En una loma suave de Illescas, al sur de Toledo, la tierra no guardaba un círculo de piedras ni una cámara cubierta por losas. Guardaba algo más difícil de reconocer: cortes en el suelo, manchas de arcilla, agujeros de poste y acumulaciones de huesos. En 2020, una excavación preventiva abrió 45 hectáreas; el registro arqueológico ocupaba 11.
El resultado fue un conjunto de 454 estructuras: silos, hoyos, huellas de postes, al menos una vivienda y enterramientos. Quince contenían restos humanos. Al fechar los huesos y reconstruir la disposición de las tumbas, los investigadores de la Universidad de Alcalá y de otras instituciones encontraron un cementerio organizado alrededor de una tumba mayor. El estudio publicado en Cambridge Archaeological Journal lo presenta como la necrópolis monumental más antigua conocida hasta ahora en el interior ibérico.
Una llanura agrícola con vida doméstica y funeraria
Valdelasilla se encuentra en la Meseta sur, dentro de la cuenca del Tajo. El yacimiento ocupa una pendiente muy ligera, entre los 575 y los 561 metros de altitud, que desciende hacia el arroyo de la Viñuela, afluente del gran río peninsular. Hoy el paisaje está dominado por el cultivo de secano y ha perdido buena parte de su aspecto antiguo.
La mezcla de estructuras importa. Algunas servían para almacenar, otras formaban parte de una zona de habitación y varias concentraban cerámicas, herramientas líticas y restos de fauna. Ciento veinte hoyos no conservaron ningún objeto. El estudio funerario se centró en once estructuras con restos humanos y datos suficientes. La llamada área alta concentra el cementerio mejor organizado; más al sur, los enterramientos aparecen dispersos y se solapan con espacios domésticos.
La vivienda VLD-66 parece compatible con otras casas neolíticas de la región, pero todavía no se ha fechado directamente. Su relación con las tumbas es plausible, no una certeza: los autores la dejan como hipótesis pendiente. Esa cautela permite distinguir la lectura arqueológica de una reconstrucción imaginaria.
Una arquitectura monumental sin grandes monolitos
El centro del cementerio estaba en el punto más alto. Allí se excavó la tumba VLD-T450, una cámara circular cuyo diámetro original no debió superar los 4,5 metros. A su alrededor se trazó un recinto de foso circular de unos 36 metros de diámetro interior, con una entrada de aproximadamente tres metros hacia el sureste. Entre el foso y la cámara había cuatro agujeros de poste con dientes y falanges de al menos cuatro personas, además de cerámica, cuentas y una concha marina perforada.
Otras cámaras se situaban cerca: VLD-T451 y VLD-T452, a unos 18,5 y 15 metros del recinto; VLD-T520, a unos 14 metros al sur. Las primeras tumbas se abrieron en un intervalo relativamente corto, entre 4336 y 4062 a. C., y formaron un núcleo reconocible. El cementerio tenía una geometría social.
La palabra megalitismo puede inducir a error si se imagina solo una hilera de losas gigantes. En Valdelasilla no hay ortostatos conservados: las cámaras, excavadas parcialmente en el terreno, combinaron madera, piedras pequeñas y arcilla. Los túmulos han desaparecido y algunas tumbas muestran destrucción deliberada al cerrarlas. En T451 y T452 se quemaron postes y arcilla, sin que el fuego alcanzara con intensidad a los huesos.
Su monumentalidad no dependía de la altura, sino de hacer visible un lugar, delimitarlo, volver a él y situar nuevas tumbas en relación con la primera. Una arquitectura perecedera podía durar en la memoria aunque sus materiales se degradaran.
Huesos, pigmento y objetos para acompañar a los muertos
La tumba central conserva una escena compleja. En su nivel inferior, una mujer adulta fue depositada flexionada sobre el lado derecho, rodeada de piedras y con objetos de hueso junto a la cabeza. Cerca aparecieron restos desarticulados de otra mujer adulta, con pigmento rojo, y dientes y pequeños fragmentos óseos de un bebé. Después de sellar ese nivel, la cámara recibió nuevos cuerpos y una acumulación de restos mezclados; el análisis identificó al menos seis individuos más.
