La noche del 24 de agosto del año 410, un grupo de esclavos y soldados descontentos abrió desde dentro una de las puertas de Roma, la Puerta Salaria. Al otro lado esperaba un ejército de varias decenas de miles de guerreros godos al mando de un rey llamado Alarico. Llevaban casi dos años rondando la ciudad: negociando, amenazando, retirándose y volviendo. Esa noche entraron por fin. Durante tres días saquearon casas, templos y palacios de una ciudad que durante ocho siglos nadie había conseguido tomar por la fuerza.
El episodio se conoce como el saqueo de Roma del 410 y, aunque duró poco más que un fin de semana largo, sacudió la manera en que los propios romanos entendían su lugar en el mundo. No fue el golpe que acabó con el Imperio —Roma siguió siendo un centro de poder y el Imperio de Occidente aguantaría todavía seis décadas más—, pero fue el momento en que la idea de que la ciudad eterna era intocable se rompió para siempre.
Un imperio que ya no controlaba sus fronteras
Para entender por qué un rey godo terminó paseándose por el Foro romano hay que retroceder más de tres décadas, hasta 376, cuando decenas de miles de godos —los tervingios, y poco después los greutungos— cruzaron el Danubio huyendo de la presión de los hunos y pidieron asilo en territorio romano. El emperador Valente los dejó entrar, pero la gestión fue un desastre: funcionarios corruptos les vendieron comida a precios de hambruna y, según los relatos de la época, hasta carne de perro a cambio de niños entregados como esclavos. La consecuencia fue una rebelión que en 378 aplastó al ejército romano en la batalla de Adrianópolis, donde murió el propio Valente.
En 382 se firmó un tratado que permitía a los godos asentarse dentro de las fronteras del Imperio a cambio de aportar tropas, un pacto que muchos de ellos vivieron como una humillación disfrazada de acuerdo. Entre los guerreros que crecieron bajo ese arreglo estaba Alarico, que combatió junto a las legiones romanas en 394 en la batalla del río Frígido, bajo el mando del emperador Teodosio, en una campaña que costó la vida a buena parte de sus hombres, usados —se quejaría después— como carne de cañón en las primeras filas.
De aliado incómodo a enemigo del Estado
Cuando Teodosio murió en 395 y el Imperio se dividió entre sus dos hijos, Arcadio en Oriente y Honorio en Occidente, Alarico se rebeló. Durante los años siguientes recorrió los Balcanes y después Italia exigiendo lo que consideraba una compensación justa: tierras donde asentar a su pueblo, un sueldo regular para sus tropas y un cargo militar romano reconocido, el de magister militum, que le habría dado autoridad legal en vez de la etiqueta de bárbaro invasor. Roma se lo negó una y otra vez.
Tres asedios y la caída de Estilicón
El hombre que durante años mantuvo abierta la puerta a un acuerdo fue Estilicón, el general de origen vándalo que actuaba como regente del joven e inexperto Honorio. Estilicón entendía que un pacto con Alarico salía más barato y era más realista que una guerra sin fin, y llegó a negociar con él en varias ocasiones. Pero en la corte de Rávena —adonde Honorio había trasladado la capital en 402, protegido por sus pantanos y sus murallas— ganó peso el bando contrario a cualquier concesión a los godos. En 408, acusado de traición sin pruebas sólidas, Estilicón fue ejecutado por orden del mismo emperador al que había servido durante años.
Lo que vino después fue mala política y, sobre todo, un desastre militar: por toda Italia estallaron matanzas contra las familias de los soldados godos que servían en el ejército romano como federados. Miles de esos soldados, con sus mujeres e hijos asesinados o reducidos a esclavitud, no vieron otra salida que unirse a las filas de Alarico. El rey godo, que hasta entonces había buscado sobre todo un trato, se plantó frente a Roma con un ejército reforzado y con muy poco que perder.
Entre 408 y 410 la ciudad sufrió tres asedios seguidos. En el primero, el Senado, aterrorizado por el hambre que ya se sentía en las calles, pagó un rescate descomunal: toneladas de oro y de plata, seda, cuero teñido de púrpura y tres mil libras de pimienta, una especia entonces casi tan valiosa como el metal precioso. Alarico se retiró, pero Honorio no cumplió su parte. En el segundo asedio, en 409, el rey godo llegó a nombrar a su propio emperador títere, el senador Prisco Atalo, para presionar a Rávena, y meses después lo destituyó él mismo al comprobar que no le servía de nada. Cuando un último intento de acuerdo se rompió tras un ataque lanzado por el general godo Sarus contra las tropas de Alarico —que este atribuyó a la connivencia de Honorio—, decidió que ya no había nada que negociar.
La noche en que cayó la Puerta Salaria
Así llegamos a agosto de 410. La versión más extendida entre los cronistas antiguos es que fueron esclavos de la ciudad, hartos del hambre y las privaciones del asedio, quienes abrieron la Puerta Salaria de madrugada. Los godos entraron sin apenas resistencia y durante tres días recorrieron la ciudad.
