Al amanecer del 12 de octubre de 1917, la lluvia volvió a caer sobre los campos de Flandes. A las 5.25, dos brigadas de la División de Nueva Zelanda salieron de sus posiciones frente a Bellevue Spur, una estribación que dominaba el camino hacia el pueblo de Passchendaele. La artillería debía abrirles paso. El bombardeo, debilitado por el barro y la falta de piezas bien situadas, dejó intactas muchas alambradas y fortines alemanes. En pocas horas, el ataque se había detenido.
Aquel día murieron o quedaron mortalmente heridos 843 neozelandeses, y alrededor de 2.700 resultaron bajas. La cifra convirtió el 12 de octubre en la jornada más mortífera de la historia militar de Nueva Zelanda. No fue una batalla aislada ni una catástrofe nacida de una sola decisión: formó parte de la Tercera Batalla de Ypres, una ofensiva que se prolongó desde finales de julio hasta noviembre y que acabó dando su nombre a un paisaje de cráteres, tablones y agua estancada. Passchendaele sirve para estudiar cómo una operación concebida en los mapas pudo seguir adelante cuando el terreno ya había dejado de obedecerlos.
Una ofensiva atrapada en el saliente de Ypres
Ypres ocupaba una posición incómoda para los aliados. Sus trincheras formaban un saliente dentro de las líneas alemanas y quedaban dominadas por las elevaciones del este. Desde esas crestas, la artillería y los observadores alemanes podían vigilar los movimientos británicos. Conquistar el terreno alto alrededor de Passchendaele prometía enderezar el frente, aliviar la presión sobre Ypres y abrir la posibilidad de romper la defensa alemana antes de que el conflicto entrara en otro invierno de desgaste.
El general Douglas Haig, comandante en jefe de la Fuerza Expedicionaria Británica, autorizó la ofensiva después de meses de combates sin una ruptura decisiva. El primer ataque comenzó el 31 de julio de 1917. Británicos y franceses ganaron terreno en algunos sectores, pero la lluvia empezó a convertir el campo en una trampa. Los proyectiles habían roto los canales de drenaje de una llanura que ya era húmeda; cada cráter se llenaba de agua y los vehículos se hundían hasta los ejes. Las tropas solo podían avanzar por estrechas pasarelas de madera, los duckboards, que también atraían el fuego enemigo.
Durante septiembre el tiempo seco permitió una secuencia de avances limitados y mejor preparados en Menin Road, Polygon Wood y Broodseinde. La nueva fórmula consistía en tomar un objetivo cercano, consolidarlo y dejar que la artillería frenara las respuestas alemanas. El 4 de octubre, la División de Nueva Zelanda conquistó Gravenstafel Spur, otra de las estribaciones de la cresta. Costó unos 500 muertos, pero la captura de prisioneros y el desmoronamiento de varias unidades alemanas llevaron al alto mando a una lectura demasiado optimista: la defensa parecía estar a punto de ceder.
El ataque del 9 de octubre no confirmó esa impresión. Las tropas británicas y australianas avanzaron con dificultad, llegaron tarde a sus posiciones y encontraron alambradas sin cortar. El barro impidió acercar los cañones y el fuego de preparación no consiguió desorganizar las defensas. La ofensiva se atascó con fuertes pérdidas, pero el siguiente golpe no se canceló. Haig mantuvo el 12 de octubre como fecha para que el II Cuerpo Anzac intentara alcanzar Passchendaele.
El problema estaba antes de la hora cero
La decisión dejó solo unos días para preparar un ataque que exigía mover artillería pesada, munición y miles de hombres por un terreno casi impracticable. Había llovido desde el 3 de octubre. Las posiciones de tiro se hundían y los equipos de ingenieros no podían reparar con rapidez los caminos destruidos. Las piezas que sí llegaron al frente no siempre podían estabilizarse; sin una plataforma firme, sus disparos perdían precisión y la barrera de fuego avanzaba de forma irregular.
Los alemanes tampoco eran los mismos que habían cedido terreno el 4 de octubre. La 195.ª División ocupaba el sector con dos regimientos de cazadores, abundantes ametralladoras y reservas más próximas a la cresta. Las defensas se apoyaban en fortines de hormigón y en el fuego cruzado desde Bellevue. El informe de operaciones que John Monash redactó después de los combates describe una noche muy húmeda, dificultades para concentrar las unidades y una resistencia especialmente dura en la estribación. El documento no necesita la retórica posterior sobre el barro: registra alambradas intactas, fuego de ametralladora y una retirada obligada.
El plan asignaba a los neozelandeses el flanco izquierdo del ataque. La 3.ª Brigada de Fusileros debía avanzar por la zona más expuesta de Bellevue; la 2.ª Brigada atacaría por la derecha. La 4.ª División australiana operaría junto a ellos hacia Passchendaele. Si el movimiento funcionaba, los aliados podrían sostener la cresta y continuar hacia el pueblo. Todo dependía de que el bombardeo destruyera los obstáculos y de que las unidades mantuvieran el contacto en un paisaje donde las referencias habían desaparecido.
Cuatro horas en Bellevue Spur
A las 5.25 de la mañana, la infantería salió bajo la lluvia. El comienzo fue confuso: algunos proyectiles cayeron demasiado cerca de las tropas propias y la barrera de artillería perdió continuidad. En el sector de la 3.ª Brigada, las ametralladoras alemanas detuvieron el avance casi de inmediato. En el de la 2.ª, los soldados toparon con una alambrada que seguía en pie y tuvieron que buscar refugio en los cráteres. Unos pocos grupos alcanzaron posiciones alemanas en el extremo derecho, pero quedaron aislados.