En VLD-T451 había dos hombres adultos; uno estaba en posición secundaria y el otro en posición primaria, con agujas de hueso bajo el cráneo. VLD-T296 contenía un hombre y una mujer flexionados, con ocre rojo en huesos y sedimento. Junto a VLD-T67 apareció el enterramiento de un niño, sin ajuar, cerca de VLD-66.
Los objetos no dibujan una escala económica sencilla. Se documentaron 21 piezas de hueso, entre varillas planas, punzones y agujas, además de cuentas y adornos personales. Solo en T450 se recuperaron más de cien conchas marinas del género Antalis. La materia prima parece local o regional en la mayoría de los casos; las conchas señalan contactos con territorios alejados del Tajo. No se encontró metal ni cerámica campaniforme, propia de momentos posteriores. En fases tardías sí aparecen recipientes cerámicos.
La tumba VLD-T272 pertenece a un momento posterior. En su interior se estimó un mínimo de 17 individuos, con diez cráneos colocados alrededor del perímetro. No permite una explicación cerrada, pero muestra que las prácticas y la relación con los antepasados cambiaron con los siglos.
Más de dos milenios de memoria en un mismo lugar
La cronología no descansa en una sola fecha. El equipo obtuvo 21 dataciones radiocarbónicas en dos laboratorios, principalmente de huesos humanos, y las integró en modelos bayesianos calibrados con IntCal20. El resultado divide la actividad funeraria en cinco fases, desde el final del V milenio hasta el III milenio a. C.
La primera fase comenzó entre 4336 y 4062 a. C. Las tumbas T450, T451 y T296 se fundaron en un intervalo breve; algunas siguieron abiertas durante varias generaciones. El cierre de esa fase se sitúa entre 3945 y 3849 a. C. La segunda, iniciada aproximadamente entre 3910 y 3819 a. C., reutilizó la cámara central y se prolongó hasta un intervalo situado entre 3617 y 3466 a. C.
Después llegaron episodios más esporádicos: dos enterramientos en fosas durante el IV milenio, una nueva cámara vinculada al núcleo hacia 3265-2917 a. C. y, ya en el III milenio, otros depósitos repartidos por el lugar. Una generación excavó una cámara; otra volvió a abrirla; otra seleccionó restos para una tumba nueva. Cuando terminó la actividad principal, el área conservó una función conmemorativa.
La Meseta dentro del mapa del megalitismo
Durante años, los modelos europeos concedieron un peso especial a las costas. Las cronologías radiocarbónicas habían situado el origen de ciertas construcciones megalíticas en el noroeste de Francia durante la segunda mitad del V milenio a. C., y su expansión por las fachadas atlántica y mediterránea se explicó, en parte, mediante la navegación. El interior ibérico quedaba en segundo plano por la falta de fechas fiables y de conjuntos bien organizados.
Valdelasilla modifica esa escala. No demuestra que todas las comunidades del interior inventaran el megalitismo sin contacto exterior ni convierte la Meseta en una isla cultural. Sí demuestra que, hacia 4300-4000 a. C., una comunidad de la cuenca del Tajo podía planificar un cementerio y monumentalizarlo con barro, madera y piedra pequeña.
El contraste con los dólmenes de Antequera resulta útil. Menga y Viera conservan cámaras de grandes losas y túmulos que permiten recorrer su arquitectura. Valdelasilla ofrece casi lo contrario: una planta arqueológica, un foso, huellas negativas y huesos. No son el mismo tipo de monumento ni tienen que proceder de una única tradición lineal. Juntos recuerdan que el megalitismo peninsular fue un fenómeno diverso, adaptado a cada paisaje y a los materiales disponibles.
La lección de Illescas no es sustituir un mapa antiguo por otro, sino devolver a la Meseta un lugar descrito demasiado tiempo como receptor tardío de innovaciones costeras. Las fechas colocan allí una comunidad capaz de construir para los muertos, mantener un espacio común y transmitirlo.
De aquel cementerio no queda una silueta sobre el horizonte. Queda la relación entre un foso, unas cámaras, unos cuerpos y decisiones tomadas durante más de dos milenios. Cada generación dejó una alteración en el suelo. En Valdelasilla, la memoria fue volver al mismo lugar y reconocer que los muertos seguían formando parte de la comunidad.