El 13 de octubre de 1943, el mariscal Pietro Badoglio anunció que el Reino de Italia entraba en guerra contra Alemania. Hacía poco más de un mes que Roma había firmado un armisticio con los Aliados; en ese intervalo, el ejército italiano se había deshecho, el rey había abandonado la capital y las tropas alemanas habían ocupado buena parte de la península. La declaración llegaba tarde para evitar el desastre, pero todavía podía cambiar la posición internacional del Gobierno que sobrevivía en el sur.
La fórmula elegida también decía mucho. Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Soviética aceptaron la cooperación italiana como co-beligerancia, no como una alianza entre iguales. Italia seguía sometida a las condiciones del armisticio y una comisión aliada vigilaba sus decisiones. Para entender por qué una declaración de guerra podía ser, al mismo tiempo, un gesto de soberanía y el reconocimiento de una derrota, hay que volver al verano en que se hundió el régimen fascista.
Un país que ya no podía seguir la guerra
En 1943, la guerra había dejado al descubierto la distancia entre la propaganda de Mussolini y los recursos reales del Estado. La derrota del Eje en Túnez, en mayo, y el desembarco aliado en Sicilia, el 10 de julio, acercaron el frente a las ciudades italianas. Los bombardeos, la escasez y las noticias del desastre militar erosionaron la obediencia que el fascismo había dado por segura.
El 25 de julio, el Gran Consejo del Fascismo retiró su apoyo a Mussolini. Víctor Manuel III aprovechó aquella votación para destituirlo y ordenar su arresto. Nombró al mariscal Pietro Badoglio, antiguo jefe del Estado Mayor, al frente de un Gobierno que decía mantener la guerra junto a Alemania mientras buscaba una salida. Esa contradicción no fue un simple recurso diplomático: expresaba el miedo a una represalia alemana y la incapacidad de la monarquía para controlar la situación militar.
Durante agosto, representantes de Badoglio negociaron en secreto con los Aliados. El armisticio se firmó en Cassibile, Sicilia, el 3 de septiembre, el mismo día en que tropas británicas desembarcaban en Calabria. El acuerdo se mantuvo oculto hasta que los mandos aliados consideraron que podían anunciarlo. Cada hora de silencio servía para preparar el siguiente movimiento, pero también dejaba a las unidades italianas sin una instrucción clara sobre qué hacer cuando los alemanes reaccionaran.
El armisticio que desarmó al Estado
La noche del 8 de septiembre, el general Dwight Eisenhower hizo público el armisticio. Poco después, Badoglio confirmó por radio que Italia había dejado de combatir contra los Aliados. El anuncio no iba acompañado de un plan operativo capaz de proteger los cuarteles, los puertos y las comunicaciones. La orden principal —resistir cualquier agresión— no resolvía la pregunta que cada comandante tenía delante: ¿los alemanes eran todavía aliados, o ya eran el enemigo?
Hitler llevaba semanas desconfiando del nuevo Gobierno italiano. La Wehrmacht puso en marcha la Operación Achse, desarmó guarniciones y ocupó las zonas que aún no controlaban los Aliados. Soldados italianos quedaron aislados en Francia, los Balcanes, Grecia y las islas del Egeo; otros fueron capturados y enviados a campos de internamiento. En la propia península, muchas unidades entregaron las armas, algunas combatieron y otras intentaron regresar a sus casas sin recibir órdenes coherentes.
La Corona y el Gobierno salieron de Roma rumbo al sur. La fuga evitó que el rey y Badoglio cayeran en manos alemanas, pero dejó a la capital sin una dirección política visible y al ejército sin un mando reconocible. El 9 de septiembre, los Aliados desembarcaron en Salerno, mientras las fuerzas alemanas defendían el camino hacia Nápoles y Roma. El armisticio había sacado a Italia del Eje en el papel; sobre el terreno, había convertido el país en un territorio disputado.
Dos Italias, y una guerra dentro de la guerra
El 12 de septiembre, un comando alemán liberó a Mussolini de su prisión en el Gran Sasso. Días más tarde, el dictador volvió a ponerse al frente de un Estado fascista instalado en el norte ocupado: la República Social Italiana, conocida como República de Salò. Su territorio dependía de la fuerza alemana y su aparato armado reclutó italianos para combatir contra los Aliados y contra la resistencia.
