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El valle alto del Lozoya hace 90.000 años: ecología y demografía de los neandertales de Madrid

Cueva del Camino, los grandes herbívoros y el cálculo de una población posible en la sierra madrileña

Carmen Puerta 25 de September de 2026 38 lecturas 10 min de lectura
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Un valle no deja un censo de sus habitantes cuando pasan noventa milenios. Deja dientes, astillas de piedra, sedimentos y huesos mordidos por carnívoros. Con ese archivo incompleto, un equipo de investigadores ha intentado responder a una pregunta muy concreta: ¿cuántos neandertales podía alimentar el valle alto del río Lozoya cuando se formó uno de los niveles de la Cueva del Camino?

La respuesta publicada en 2026 en Landscape Ecology no es un número grabado en la roca. Es un intervalo: entre 14 y 33 individuos. La horquilla nace de dos estimaciones de productividad vegetal y de un modelo que incorpora dónde podía vivir cada herbívoro, no solo su presencia en el registro fósil. El resultado dibuja un paisaje generoso en recursos, aunque estrecho en espacio útil y sometido a la variación propia de la montaña.

El estudio, firmado por Beatriz Trejo, Marco Vidal-Cordasco, Ana B. Marín-Arroyo, Enrique Baquedano, Juan Luis Arsuaga, Theodoros Karampaglidis y Guillermo Rodríguez-Gómez, continúa una línea de trabajo iniciada con otro análisis publicado en 2025. Juntos permiten mirar el yacimiento madrileño como una ventana a la ecología del Pleistoceno superior, no como una escena aislada de caza.

Una cueva junto al Lozoya y un archivo de 90.000 años

El Calvero de la Higuera se encuentra en Pinilla del Valle, en la cabecera del Lozoya y a unos 1.108 metros de altitud. El promontorio calcáreo conserva cavidades y abrigos abiertos hacia el río. El valle actual ha cambiado desde el Pleistoceno, pero su forma general —una cuenca de montaña encajada entre relieves— sigue siendo útil para reconstruir el escenario en el que se movieron aquellos grupos humanos.

La Cueva del Camino salió a la luz en 1979, durante unas obras del Canal de Isabel II. Las primeras excavaciones comenzaron en 1981; el proyecto interdisciplinar que dirige la investigación moderna se reanudó en 2002 bajo la dirección de Juan Luis Arsuaga, Enrique Baquedano y Alfredo Pérez-González. Desde entonces, el cerro ha revelado otros enclaves, como el Abrigo de Navalmaíllo, la Cueva de la Buena Pinta, la Cueva Des-Cubierta y, más tarde, Cueva Chica.

El nivel 05 de la Cueva del Camino está fechado por termoluminiscencia en torno a 91.000 años, con márgenes de error que lo sitúan dentro de la ventana de 80.000 a 100.000 años empleada por el nuevo estudio. Allí apareció una asociación muy rica de mamíferos. También se recuperaron dos molares neandertales y restos de industria lítica, aunque la cavidad no debe confundirse con un campamento intacto: la acumulación de fauna se interpreta sobre todo como el resultado del uso de la cueva por la hiena manchada.

Frente excavado de la Cueva del Camino, uno de los yacimientos del Calvero de la Higuera en Pinilla del Valle.
Frente excavado de la Cueva del Camino, uno de los yacimientos del Calvero de la Higuera en Pinilla del Valle.

Una cueva compartida con las hienas

La precisión importa porque una cueva paleolítica rara vez funciona como una fotografía fija. En el mismo espacio pueden superponerse una madriguera de hiena, visitas humanas breves y restos arrastrados desde el exterior. Las marcas de dientes, las fracturas de los huesos y la posición de los sedimentos ayudan a distinguir esas historias. En el caso de Cueva del Camino, los investigadores no convierten automáticamente cada ciervo o cada caballo hallado allí en una presa neandertal.

