En el registro arqueológico de la Meseta, un fragmento de hueso puede pesar más que una colección de armas. En Castillo Reyes, un asentamiento de la Edad del Bronce situado en Pinto (Madrid), apareció la parte anterior del cráneo de un caballo con un surco que no parece fruto del azar. La pieza fue fechada por radiocarbono entre 1442 y 1285 a. C., con un 95,4 % de probabilidad. El equipo dirigido por José Antonio Riquelme-Cantal propone que es la evidencia osteológica radiodatada más antigua de la Península Ibérica compatible con la monta o el transporte de caballos.
La precisión del lenguaje importa. El hueso no conserva una silla, una cuerda ni la huella de un jinete. Tampoco demuestra que los habitantes de Pinto formaran una tropa a caballo. Lo que ofrece es una lesión de uso prolongado, un conjunto de animales adultos y un registro químico que sugiere movilidad. Juntas, esas señales permiten reconstruir una relación con el caballo más compleja que la de un animal cazado o consumido.
Un hallazgo en el mundo de Cogotas I
Castillo Reyes ocupa unas 11 hectáreas y ha proporcionado 878 fosas. Muchas funcionaron primero como silos y terminaron convertidas en vertederos, una forma de ocupación conocida en la prehistoria reciente del interior peninsular. En el conjunto faunístico se identificaron 721 huesos de caballo, correspondientes como mínimo a 26 individuos. La abundancia no convierte por sí sola al yacimiento en una cuadra: los restos proceden de actividades distintas y deben leerse con su contexto de deposición.
El asentamiento se vincula al horizonte Cogotas I, una denominación arqueológica nacida de la cerámica decorada del yacimiento de Las Cogotas, en Cardeñosa (Ávila). No designa un reino con capital y fronteras escritas, sino un conjunto de prácticas y objetos que se extendió por buena parte de la Meseta y alcanzó áreas del valle del Ebro, el Levante y el sur peninsular. Su fase de plenitud suele situarse, con variaciones regionales, entre 1450 y 1150 a. C.
El registro ofrece pequeños asentamientos, fondos de cabaña, silos, talleres, depósitos de objetos y enterramientos con ajuares escasos. Hay metalurgia y circulación de materias primas, pero no una arquitectura monumental comparable a la de los grandes centros estatales del Mediterráneo oriental. Su aparente invisibilidad no equivale a aislamiento: las personas, los animales y los objetos podían recorrer distancias que no dejan una crónica.
La marca no está donde decía la noticia
El ejemplar decisivo es un macho adulto de entre 17 y 20 años. Se conserva el fragmento rostral del cráneo, en la zona del proceso nasal del hueso incisivo. Allí aparece un surco bien desarrollado en el borde dorsal y la superficie medial, acompañado por otros dos canales más superficiales en la cara lateral. El principal se localiza a 3,92 centímetros de la escotadura nasoincisiva y alcanza 0,26 centímetros de profundidad máxima.
Radiografías, tomografía computarizada y reconstrucciones tridimensionales permitieron medir esas alteraciones. La interpretación propuesta es la remodelación del hueso causada por presión y fricción repetidas en la región nasal, un patrón comparable al observado en algunos caballos modernos sometidos a entrenamiento. La localización no corresponde al lugar donde actuaría un bocado dentro de la boca. Apunta, más bien, a un elemento de la cabezada: una muserola, un cabestro o una brida fabricada con cuero, fibra o cuerda.
La marca no es una firma exclusiva de la monta. Puede indicar control prolongado del animal, pero el control pudo servir para montarlo, conducirlo o emplearlo en el transporte. Los autores hablan por eso de caballos montados y/o utilizados para transportar, no de una prueba aislada de jinete. En estos ejemplares no se ha identificado la huella de un bocado metálico. La ausencia de metal no es un problema: un arreo orgánico desaparece, aunque la presión continuada llegue a quedar escrita en el hueso.
Un animal de larga vida, no necesariamente un caballo de guerra
La edad de los restos aporta otra pieza al argumento. Entre los individuos identificados predominan los adultos: 16 adultos y dos ejemplares seniles, frente a cinco subadultos y tres juveniles. El macho del cráneo llegó a una edad poco habitual para un animal criado exclusivamente para obtener carne. Mantener un caballo durante casi dos décadas exige alimentarlo, protegerlo y reservar trabajo para su cuidado. Eso encaja con años de servicio, aunque no permite decidir qué servicio prestó.
