En Calasparra, el río Segura pasa junto a una pared de roca y deja a su lado una escena difícil de clasificar. La fachada tiene arcos y mampostería, pero el templo no termina en una bóveda construida: sobre el altar continúa el techo irregular de la cueva. El lugar parece una iglesia y, al mismo tiempo, una cavidad natural que nunca dejó de serlo.
Ese encuentro entre obra humana y paisaje explica la singularidad del Santuario de Nuestra Señora de la Esperanza. La tradición cuenta que un pastor encontró allí una pequeña imagen de la Virgen y que esta se volvió imposible de trasladar. Los documentos ofrecen una historia menos redonda, pero más reveladora: antes de ser santuario, la gruta era un refugio compartido; después fue una ermita bajo el señorío de la Orden de San Juan; con el tiempo adquirió la forma monumental que hoy conocemos.
El río, la roca y la antigua Fuensanta
El santuario se encuentra a unos seis kilómetros de Calasparra, dentro de la Reserva Natural de Sotos y Bosques de Ribera de Cañaverosa. La reserva fue declarada por la Región de Murcia en 1992 y protege uno de los tramos de bosque de ribera mejor conservados del territorio murciano. El santuario no está aislado de ese entorno: la peregrinación y el cultivo tradicional del arroz forman parte de la relación entre la población y el Segura.
La geología añade otra capa a la historia. El Instituto Geológico y Minero de España describe el emplazamiento como una formación de conglomerados poligénicos pliocuaternarios: cantos redondeados de arenisca, caliza y dolomía, unidos en una terraza fluvial y atravesados por antiguos paleocanales. El agua no talló aquí una catedral subterránea de caliza pura, como a veces sugiere la imagen popular, sino una cavidad en un relieve modelado por el río y por las filtraciones. Desde el mirador se reconoce el gran sinclinal de Calasparra y el sistema de aguas subterráneas de la zona.
La presencia de un venero dentro de la cueva dio nombre al primer recinto: la Ermita de la Fuensanta, la fuente santa. Las ordenanzas del Concejo de Calasparra de 1583 permitían que las cuevas de la Fuensanta siguieran siendo de uso común durante los temporales de nieve y frío, para que los vecinos pudieran resguardarse con sus ganados. El texto no prueba por sí solo un culto mariano, pero muestra que el lugar estaba integrado en la vida cotidiana antes de convertirse en destino de peregrinos.
La leyenda del pastor y la fecha que sí está documentada
Calasparra pertenecía desde 1289 a la Orden de San Juan de Jerusalén. La donación de Sancho IV convirtió el territorio en una encomienda gobernada por un comendador, con atribuciones civiles y religiosas. Ese marco explica por qué una ermita levantada en un paraje apartado no quedaba al margen de las instituciones: los visitadores inspeccionaban sus edificios, sus bienes y el modo en que se celebraba el culto.
El primer testimonio firme sobre la ermita se encuentra en el libro de visita de 1609. El 21 de abril, los visitadores dejaron constancia de que habían visto la Ermita de Nuestra Señora de la Fuensanta, fundada por el licenciado Frey Alonso Benítez de Munera, prior y vicario de la villa. La anotación la describe con decencia, devoción y buen estado de reparación. Es el momento en que el santuario entra con claridad en la documentación conservada.
La leyenda de la imagen hallada por un pastor pertenece a otro registro. Según la versión más conocida, el hombre se refugió con el ganado, descubrió una pequeña talla en un repliegue de la piedra y los vecinos intentaron llevarla a la iglesia de la villa. A poca distancia, la imagen se hizo tan pesada que nadie pudo moverla. El episodio fue leído como una elección: la Virgen quería permanecer junto al agua y dentro de la roca.
No se conserva un documento que feche ese hallazgo ni que permita identificar el origen de La Pequeñica. Una fuente de 1730 recogía otra variante, en la que la Virgen se aparecía a un penitente que hacía vida eremítica en la cueva, y advertía que las tradiciones sobre el suceso eran muy distintas. La prudencia no resta valor a la leyenda. Explica su función: convertir un refugio natural, ya conocido por los habitantes, en un lugar que debía conservar su altar precisamente allí.
Juana Sánchez y las dos imágenes de la Esperanza
La historia documental de la imagen que hoy ocupa el lugar principal comienza con una mujer de Calasparra. En su testamento, otorgado el 19 de julio de 1617, Juana Sánchez, viuda del administrador del salero, dejó a la Ermita de la Fuensanta una imagen de madera de Nuestra Señora, con el rostro y las manos también de madera, vestida con su ajuar. Dispuso que sirviera en el altar mayor bajo la advocación de Nuestra Señora de la O o de la Esperanza y que no se sacara de allí.
