El lunes 26 de septiembre de 1960, a las nueve y media de la noche, dos hombres se colocaron bajo las luces de un estudio de Chicago. John F. Kennedy, senador de Massachusetts, y Richard Nixon, vicepresidente de Estados Unidos, no se enfrentaban en un teatro ni ante una multitud: hablaban a una cámara. Al otro lado del objetivo había una audiencia que la política estadounidense nunca había tenido reunida de ese modo.
El programa fue seguido por 66,4 millones de personas, según el recuento de la Comisión de Debates Presidenciales. Fue el primer debate televisado a escala nacional entre los candidatos presidenciales de los dos grandes partidos —no el primer debate televisado de cualquier clase, una distinción que suele perderse al repetir la historia—. La escena de Chicago inauguró una costumbre que después parecería inevitable: comparar a los aspirantes al poder mientras comparten encuadre, reloj y escenario.
Una elección en la frontera de dos medios
La noche tenía sentido porque Estados Unidos estaba cambiando de aparato. El censo de 1960 registró televisores en el 87 % de las viviendas ocupadas, mientras la radio seguía presente en el 92 %. La pantalla ya formaba parte de la vida doméstica, pero aún no había dictado las reglas de una campaña presidencial. Los candidatos seguían necesitando mítines, periódicos, discursos y una maquinaria territorial capaz de llevar el mensaje hasta el último condado.
Nixon partía con la ventaja de la experiencia. Había sido elegido vicepresidente junto a Dwight D. Eisenhower en 1952 y conocía los resortes del Gobierno. Kennedy tenía 43 años, menos recorrido nacional y una dificultad que no era menor en la política de su país: era católico en una sociedad donde muchos votantes dudaban de que un presidente católico pudiera separar sus decisiones de Roma. En los meses anteriores, su campaña había convertido la juventud y la capacidad de renovación en argumentos contra una administración que presentaba como agotada.
La elección iba a ser estrecha. Kennedy acabaría con el 49,72 % del voto popular frente al 49,55 % de Nixon, una diferencia de unos 118.000 votos; en el Colegio Electoral, el resultado fue más holgado, 303 delegados frente a 219. Esa distancia entre el mapa electoral y el recuento ciudadano ayuda a entender por qué tantos relatos posteriores buscaron un instante al que atribuir el desenlace.
El propio debate necesitó una reforma legal para existir. La norma de «igual tiempo» obligaba a una emisora que concediera espacio a un candidato a ofrecer una oportunidad equivalente a los demás candidatos legalmente habilitados. El Congreso suspendió esa exigencia para la campaña de 1960 mediante la Ley Pública 86-677. Las tres grandes cadenas comerciales —ABC, CBS y NBC— pudieron emitir las cuatro conversaciones entre Kennedy y Nixon sin abrir la programación a todos los aspirantes minoritarios.
Una hora con reglas de hierro
La primera emisión salió de los estudios de WBBM-TV, la filial de CBS en Chicago. Howard K. Smith moderó una mesa en la que también preguntaron Sander Vanocur, de NBC; Charles Warren, de Mutual News; Stuart Novins, de CBS, y Bob Fleming, de ABC. No había público en el estudio que reaccionara con aplausos. Tampoco existía el formato de preguntas cruzadas que hoy asociamos a un debate. Los periodistas preguntaban y el candidato contrario podía comentar la respuesta.
Las reglas dejaban poco margen para la improvisación: ocho minutos de apertura por cabeza, respuestas de dos minutos y medio, una réplica opcional y tres minutos de cierre. El asunto pactado era la política interior. Kennedy habló de crecimiento, educación, salario mínimo y derechos civiles; Nixon defendió el balance de la administración republicana y presentó la prosperidad y la competencia con la Unión Soviética como pruebas de que el país no debía cambiar de rumbo a cualquier precio.
Escuchado hoy, el contenido no parece una sucesión de golpes teatrales. Los dos candidatos dominaban los datos y sabían que cada frase podía convertirse en titular. Kennedy insistía en que Estados Unidos no podía conformarse con el estado de las cosas. Nixon respondía que el país había avanzado y que las propuestas demócratas podían desordenar las cuentas públicas. La disputa era política, no una competición de ocurrencias.
La novedad estaba en la convivencia de dos públicos. Quien sintonizó la radio recibió voces, argumentos y silencios. Quien miró el televisor recibió todo eso junto con la postura, la ropa, la expresión y la manera de ocupar un espacio. El medio no añadió un comentario al discurso: añadió un cuerpo que debía resistir una hora de primeros planos y luz artificial.