El conjunto vecino ofrece pruebas más directas de presencia humana repetida. En el Abrigo de Navalmaíllo se han documentado hogares, herramientas y restos de fauna asociados a visitas de grupos neandertales, interpretadas como estancias de caza de hace unos 77.000 años. La Buena Pinta conserva dientes neandertales y herramientas, junto a una intensa ocupación de carnívoros. La Cueva Des-Cubierta, excavada desde 2009, añadió huellas de descuartizado y una compleja concentración de cráneos de herbívoros.

El valor de Pinilla del Valle está en esa combinación. Un solo lugar reúne refugios, cubiles, zonas de trabajo y depósitos paleontológicos de edades distintas. El nuevo cálculo no afirma que 33 personas durmieran juntas junto a la entrada de la Cueva del Camino; estima la capacidad de un territorio frecuentado por grupos que podían desplazarse entre varios puntos del valle.

Cráneo de hiena manchada, <em>Crocuta crocuta</em>, procedente de la Cueva del Camino y conservado en el Museo Arqueológico Regional.
Cráneo de hiena manchada, <em>Crocuta crocuta</em>, procedente de la Cueva del Camino y conservado en el Museo Arqueológico Regional.

Del inventario de especies al mapa del alimento

Para reconstruir la despensa del valle, el equipo seleccionó nueve herbívoros de más de diez kilos registrados en Cueva del Camino: rinoceronte estepario, caballo salvaje, uro, rebeco, ciervo común, gamo, corzo, jabalí y castor europeo. No formaban una manada única ni ocupaban el mismo suelo. El rinoceronte y el uro necesitaban grandes superficies de alimentación; el castor dependía de las orillas; el rebeco estaba ligado a las pendientes rocosas; los cérvidos podían aprovechar el mosaico de bosque y claros.

La herramienta utilizada fueron los modelos de distribución de especies. Los autores reunieron localizaciones fósiles de esos animales en Eurasia, seleccionadas para el intervalo de 80.000 a 100.000 años, y las relacionaron con variables climáticas del pasado. Después proyectaron el resultado sobre los 434,58 kilómetros cuadrados del valle alto del Lozoya. El modelo actual no pretende decir dónde estuvo cada animal en un día concreto; ofrece una media anual de las condiciones que podían favorecer su presencia.

El procedimiento tiene varias capas. Primero calcula cuánta biomasa de herbívoros podría sostener la productividad vegetal estimada a partir de temperatura y precipitación. Luego reparte esa biomasa según el tamaño corporal de cada especie y la reduce allí donde el hábitat resulta poco favorable. La topografía entra así en la cuenta: la montaña no es una superficie plana llena de carne disponible.

Fósiles recuperados mediante lavado y cribado de sedimentos del Calvero de la Higuera durante la investigación arqueopaleontológica.
Fósiles recuperados mediante lavado y cribado de sedimentos del Calvero de la Higuera durante la investigación arqueopaleontológica.

Ciervos en los corredores, rebecos en los límites

El ciervo común aparece como la especie con mayor favorabilidad media y una distribución relativamente amplia por el valle. El corzo también supera 0,6 en la escala de favorabilidad empleada. El rebeco queda en el extremo opuesto, con una media de 0,067; sus áreas adecuadas son escasas dentro del territorio modelizado. La diferencia no es un detalle estadístico: cambia la cantidad de alimento que podía encontrarse de forma regular.

La altitud fue la variable más repetida en los modelos. Las zonas intermedias, entre aproximadamente 1.000 y 1.500 metros, ofrecían las condiciones más benignas para varias especies; las cotas altas reducían la favorabilidad. El castor quedaba atado a tramos concretos del corredor fluvial. El caballo, el uro y el ciervo tendían hacia las áreas bajas. El resultado es un paisaje en mosaico, con recursos concentrados en franjas y estaciones, no una despensa homogénea.

Trabajos de campo en la Cueva Des-Cubierta, otro de los enclaves neandertales del Calvero de la Higuera.
Trabajos de campo en la Cueva Des-Cubierta, otro de los enclaves neandertales del Calvero de la Higuera.