El legado ayuda a entender un cambio de nombre. La ermita seguía llamándose Fuensanta por el manantial, mientras la imagen recibía títulos relacionados con la espera del parto de María: la O, Buena Esperanza o Expectación. Con los años se impuso la forma breve de Virgen de la Esperanza. Juana Sánchez fijó por escrito el destino de una talla, su lugar en el altar y su permanencia en la cueva.
La Pequeñica entró en la documentación de manera más esquiva. Un inventario de 1771 menciona por primera vez dos imágenes: la Virgen de la Esperanza, vestida y colocada en el camarín sobre un trono, y otra imagen llamada «la aparecida», guardada en un nicho con cristal, puerta y llave. En 1786, un acuerdo municipal para pedir lluvia habla ya de llevar en procesión «sus sagradas imágenes». Esa es la base histórica de la pareja que hoy se venera junta.
Las atribuciones estilísticas pueden orientar, pero no sustituyen a un contrato, un inventario antiguo o una inscripción. Lo que sí está probado es la convivencia de ambas en el santuario desde el siglo XVIII. La imagen mayor preside; la menor ocupa el espacio de la aparecida. Su proximidad convirtió una advocación mariana en una composición visual con su propia memoria: una imagen titular y otra vinculada al origen legendario del lugar.
Rogativas para la lluvia, la cosecha y la salud
La devoción se hizo visible en momentos en que la comunidad tenía pocas herramientas para enfrentarse a la incertidumbre. La primera traída de la Virgen para pedir lluvia que aparece documentada corresponde a 1704, cuando el concejo solicitó autorización para pagar los gastos con fondos municipales. La petición recuerda que los vecinos acudían a la Madre de Dios venerada en la cueva y la llevaban en procesión a la iglesia parroquial.
Los registros permiten seguir la repetición del rito. En 1746 la Virgen permaneció quince días en la villa: nueve de rogativa y seis de acción de gracias, según el acta municipal. En 1760 se pidió su regreso porque las lluvias no habían bastado para la siembra. En 1847 la preocupación se dirigió a la sequía y a la roya que dañaba los cultivos; en 1854, al cólera que afectaba a la comarca. Las fuentes devocionales atribuyeron a la Virgen el final de la epidemia, pero el documento prueba sobre todo que la procesión funcionó como respuesta colectiva ante la enfermedad.
Ayuntamiento, clero, capellán, anderos y vecinos tenían que coordinar traslados, misas y limosnas. La ermita disponía de ajuar y personas encargadas de su cuidado. Su historia habla también de administración y recursos compartidos. En 1952 el Ayuntamiento formalizó de nuevo el nombramiento de la Virgen como patrona de Calasparra; para entonces, el vínculo entre el pueblo y la cueva llevaba siglos pasando por actas, testamentos y procesiones.
Una obra del siglo XX que decidió no borrar la montaña
Las visitas antiguas describen la ermita como una estancia bajo un gran peñasco. En 1680 los visitadores de la Orden anotaron que no necesitaba tejado porque la propia roca cubría el espacio donde se encontraba la Virgen. Esa solución natural tenía un límite: el Segura podía crecer, y el aumento de peregrinos hacía pequeña la antigua construcción.
La renovación tomó forma después de la Guerra Civil. En 1944 se levantó un muro de defensa en la ribera para proteger el conjunto de las avenidas; en 1948 se constituyó una junta para impulsar la remodelación general, y la Confederación Hidrográfica del Segura autorizó en 1950 dos nuevos muros vinculados a la ampliación. Las obras que dieron al santuario su aspecto actual se prolongaron entre 1948 y 1968. En 1963 se cerraron la ermita y las salas adyacentes con piedra trabajada y se construyeron los arcos de entrada.
La decisión estética fue también una respuesta al sitio. La mampostería utilizó piedra de la propia montaña, de modo que los muros nuevos no compitieran con la cavidad. La fachada parece continuar la ladera; dentro, las paredes construidas conviven con el techo de roca, irregular y oscuro. No estamos ante una ermita del siglo XVII conservada sin cambios, sino ante una intervención contemporánea que quiso mantener visible el origen natural del recinto.
La protección actual reconoce esa unión. La ficha del Inventario Español de Lugares de Interés Geológico para la terraza del Segura y el mirador del santuario está fechada el 31 de diciembre de 1999. Su interés no depende solo de la ermita: desde allí pueden observarse la terraza aluvial, el curso meandriforme del río y el sinclinal de Calasparra, una gran estructura geológica ligada al acuífero de la zona.
Así se entiende la historia del santuario. Primero fue un abrigo útil junto a un manantial; después, un espacio ordenado por la religión sanjuanista; más tarde, la casa de dos imágenes, las rogativas y las promesas de una comarca agrícola. La leyenda explica por qué la Virgen no quiso marcharse. Los archivos muestran cómo el pueblo hizo posible que se quedara. Y la arquitectura del siglo XX convirtió esa permanencia en piedra, sin cubrir del todo la roca que había dado sentido al lugar desde el principio.