Encontrar huesos de caballo no equivale a encontrar caballos domésticos ni, mucho menos, caballos de silla. Un mismo conjunto puede reunir animales cazados, sacrificados, consumidos, empleados como carga o integrados en prácticas rituales. En Castillo Reyes, las fracturas y las señales de fuego descritas para parte de los restos apuntan a que algunos animales acabaron procesados y consumidos después de su vida útil. Los caballos rondaban los 130-140 centímetros a la cruz: eran pequeños frente a muchas razas actuales, pero una alzada reducida no impide transportar a una persona ligera o llevar carga.
Los dientes registran el territorio
La segunda línea de investigación procede del esmalte dental. Mientras se forma, el diente incorpora señales de la alimentación y del agua ingerida. El carbono permite aproximarse al tipo de plantas consumidas; el oxígeno conserva información relacionada con el agua local y las condiciones ambientales. El equipo tomó muestras secuenciales a escala milimétrica y obtuvo 179 pares de valores de carbono y oxígeno.
Los valores de carbono encajan con una dieta dominada por plantas C3, habituales en los paisajes templados de la Meseta. El oxígeno ofrece un panorama menos uniforme. Algunos perfiles son compatibles con una residencia local sostenida; otros presentan cambios ordenados que no encajan bien con la formación del esmalte bajo una sola señal de agua. Esos animales crecieron en ambientes distintos y terminaron en Castillo Reyes, o fueron desplazados mientras se formaban sus dientes.
Un diente no es un diario de viaje. Los isótopos no dicen por qué se movió un caballo, quién lo condujo ni qué ruta siguió. Tampoco prueban que recorriera toda la distancia con un jinete: pudo ser trasladado, intercambiado o llevado con un grupo en movimiento. Lo que sí hacen es abrir una ventana a la circulación de animales entre paisajes climáticamente diferentes.
Monta, transporte y domesticación no son la misma historia
La investigación genética ha mostrado que la expansión de los caballos domésticos modernos fue un proceso distinto de la simple presencia de équidos. El linaje que hoy domina entre los caballos domésticos se vinculó en la Edad del Bronce a poblaciones de las estepas occidentales de Eurasia, en torno a la región del Don y el Volga, antes de extenderse por el continente. Domesticar, criar, controlar, montar y usar para la tracción son decisiones diferentes, tomadas en momentos y lugares que no tienen por qué coincidir.
En Iberia había restos de caballo y propuestas anteriores sobre su manejo antes de Castillo Reyes. El problema ha sido separar la caza del pastoreo, el consumo de la carga y la presencia de un animal de la evidencia de control humano. La revisión arqueozoológica publicada por el CSIC ya subrayaba que las muestras peninsulares son escasas y que la función de los équidos resulta difícil de establecer. El avance de Pinto no consiste en inaugurar la historia del caballo en Iberia, sino en combinar una datación directa con una alteración anatómica y análisis isotópicos.
Ese matiz evita imaginar que una tecnología llegó completa desde Oriente y transformó de golpe a las comunidades de la Meseta. Los datos de Castillo Reyes no identifican un pueblo extranjero ni una ruta comercial concreta. Un caballo no local puede ser un animal intercambiado, un ejemplar trasladado con sus cuidadores o el resultado de desplazamientos estacionales. La circulación existía; su organización todavía se nos escapa.
La novedad de Castillo Reyes no convierte a Cogotas I en una cultura ecuestre en el sentido actual. Cambia una pregunta. En lugar de preguntar solo cuándo apareció el caballo doméstico, hay que averiguar qué animales fueron seleccionados para durar, quién podía mantenerlos y qué problemas resolvía su control en un territorio de asentamientos dispersos.
Un caballo que vivió hasta los 17 o 20 años y un esmalte que conserva señales de paisajes diferentes hablan de inversión y movimiento. El surco nasal añade una posibilidad concreta de manejo prolongado. Ninguna de esas pruebas, por separado, dibuja a un jinete. Juntas hacen difícil sostener que todos los caballos de la Meseta fueran únicamente carne o residuos de caza.
La conclusión más prudente es también la más fértil: entre mediados del siglo XV y finales del XIII a. C., algunas comunidades de la Meseta ya podían criar o adquirir caballos, mantenerlos durante años, controlarlos con arreos que no dejaron rastro y moverlos entre regiones. El caballo no aparece aquí como una máquina de guerra llegada de lejos, sino como un animal cuya utilidad se aprendió a negociar día tras día. En ese aprendizaje, un hueso remodelado conserva la huella mínima de una transformación enorme: la distancia dejó de medirse solo con las piernas humanas.