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Siglo XIX

La Demajagua y el inicio de la Guerra de los Diez Años en Cuba

El levantamiento del 10 de octubre de 1868 abrió el ciclo de guerras que acabaría con el dominio español en la isla.

Carmen Puerta 20 de October de 2026 7 lecturas 9 min de lectura
Monumento y restos del ingenio La Demajagua, lugar donde comenzó la Guerra de los Diez Años el 10 de octubre de 1868.
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En la mañana del 10 de octubre de 1868, la campana de un ingenio azucarero llamó a reunirse a quienes vivían y trabajaban en La Demajagua, cerca de Manzanillo. No convocaba a una ceremonia religiosa ni a un cambio de turno. Carlos Manuel de Céspedes, propietario de la finca y abogado de una familia acomodada, acababa de decidir que la conspiración contra el dominio español no podía esperar más. Ante los reunidos, proclamó la independencia de Cuba, dio la libertad a las personas esclavizadas de su ingenio y las invitó a sumarse a la insurrección.

Aquel acto pasó a la memoria cubana como el Grito de Yara, aunque el levantamiento comenzó en La Demajagua y el primer combate se libró al día siguiente en Yara. La diferencia geográfica no es un detalle menor: muestra cómo la leyenda condensó en una sola escena un proceso que venía de años atrás. El 10 de octubre no creó de la nada una nación. Puso en movimiento una guerra, una república insurgente y una discusión que ya no tendría vuelta atrás sobre quién podía formar parte de la comunidad política cubana.

Una colonia rica y políticamente cerrada

Cuba era entonces una de las posesiones más rentables de la monarquía española. El azúcar había transformado el paisaje, las rutas comerciales y las fortunas de la isla. Esa riqueza descansaba en buena medida sobre el trabajo esclavizado de africanos y sus descendientes, mientras el comercio quedaba sometido a las reglas de la metrópoli. Los cubanos nacidos en la isla tenían un margen estrecho para intervenir en el gobierno y encontraban obstáculos para decidir sobre los impuestos, las aduanas o el destino de los beneficios del azúcar.

La prosperidad tampoco se repartía de forma uniforme. El occidente, con La Habana y las grandes plantaciones, concentraba capital, infraestructuras y vínculos con la administración colonial. En el oriente predominaban explotaciones más pequeñas y una élite criolla con menos recursos, pero también con menos que perder si el orden de las plantaciones se alteraba. Allí se mezclaron las demandas de reforma, el rechazo a los impuestos y la aspiración a separarse de España.

Entre 1866 y 1867, una Junta de Información reunió en Madrid a representantes y reformistas de Cuba y Puerto Rico. Sus propuestas incluían cambios fiscales, mayor libertad comercial y una salida gradual de la esclavitud. El resultado dejó insatisfechos a casi todos. El gobierno español no aceptó un programa capaz de modificar la relación colonial y la presión tributaria aumentó. La vía reformista perdió crédito justo cuando España entraba en una crisis política propia.

En septiembre de 1868, la revolución conocida como La Gloriosa expulsó del trono a Isabel II. La noticia llegó a una isla vigilada por autoridades que no sabían aún qué forma tendría el nuevo poder en la península. Para los conspiradores de Manzanillo, el desorden metropolitano abría una oportunidad. La fecha prevista para el alzamiento se adelantó cuando aumentó el riesgo de detenciones. Céspedes y sus compañeros optaron por empezar con los medios disponibles, aunque fueran escasos.

El 10 de octubre: independencia y libertad

La escena de La Demajagua reunía una contradicción que acompañaría a toda la guerra. Céspedes pertenecía a la clase propietaria que había vivido de una sociedad esclavista. Al liberar a quienes estaban bajo su dominio y convocarlos a combatir, convirtió la libertad en un acto político inmediato. El Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba, firmado ese mismo día en Manzanillo, reclamaba la independencia y presentaba un programa de libertades. La abolición aparecía formulada de manera gradual y con indemnización para los propietarios: el lenguaje de la revolución aún llevaba las cautelas de la plantación.

La proclamación no fue una simple declaración simbólica. Los insurgentes necesitaban hombres, armas, alimentos y autoridad. En los días siguientes tomaron Bayamo, una ciudad del oriente que se convirtió en centro de la rebelión. La extensión del alzamiento hizo visible que el conflicto no era una disputa privada de hacendados. Campesinos libres, trabajadores, esclavos fugitivos y hombres de ascendencia africana se incorporaron a una guerra en la que la promesa de independencia estaba ligada a la posibilidad de cambiar su posición social.