Cómo se llega a 14 o 33 neandertales

El paso final exige explicar qué significa la cifra. Los investigadores utilizaron dos estimaciones de productividad neta primaria. El modelo de Miami ofrece una media de 1.091,53 gramos por metro cuadrado y año; el modelo NCEAS, 504,18. Las diferencias se transmiten a la biomasa de herbívoros y, después, a la biomasa de depredadores que un ecosistema de ese tamaño podría mantener.

Al aplicar la relación entre presa y depredador, reservar una fracción para los neandertales y usar una masa corporal media de 71 kilos, el escenario más productivo equivale a una densidad de 0,075 individuos por kilómetro cuadrado: 33 personas en todo el valle. El escenario más prudente baja a 0,033 y da 14. La cifra alta procede del modelo de Miami; la baja, del NCEAS. No son dos momentos históricos identificados en la estratigrafía, sino dos salidas de un cálculo sometido a supuestos distintos.

El análisis de 2025 había estimado una capacidad cercana a 34 individuos al aplicar densidades máximas a la comunidad de grandes mamíferos. El trabajo posterior estrecha el problema: incorpora la favorabilidad del hábitat y muestra que parte de la biomasa potencial no estaba realmente al alcance de los animales, y mucho menos de quienes los cazaban. Por eso el resultado más útil no es elegir entre 14 o 33, sino entender qué mueve el intervalo.

Las comparaciones con ecosistemas actuales, entre ellos los parques del Serengueti, Kruger y Hwange, sirven como prueba de plausibilidad. No convierten el Lozoya en una sabana africana. Indican que las magnitudes de biomasa obtenidas entran dentro de lo que puede producir un ecosistema terrestre cuando se combinan productividad, tamaño de los herbívoros y presión de los depredadores.

Calco del casquete craneal de Neandertal 1, una pieza de referencia para reconocer la anatomía de <em>Homo neanderthalensis</em>.
Calco del casquete craneal de Neandertal 1, una pieza de referencia para reconocer la anatomía de <em>Homo neanderthalensis</em>.

Un refugio recurrente, no una aldea

La imagen que queda es menos espectacular y más verosímil que la de una comunidad fija. El valle podía concentrar agua, abrigo y animales en un territorio relativamente acotado, lo bastante atractivo para que los grupos regresaran. Eso no obliga a pensar en una ocupación continua. Los ciervos podían desplazarse con la estación y el propio modelo trabaja con promedios anuales; una densidad local alta en otoño o invierno podía alternar con meses de menor disponibilidad.

También conviene separar capacidad ecológica y población aislada. Un territorio que alimenta a unas pocas decenas de personas no encierra necesariamente a una comunidad reproductora cerrada. Los neandertales tendrían que mantener contactos con otros grupos del Lozoya y de las tierras vecinas, intercambiar parejas, información y materias primas, y moverse cuando el balance entre costes y alimento dejara de compensar.

En ese sentido, la cifra ilumina una escala humana. Treinta y tres individuos caben en unas pocas familias; catorce apenas forman un grupo grande. Un invierno malo, una enfermedad, la llegada de otros depredadores o un cambio en la distribución de las presas podían alterar el margen disponible. La demografía neandertal no dependía únicamente de saber cazar: dependía de que el paisaje siguiera ofreciendo suficientes animales en los lugares y momentos adecuados.

El valle alto del Lozoya no entrega los nombres de sus antiguos vecinos. Entrega algo más raro: la posibilidad de medir el espacio que los sostuvo. Los molares, las herramientas, los huesos de ciervo y el cráneo de una hiena cuentan historias distintas, y el modelo las obliga a encajar sin borrar sus contradicciones. El resultado no es un padrón de hace 90.000 años, sino el contorno de una oportunidad ecológica: un refugio de montaña capaz de recibir una y otra vez a pequeños grupos neandertales, nunca tan numerosos como para dejar de ser vulnerables.

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Fuentes (5)

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