La primera impresión de una cueva suele ser geológica: agua, caliza y tiempo. En la Cova Dones, cerca de Millares (Valencia), esa explicación se queda corta. En distintos puntos de una galería de aproximadamente 500 metros aparecen fragmentos de estalagmitas que no permanecen donde crecieron. Algunos forman agrupaciones circulares; otros parecen integrarse en pasos, plataformas o pequeñas escaleras. La disposición no pertenece al azar de un derrumbe. Sugiere que alguien entró en la oscuridad, rompió parte del relieve mineral y reorganizó el suelo.
El hallazgo, comunicado en 2025 por el proyecto DONARQ, ha puesto sobre la mesa más de un centenar de estas piezas y estructuras. Los investigadores las llaman espeleofactos: formaciones de cueva —espeleotemas— cuya forma o posición conserva la huella de una acción humana. La palabra no resuelve el misterio. Describe una evidencia y deja abierta la pregunta que la arqueología aún no puede contestar: para qué se transformó aquel espacio.
Una cavidad que ya había cambiado el mapa del arte paleolítico
Cova Dones no era un lugar desconocido para los habitantes de la comarca. Su valor arqueológico, en cambio, se ha revelado por capas. Una exploración informal realizada en 2021 identificó cuatro motivos pintados; los trabajos posteriores localizaron más de 110 unidades gráficas, entre ellas caballos, ciervas, uros, signos geométricos y trazos hechos con los dedos o con instrumentos sobre la superficie blanda de la pared. El estudio publicado en Antiquity en 2023 presentó el conjunto como uno de los grandes yacimientos de arte rupestre paleolítico del litoral mediterráneo oriental.
La cueva ofrece un contexto poco habitual. El área decorada principal está a unos 400 metros de la entrada, pero el recorrido no exige escalar para alcanzar los paneles. Parte de las figuras se realizó aplicando arcilla roja directamente sobre la pared, una técnica menos frecuente que el uso de pigmentos preparados. Otras imágenes fueron grabadas o se obtuvieron raspando el mondmilch, una precipitación blanda de carbonato cálcico. Las capas de calcita que cubren algunos motivos y una marca atribuida a un oso de las cavernas permiten situar al menos parte del arte antes de hace unos 24.000 años.
Ese descubrimiento cambió la lectura de la cavidad. Ya no se trataba solo de una formación natural con restos dispersos, sino de un lugar visitado y trabajado por personas durante la Edad del Hielo. La identificación de los espeleofactos amplía el problema: las paredes fueron soporte para imágenes, pero el suelo también fue objeto de decisiones. Aun así, conviene no mezclar las cronologías. La edad del arte —más de 24.000 años para una parte del conjunto— no fecha automáticamente las estalagmitas modificadas.
Cómo se distingue un accidente de una intervención humana
Una estalagmita crece desde el suelo cuando el agua que atraviesa la caliza deposita carbonato cálcico gota a gota. El resultado puede ser cónico, columnar o irregular, según el caudal, la química del agua y el punto exacto donde cae. Las formaciones tardan miles de años en acumularse y una rotura natural puede producir fragmentos convincentes. Un desprendimiento, una crecida o el peso de otra roca también pueden alterar el aspecto de una sala.
Por eso el diagnóstico no depende de encontrar una piedra partida. Los especialistas examinan el tipo de fractura, la orientación de los fragmentos, la relación entre las piezas y la topografía de la galería. Una agrupación en anillo, una alineación que repite el tamaño y la curvatura de una misma formación o una escalera construida con fragmentos encajados son indicios más difíciles de atribuir a la geología. La historia de cada pieza se reconstruye como una pequeña cadena de acontecimientos: crecimiento, rotura, transporte, colocación y, en algunos casos, nuevo crecimiento mineral sobre la herida.
En Cova Dones, la campaña de 2024 permitió reconocer los primeros espeleofactos y llevó al equipo a incorporar a Iñaki Intxaurbe Alberdi, investigador especializado en el análisis de estas evidencias y en la transformación humana del karst. Durante la campaña difundida en junio de 2025, Intxaurbe, junto con Aitor Ruiz-Redondo, Virginia Barciela y otros especialistas, confirmó al menos un centenar de estructuras distribuidas por varios sectores. Hay configuraciones que recuerdan anillos, pasos y plataformas; también se ha descrito una gran estalagmita seccionada y recolocada para despejar el tránsito.