La relación entre emancipación y guerra produjo tensiones desde el comienzo. Una parte de los dirigentes temía que una abolición inmediata destruyera el apoyo de los propietarios y provocara una reacción parecida a la revolución de Haití, que todavía pesaba en la imaginación de las élites caribeñas. Muchos combatientes negros y varios jefes militares entendían que no tenía sentido luchar por una patria libre mientras la esclavitud siguiera en pie. Esa disputa no fue secundaria: afectó al reclutamiento, al mando y a la capacidad de llevar la guerra hacia las zonas azucareras del oeste.

Una república en armas

El reto consistía en transformar una rebelión regional en un gobierno capaz de hablar en nombre de toda la isla. El 10 de abril de 1869, delegados de los territorios sublevados se reunieron en Guáimaro. Allí aprobaron una constitución, organizaron la República de Cuba en Armas y eligieron a Céspedes como presidente. La asamblea trató de establecer una autoridad civil por encima de los jefes militares, una cuestión difícil en un país donde las decisiones dependían de la marcha de las columnas y de la llegada de municiones.

Guáimaro tuvo un alcance que excedía el campo de batalla. Los rebeldes no pedían simplemente que cambiara el gobernador de la isla: intentaban fundar instituciones propias mientras combatían a un imperio. Su república carecía de ciudades seguras, hacienda estable y reconocimiento internacional, pero produjo constituciones, decretos y una idea de ciudadanía que se iría ensanchando con la guerra.

España conservaba ventajas enormes. Controlaba La Habana, los principales puertos y la parte occidental de Cuba; podía enviar tropas desde la península y aprovechar una administración que seguía funcionando. Los mambises —el nombre con el que acabarían conociéndose los insurgentes— dominaron áreas rurales del oriente y utilizaron la movilidad, el conocimiento del terreno y el machete como arma de combate. La guerra avanzó por emboscadas, marchas y asaltos a poblaciones, no por una sucesión de batallas capaces de decidirla en un solo día.

La división territorial se cruzó con la división social. Los grandes propietarios occidentales, más expuestos a una insurrección de esclavos y más vinculados al comercio colonial, no siguieron a Céspedes con la misma intensidad. Las autoridades españolas aprovecharon esas cautelas para aislar el foco oriental. Los rebeldes podían ganar terreno durante semanas y perderlo después por falta de pólvora, alimentos o coordinación entre las regiones.

La guerra que terminó en Zanjón

El conflicto se prolongó durante una década y desgastó a los dos bandos. La guerra afectó a los ingenios, destruyó cosechas y desplazó a comunidades enteras. En el exterior, la causa cubana despertaba simpatías, sobre todo en Estados Unidos, pero el gobierno de Ulysses S. Grant no reconoció a los insurgentes como beligerantes ni quiso entrar en una guerra con España. El episodio del Virginius en 1873, cuando las autoridades españolas apresaron un buque que navegaba con bandera estadounidense y ejecutaron a más de cincuenta personas, llevó la tensión diplomática al límite sin producir una intervención norteamericana.

Con el paso de los años, el ejército español combinó la presión militar con una política de reformas. El general Arsenio Martínez Campos entendió que la victoria completa exigiría un precio demasiado alto y abrió negociaciones con los dirigentes rebeldes. El 11 de febrero de 1878 se firmó el Pacto del Zanjón. Ofrecía cambios políticos, representación y libertad a los esclavizados que hubieran combatido con los insurgentes, pero no concedía la independencia. Tampoco resolvía la cuestión de la esclavitud para el conjunto de la isla.

Antonio Maceo rechazó el acuerdo en la Protesta de Baraguá, el 15 de marzo. Su posición resumía la frustración de quienes habían peleado durante años y no aceptaban una paz que dejaba intacta la soberanía española. La resistencia continuó unos meses más, hasta que la falta de recursos obligó a deponer las armas. La derrota no borró las demandas que habían puesto en marcha la guerra. La esclavitud fue suprimida en Cuba en 1886, después de un proceso gradual que conservó durante años formas de tutela sobre los trabajadores emancipados.

Antonio Maceo Grajales, revolucionario y general cubano
Antonio Maceo Grajales, revolucionario y general cubano

La independencia tampoco llegó con el 10 de octubre ni con la Paz de Zanjón. Llegaría después de otra guerra, iniciada en 1895 y dirigida políticamente por José Martí, y de la intervención de Estados Unidos en 1898. La república proclamada en 1902 nació bajo la tutela norteamericana, una salida muy distinta de la que habían imaginado los reunidos en La Demajagua.

Por eso la campana de aquel ingenio no representa una victoria sencilla. Representa el momento en que la protesta criolla, la lucha contra la esclavitud y el rechazo del dominio colonial quedaron unidas en un mismo conflicto. La guerra perdió en 1878, pero dejó una generación de soldados, instituciones y argumentos. Cuando Cuba volvió a levantarse, la memoria de aquel primer día ya ofrecía un punto de partida: la independencia no era una promesa abstracta, sino una guerra que había comenzado diez años antes en un molino de azúcar del oriente.

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