La forma de la cresta agravó el desastre. El fuego procedente de las laderas de Bellevue alcanzaba de costado a los neozelandeses y también a los australianos que intentaban progresar junto a ellos. No había un hueco por el que entrar ni una reserva fresca capaz de rehacer el ataque. A las tres de la tarde se estudió una nueva embestida; se aplazó y terminó cancelándose. Los supervivientes retrocedieron hacia la línea de partida con muy poco terreno ganado.
La parte más dura llegó cuando cesó el movimiento. Muchos heridos quedaron entre las posiciones, en hoyos llenos de agua y barro, fuera del alcance de los camilleros. Durante los dos días siguientes, los grupos de rescate trabajaron bajo un fuego menos intenso que permitió una especie de tregua no escrita. La cifra de 843 muertos incluye a hombres que murieron en la línea o que fallecieron poco después por sus heridas; las propias fuentes advierten que era difícil fijar la fecha exacta de cada muerte. La precisión aparente de un número no debe ocultar esa incertidumbre.
Para Nueva Zelanda, la pérdida tuvo una escala que los partes de la guerra no podían expresar. La División no era una fuerza gigantesca y muchas comunidades recibieron varias notificaciones de muerte. En la localidad de Tākaka, los hermanos Charles, Edwin y Leslie Newlove murieron en los combates del 4 y del 12 de octubre. Sus nombres quedaron juntos en el memorial de los desaparecidos de Tyne Cot, como ocurrió con miles de soldados cuyo cuerpo no pudo recuperarse.
La cresta llegó tarde
El fracaso del 12 de octubre no puso fin a la ofensiva. El II Cuerpo Anzac fue relevado por tropas canadienses el 18 de octubre, mientras sus ingenieros construían caminos y preparaban nuevas posiciones de artillería. El general Arthur Currie había advertido del coste de enviar a sus divisiones a Passchendaele; calculó unas 16.000 bajas. La cifra final de canadienses muertos o heridos fue de 15.654.
Los ataques canadienses comenzaron el 26 de octubre. Hubo que avanzar por fases, tomar Bellevue y las granjas fortificadas, sostener el terreno ante los contraataques y volver a llevar cañones hacia delante. El 6 de noviembre, la 2.ª División canadiense entró en las ruinas de Passchendaele. El 10 ocupó la cresta situada al norte del pueblo. La operación había alcanzado su objetivo geográfico, pero no la ruptura que había dado sentido inicial a la campaña.
Las cifras generales dependen del periodo y de la definición de baja. El National Army Museum calcula unos 300.000 soldados británicos y 260.000 alemanes muertos, heridos o desaparecidos durante la lucha por Passchendaele. El Australian War Memorial habla de casi medio millón de hombres perdidos en los cinco meses de la campaña y cifra en 38.000 las bajas australianas. No son necesariamente datos incompatibles: cada recuento delimita de manera distinta las operaciones y las fuerzas incluidas. Lo que sí permanece estable es la desproporción entre el coste y el terreno conquistado: unos pocos kilómetros y un pueblo reducido a escombros.
Victoria militar, derrota de la memoria
Haig defendió el resultado porque la ofensiva había desgastado al ejército alemán y había puesto la cresta en manos aliadas. Otros dirigentes juzgaron que el objetivo inicial se había perdido mucho antes de la entrada en el pueblo. El primer ministro David Lloyd George describiría años después Passchendaele como uno de los grandes desastres de la guerra. El desacuerdo no es un adorno historiográfico: muestra que la misma operación podía parecer razonable desde una sala de mapas y ruinosa para quien la medía en ambulancias, camillas y telegramas de duelo.
La propia geografía terminó relativizando la victoria. En 1918, cuando la ofensiva alemana obligó a reorganizar el frente, los británicos abandonaron sus posiciones de Passchendaele. El terreno por el que se habían sacrificado tantas unidades dejó de ser una frontera duradera. La campaña no fue inútil en todos sus efectos —mantuvo tropas alemanas atadas al frente de Ypres y sometió a una presión enorme a sus defensas—, pero no produjo el avance decisivo que esperaba el mando.
En Nueva Zelanda, el 12 de octubre quedó unido a los nombres de los muertos y a los memoriales de Flandes. Tyne Cot, con sus tumbas y su muro de desaparecidos, convierte una operación de 1917 en un lugar que todavía se puede recorrer. La memoria no conserva Passchendaele porque el barro sea una imagen poderosa, sino porque detrás de esa imagen hubo una cadena concreta de decisiones: acelerar el calendario, interpretar una victoria parcial como señal de colapso enemigo y enviar a la infantería contra unas defensas que la artillería no había podido abrir.
El nombre de Passchendaele suele emplearse como sinónimo de matanza absurda. La historia del 12 de octubre permite afinar esa memoria. No fue solo una escena de soldados hundidos en el fango: fue una campaña moderna, con mapas, informes, cálculos de artillería y objetivos políticos, que siguió avanzando cuando las condiciones materiales habían cambiado. La lección permanece en esa distancia entre lo que un mando cree haber conquistado y lo que una sociedad termina recordando como pérdida.