Lo que ocurrió después contradice buena parte de la imagen que la palabra «saqueo» evoca hoy. Alarico, que profesaba el cristianismo arriano, dio orden expresa de respetar las basílicas de San Pedro y San Pablo, convertidas en lugares de asilo donde miles de romanos se refugiaron sin sufrir daño. Los cronistas de la época, incluidos algunos paganos poco favorables a los godos, reconocieron que no hubo una matanza sistemática: los muertos se contaron por cientos, no por decenas de miles, y buena parte de la violencia se dirigió contra los objetos, no contra las personas. Se robó plata, oro, telas y muebles; se incendiaron algunas mansiones del Aventino y los jardines de Salustio, y se llevaron del palacio de Letrán un cáliz de plata de 918 kilos. A muchos romanos los redujeron a esclavitud para cargar con el botín camino del sur.
Una noticia que tardó en llegar a Rávena
Cuenta el historiador bizantino Procopio, ya un siglo después y con no poca ironía, que cuando le llevaron a Honorio la noticia de que «Roma había perecido», el emperador se llevó un susto tremendo porque tenía una gallina a la que había puesto ese mismo nombre. Solo se tranquilizó cuando le aclararon que la Roma perdida no tenía plumas, sino que era la ciudad. Es probable que la anécdota sea una exageración retórica de Procopio para retratar la desidia de Honorio, pero refleja bien cómo lo vio la posteridad: un emperador refugiado y ajeno mientras la capital simbólica de su Imperio ardía a varios cientos de kilómetros de distancia.
Entre los cautivos que los godos se llevaron al abandonar la ciudad estaba Gala Placidia, hermanastra de Honorio, entonces con poco más de veinte años. Su historia posterior merece un capítulo aparte: se casó con Ataúlfo, cuñado de Alarico y su sucesor al frente de los godos, en una boda celebrada en 414 con ceremonial romano en el sur de la actual Francia. Viuda poco después, regresó a la corte de su hermano, fue obligada a un segundo matrimonio con el general Constancio y terminó gobernando como regente del Imperio de Occidente en nombre de su hijo Valentiniano III, una de las mujeres con más poder real de toda la Antigüedad tardía.
El terremoto que sacudió las conciencias
Si el daño material del saqueo fue, en términos históricos, moderado —Roma siguió siendo una ciudad habitada, con Senado y administración propia durante generaciones—, el golpe psicológico fue de otra magnitud. Desde que los galos de Breno la tomaran en torno al año 387 antes de Cristo, ningún ejército extranjero había vuelto a poner un pie dentro de sus murallas. Ocho siglos de continuidad se rompieron en tres días.
San Jerónimo, que vivía entonces en Belén y llevaba años trabajando en su traducción de la Biblia, recibió la noticia con una conmoción que dejó por escrito: «se me atraganta la voz, y los sollozos interrumpen las palabras mientras dicto: ha sido tomada la ciudad que había tomado el mundo entero». En otro texto, escrito para comentar el libro de Ezequiel, fue más lejos: «cuando se apagó la luz más brillante del mundo, cuando fue cercenada la cabeza misma del Imperio romano, el mundo entero pereció en una sola ciudad».
La conmoción no fue solo literaria. Entre los paganos que aún quedaban en el Imperio corrió la idea de que Roma había caído por haber abandonado a sus antiguos dioses en favor del cristianismo, una acusación que llegó hasta el norte de África, donde la escuchó un obispo llamado Agustín de Hipona. Su respuesta fue un libro que tardaría más de una década en terminar, La ciudad de Dios, en el que sostuvo que ninguna ciudad terrenal, ni siquiera Roma, podía confundirse con la ciudad eterna que de verdad importaba. El argumento sobreviviría mucho más tiempo que el propio Imperio: durante toda la Edad Media siguió siendo una de las referencias centrales del pensamiento político y religioso europeo.
Lo que hace del 410 un año que merece recordarse no es tanto lo que los godos destruyeron —relativamente poco, comparado con otros asedios de la Antigüedad— como lo que dejó al descubierto: que Roma llevaba tiempo siendo vulnerable y que solo faltaba alguien dispuesto a comprobarlo. La ejecución de Estilicón, el general que quizá habría evitado el desenlace, y la obstinación de una corte instalada cómodamente en Rávena mientras la capital simbólica se desangraba, cuentan tanto sobre la caída de Roma como cualquier batalla. El Imperio de Occidente tardaría todavía sesenta y seis años en desaparecer formalmente, en 476, pero el mito de la ciudad invencible murió mucho antes, en aquellas tres noches de agosto.
Alarico no disfrutó demasiado de su victoria. Murió pocos meses después, probablemente de fiebres, cerca de Cosenza, en el sur de Italia, mientras preparaba una expedición hacia el norte de África. La leyenda —difícil de confirmar con fuentes fiables, pero repetida desde la Antigüedad tardía— cuenta que sus hombres desviaron el curso del río Busento, enterraron a su rey junto con parte del botín de Roma en el lecho seco y después devolvieron el agua a su cauce, matando a los esclavos que habían cavado la tumba para que el lugar nunca se supiera. Cierta o no, sus sucesores llevaron a los visigodos primero a instalarse en el sur de la Galia y, generaciones después, a cruzar los Pirineos para fundar en Toledo el reino que gobernaría buena parte de la península ibérica hasta la invasión musulmana de 711. El pueblo que humilló a Roma en el año 410 terminaría escribiendo, sin saberlo, una de las primeras páginas de la historia de España.