En el sur quedó el Reino de Italia, instalado bajo protección aliada y con una autoridad mucho menor de la que sugería su nombre. La península ya no tenía un solo centro de poder. Al norte, la administración fascista de Salò funcionaba bajo la ocupación alemana; al sur, la monarquía intentaba recuperar legitimidad colaborando con quienes habían invadido el país. Entre ambos espacios se extendía el frente militar, pero también una frontera política que dividió familias, comunidades y unidades del antiguo ejército.
En Roma, seis partidos antifascistas formaron el Comité de Liberación Nacional el 9 de septiembre. Su existencia recordaba que el conflicto no se reducía a la rivalidad entre dos Gobiernos. Partisanos, soldados del ejército real y tropas aliadas acabarían combatiendo en el mismo lado, mientras las fuerzas de Salò y sus aliados alemanes perseguían a la resistencia. La guerra italiana fue, a la vez, una campaña internacional y una guerra civil nacida de la ruptura del Estado.
La ocupación tuvo consecuencias inmediatas para la población judía. En la mitad norte vivían unos 43.000 judíos antes de la guerra; tras el armisticio, los alemanes crearon con rapidez una estructura de policía y SS y comenzaron las redadas de octubre y noviembre en Roma, Milán, Génova, Florencia y Trieste. El derrumbe de la alianza no trajo una pausa: modificó quién ejercía la violencia y amplió el alcance de la persecución nazi.
El 13 de octubre: una declaración con límites
La declaración formal llegó después de nuevas negociaciones. El armisticio largo firmado en Malta el 29 de septiembre dejaba al Gobierno italiano bajo control aliado y reservaba a los vencedores la decisión sobre la administración del país. Badoglio y Víctor Manuel III necesitaban mostrar que Italia combatía ahora contra Alemania; los Aliados querían convertir esa voluntad en una ayuda militar y política que no alterase las condiciones de la rendición.
El 13 de octubre, Badoglio anunció la declaración por encargo del rey. El mismo día, Roosevelt, Churchill y Stalin reconocieron la cooperación activa de Italia como co-beligerante. La palabra tenía un alcance preciso. Permitía aceptar a las fuerzas italianas en la lucha contra Alemania, pero no borraba el hecho de que el Reino había capitulado ni lo convertía en miembro pleno de la coalición aliada. El Gobierno del sur debía obedecer las cláusulas del armisticio, someterse a supervisión y demostrar con hechos que su ruptura con Berlín no era una maniobra pasajera.
La nueva posición también ofrecía una salida al problema de la legitimidad. Los Aliados prometieron que, una vez expulsados los alemanes, el pueblo italiano decidiría por medios constitucionales su forma de Gobierno. La promesa era todavía lejana y estaba condicionada por la guerra, pero introducía una diferencia respecto al régimen que había llevado al país al conflicto: la autoridad ya no podía presentarse como una orden irrevocable del Duce.
En el campo de batalla, la transformación fue gradual. La Marina italiana quedó a disposición de los Aliados y se reconstruyeron unidades terrestres bajo su mando. Su peso no podía compararse con el de los ejércitos estadounidense o británico, pero su presencia ayudó a custodiar puertos, carreteras y posiciones, y dio un marco legal a los italianos que combatían contra los alemanes. La campaña de Italia, iniciada en septiembre de 1943, siguió hasta la rendición alemana del 2 de mayo de 1945. El avance hacia el norte se estrelló contra defensas sucesivas y dejó una larga estela de muertos, desplazados y ciudades dañadas.
Una salida de la dictadura que no trajo paz
La fecha del 13 de octubre no representa una liberación completa ni un cambio de bando ordenado desde un centro de poder intacto. Fue la formalización de una ruptura que ya había partido al país. El Reino del sur obtuvo una posición diplomática menos humillante y pudo colaborar en la guerra; los alemanes conservaron el norte, rescataron a Mussolini y utilizaron a la República de Salò para prolongar el combate. Entre ambos quedó una sociedad obligada a elegir, esconderse o sobrevivir.
Por eso la declaración de guerra contra Alemania merece algo más que una mención en el calendario. Resume el hundimiento de una dictadura, la fragilidad de un Estado derrotado y la manera en que una potencia vencedora puede devolver una parte de la soberanía sin dejar de imponer sus condiciones. Italia no pasó de un bloque militar a otro como quien cambia una bandera. Atravesó una guerra dentro de la guerra, y de esa fractura salió la política que definiría su posguerra.