La imagen de la salud y la experiencia
Nixon llegó al estudio en malas condiciones. Había pasado semanas apartado de la campaña por una infección en la rodilla y ese mismo día había pronunciado un discurso ante trabajadores de Chicago. Se presentó cansado, perdió peso y sudó bajo los focos. Su traje gris se confundía con el fondo de la escenografía en la imagen en blanco y negro. Kennedy, que había preparado la intervención con simulacros y descansó antes de la emisión, apareció más sereno y bronceado.
La fotografía convirtió esa diferencia en un relato de fácil transmisión: Nixon había ganado con la palabra, Kennedy con la apariencia. Se repite desde entonces que los oyentes de radio dieron ganador al vicepresidente y los espectadores de televisión al senador. La historia tiene un origen real en las encuestas y en los testimonios de la época, pero se ha contado con una seguridad que los datos no permiten. No existió una medición perfecta que aislara el efecto de la imagen sobre el voto.
El debate sí mostró algo que la radio no podía mostrar: la presencia física también comunica. Una mirada que se desvía, una mano que busca el pañuelo o un rostro tenso no son argumentos, pero entran en la valoración que el espectador hace de quien aspira a dirigir el Estado. Un experimento publicado por James N. Druckman en The Journal of Politics comparó a personas que vieron el debate con otras que solo lo escucharon. Las imágenes modificaron la evaluación general y empujaron a los espectadores a valorar más la personalidad.
El mito del ganador y los límites de la pantalla
La investigación posterior ha enfriado la explicación más cómoda. Las personas que escucharon la radio no eran una muestra idéntica a las que tenían el televisor encendido: diferían en edad, lugar de residencia, ocupación, hábitos y preferencias políticas. Un estudio publicado en 2017 revisó los datos de las encuestas y concluyó que la supuesta victoria radiofónica de Nixon podía proceder del sesgo republicano de la muestra. Sus autores encontraron poca base para presentar la elección de 1960 como un triunfo limpio de la imagen sobre el contenido.
Tampoco conviene convertir el primer programa en una final anticipada. Hubo cuatro debates. El segundo se emitió el 7 de octubre; el tercero, el 13, conectó estudios de Nueva York y Los Ángeles mediante una emisión dividida; el cuarto llegó el 21 y se centró en la política exterior. La audiencia bajó después de la primera noche y Nixon mejoró su aspecto y su rendimiento. Kennedy no ganó la Casa Blanca porque una cámara hubiera borrado las demás variables de la campaña.
Pesaron la economía, la organización demócrata, el voto católico, el apoyo afroamericano y la percepción de que ocho años de gobierno republicano necesitaban relevo. Pesaron también la personalidad de los candidatos y la capacidad de Kennedy para presentarse como el rostro de una generación. El debate formó parte de esa operación. Le concedió una audiencia nacional en un terreno donde hasta entonces Nixon tenía una ventaja de reconocimiento y experiencia.
El nacimiento de un ritual político
La consecuencia más duradera no cabe en el marcador de aquella elección. A partir de 1960, una campaña presidencial tuvo que pensar en el encuadre junto a la plaza pública. La voz siguió contando, pero también lo hicieron el ritmo de una respuesta, la distancia con el moderador, la iluminación y la capacidad de parecer dueño del tiempo. La televisión no sustituyó a la política: amplió el número de señales que el votante podía interpretar.
El éxito de la serie produjo también una paradoja. Aunque los debates habían demostrado su capacidad para reunir a millones de ciudadanos, no volvieron a celebrarse entre los principales candidatos en 1964, 1968 y 1972. Lyndon B. Johnson no quiso participar en 1964; Nixon evitó hacerlo en sus campañas siguientes. Las cadenas y los políticos habían descubierto el alcance del formato, pero también su riesgo. Desde 1976, con el regreso de los debates nacionales, la excepción de 1960 empezó a parecer el comienzo de una tradición.
Por eso el 26 de septiembre merece recordarse sin la leyenda del maquillaje que decide una presidencia. Lo que ocurrió en Chicago fue más complejo y más revelador: dos programas políticos fueron comprimidos en una hora, dos biografías quedaron expuestas al juicio visual de una multitud doméstica y una tecnología de entretenimiento pasó a organizar una escena de deliberación pública.
La televisión no eligió a Kennedy por sí sola. Cambió, eso sí, la pregunta que un candidato debía responder. Ya no bastaba con saber qué decir ante una multitud; había que demostrar cómo se habitaba una imagen compartida por millones. Desde aquella noche, toda campaña presidencial aprendió que la política también sucede en el espacio entre una persona y la cámara.