de la Crónica de Núremberg, de Hartmann Schedel (1440-1514): el papa Gregorio VIII sometiéndose al papa Calixto II.

Una paz con fecha de caducidad

El Concordato puso fin a la emergencia que había enfrentado a la dinastía salia con el papado desde la década de 1070. El Primer Concilio de Letrán, celebrado en 1123, confirmó sus disposiciones. Calixto pudo devolver la curia romana a su programa de reforma y Enrique fue readmitido plenamente en la comunidad eclesial. La paz permitió que la política imperial volviera a ocuparse de sucesiones, alianzas y territorios en vez de prolongar la guerra por el nombramiento de cada prelado.

Pero el acuerdo no produjo vencedores absolutos. El emperador conservó una posición ventajosa en las sedes alemanas, donde su presencia podía inclinar una elección; la Iglesia ganó el reconocimiento de que la autoridad espiritual no procedía de un soberano laico. Los capítulos catedralicios y los príncipes locales obtuvieron un margen de maniobra que tampoco obedecía siempre a Roma ni a la corte imperial. La solución hizo más compleja la política, no más limpia.

Un estudio reciente de historia política y económica ha observado que los concordatos de Worms, Londres y París alteraron la relación entre los gobernantes laicos y los obispos, sobre todo en las diócesis con más recursos. La hipótesis no convierte el documento de 1122 en una causa única del crecimiento europeo, pero recuerda que un acuerdo sobre ceremonias y nombramientos también podía cambiar incentivos, lealtades y formas de gobierno.

La tensión reapareció después entre emperadores y papas, bajo otros nombres y en otros escenarios. La autonomía eclesiástica reconocida en Worms no impedía que los pontífices intervinieran en asuntos políticos, ni que los monarcas intentaran orientar la composición de las jerarquías religiosas. Lo que cambió fue el lenguaje para discutirlo: ya no bastaba con invocar una autoridad total. Había que precisar si se hablaba de la cura de las almas, de una jurisdicción, de una renta o de un feudo.

Escena de la Vita Mathildis en la que Enrique IV pide ayuda a Hugo de Cluny y a Matilde de Canossa, testimonio visual de la crisis que precedió a Worms.
Escena de la Vita Mathildis en la que Enrique IV pide ayuda a Hugo de Cluny y a Matilde de Canossa, testimonio visual de la crisis que precedió a Worms.

Por eso el Concordato de Worms merece algo más que una nota en la cronología de las efemérides. No inauguró la separación moderna entre Iglesia y Estado, una idea nacida en contextos posteriores, ni convirtió de pronto a los obispos en funcionarios ajenos a la política. Su alcance fue más medieval y más preciso: reconoció que una misma dignidad podía reunir poder espiritual y poder territorial, pero que cada uno necesitaba una fuente de legitimidad diferente. En esa distinción, negociada tras guerras, excomuniones y cambios de bando, Europa encontró una nueva manera de ordenar sus conflictos.

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