Una edad sugerida, todavía no una fecha cerrada
La cifra de unos 20.000 años resume bien la escala temporal del hallazgo, pero no debe presentarse como una datación definitiva. El comunicado de las universidades indica que las estructuras podrían tener decenas de miles de años y que se ha puesto en marcha un programa geomorfológico, arqueológico y radiométrico para precisar la cronología. Las observaciones de campo permiten atribuir al menos parte de la intervención a la Prehistoria; todavía no ofrecen una horquilla final publicada para todo el conjunto.
La pista está en los recrecimientos de calcita. Cuando una estalagmita se rompe y la superficie vuelve a recibir agua, pueden depositarse nuevas capas sobre la fractura. Esas capas no dicen por sí solas quién produjo el golpe, pero sí establecen que la rotura es anterior a su formación. La datación mediante uranio-torio compara el uranio incorporado a la calcita con el torio generado por su desintegración radiactiva. Si las muestras son adecuadas y el sistema no ha sido alterado, el resultado permite calcular cuánto tiempo ha pasado desde que se depositó el recrecimiento.
El método no convierte una aproximación en certeza automática. Hay que escoger muestras sin contaminar, comprobar que la calcita se formó después de la rotura y relacionar cada fecha con la posición de la pieza. El trabajo también debe separar los daños antiguos de las fracturas modernas causadas por visitantes, exploraciones o procesos naturales. Esa prudencia explica por qué el equipo habla de una hipótesis prehistórica en estudio, no de una escena completamente reconstruida.
Bruniquel y Saint-Marcel: dos comparaciones que cambian la escala
El paralelo más famoso es la cueva de Bruniquel, en el suroeste de Francia. Allí, a 336 metros de la entrada, se levantaron dos estructuras anulares con cientos de fragmentos de estalagmitas. La geometría regular, la selección y colocación de las piezas y las trazas de fuego demostraron una intervención humana. La datación por series de uranio de los recrecimientos y de otros materiales situó su construcción hace 176.500 años, con un margen de unos 2.100 años. En ese momento, los neandertales eran los únicos humanos conocidos en la región, de modo que el hallazgo se convirtió en una prueba de su capacidad para organizar el subsuelo. Su función exacta sigue sin resolverse.
Saint-Marcel, en la Ardèche, ofrece otro tipo de comparación. El sistema supera los 60 kilómetros de galerías y conserva concentraciones de espeleotemas rotos a gran distancia de la entrada. Un estudio de arqueogeomorfología publicado en 2024 identificó zonas de aprovisionamiento de fragmentos y áreas donde estos se emplearon para construir estructuras. Las primeras estimaciones sitúan parte de esas intervenciones entre el final del Paleolítico superior y el Mesolítico, a más de 1,5 kilómetros del acceso natural. Allí aparecen soluciones prácticas: escalones para salvar desniveles, alineaciones para cruzar zonas húmedas y modificaciones de pequeñas barreras de calcita.
La comparación tiene un límite. Bruniquel está datada y asociada a neandertales; Saint-Marcel reúne estructuras de cronología más reciente y funciones que parecen, en parte, prácticas. Cova Dones acaba de entrar en esa conversación. El equipo la sitúa como el segundo enclave mundial por número de espeleofactos, solo por detrás de Saint-Marcel, pero aún no sabemos si todos los fragmentos pertenecen a una misma fase ni si respondieron a una sola intención.
Qué podía significar ordenar la oscuridad
Las formas ofrecen algunas posibilidades, no una respuesta. Una escalera o un paso despejado puede facilitar el acceso; una plataforma puede regular el movimiento o crear un lugar de trabajo. Un anillo resulta más difícil de interpretar, aunque llamarlo ritual solo porque es circular sería precipitado. En las cuevas, lo funcional y lo simbólico no tienen por qué estar separados: una estructura que ayuda a caminar también puede marcar una zona que el grupo considera especial.
La iluminación era otro problema. Quienes penetraron en Cova Dones necesitaron una fuente de luz portátil y debieron mantener una orientación segura para regresar. Las paredes con arte prueban que la oscuridad no era un simple obstáculo; formaba parte del espacio visitado. Mover piedra allí exigía tiempo, coordinación y una razón reconocible para el grupo, aunque esa razón se nos escape. La ausencia de una explicación escrita no significa ausencia de intención: obliga a buscarla en la posición, las huellas de uso, los sedimentos y las fechas.
Cuando termine el programa de datación, Cova Dones podrá decir algo más preciso sobre quién rompió las estalagmitas y cuándo lo hizo. Por ahora ya permite una conclusión sobria: las comunidades prehistóricas no se limitaron a refugiarse en cuevas que la naturaleza les entregaba hechas. En algunos lugares seleccionaron, cortaron y ordenaron el relieve subterráneo. La cueva dejó de ser únicamente un espacio encontrado. También fue un espacio construido.