En la noche del 2 al 3 de octubre de 1990, Berlín volvió a ocupar el centro de la historia europea. Frente al Reichstag, una multitud esperaba que llegara la medianoche. Cuando la bandera negra, roja y dorada fue izada, sonaron la campana de la Libertad y el himno nacional; los fuegos artificiales iluminaron una ciudad que durante décadas había sido la frontera más visible de la Guerra Fría. Desde ese instante, la República Democrática Alemana dejaba de existir y su territorio quedaba integrado en la República Federal de Alemania.
Una frontera convertida en sistema
La división alemana no surgió con el Muro. En 1945, Estados Unidos, la Unión Soviética, el Reino Unido y Francia repartieron Alemania en zonas de ocupación. Berlín, situada dentro del sector soviético, quedó dividida del mismo modo. Las diferencias entre los antiguos aliados crecieron hasta formar dos Estados en 1949: la República Federal de Alemania, vinculada al bloque occidental, y la República Democrática Alemana, organizada bajo el modelo soviético.
Durante los primeros años, la frontera siguió siendo porosa. Millones de personas abandonaron el Este antes de que el Gobierno de Walter Ulbricht cerrara Berlín en agosto de 1961. El Muro no solo separó calles y familias: convirtió la división política en una experiencia cotidiana de permisos, controles, alambradas y disparos. La RFA mantuvo en su Ley Fundamental la idea de que la unidad alemana podía restaurarse algún día; para la dirección de la RDA, la existencia de dos Estados debía presentarse como el resultado permanente de la posguerra.
La RFA había construido una democracia parlamentaria y una economía social de mercado; la RDA había levantado un Estado socialista con empresas públicas, organizaciones controladas por el partido y una policía política, la Stasi, que vigilaba la vida social. Había contactos familiares, intercambios culturales y acuerdos entre gobiernos, pero cada generación crecía bajo instituciones distintas. Por eso, en 1989, hablar de reunificación significaba mucho más que retirar una barrera de hormigón.
La revolución que abrió la puerta
El derrumbe comenzó en la calle. Las reformas de Mijaíl Gorbachov en la Unión Soviética habían reducido la disposición de Moscú a sostener por la fuerza a los gobiernos aliados de Europa oriental. En la RDA, la presión llegó por dos vías: miles de ciudadanos intentaron salir a través de Hungría y Checoslovaquia, mientras otros exigían dentro del país libertad de viaje, elecciones limpias y derecho de reunión.
Las iglesias ofrecieron espacios donde la protesta podía organizarse. En Leipzig, las oraciones de los lunes en la Nikolaikirche fueron creciendo hasta convertirse en marchas por el centro. El 9 de octubre de 1989, cerca de 70.000 personas caminaron bajo el lema de la no violencia. Las fuerzas de seguridad estaban preparadas para intervenir, pero no lo hicieron. El tamaño de la manifestación y el temor a provocar una matanza frenaron la respuesta estatal. La protesta no derribó por sí sola al régimen, pero mostró que el miedo había cambiado de bando.
Un mes después, el 9 de noviembre, una rueda de prensa mal gestionada por Günter Schabowski precipitó la apertura de los pasos fronterizos. La multitud llegó al Muro y los guardias, sin instrucciones claras, acabaron dejando pasar a la gente. Aquella noche tuvo una fuerza simbólica extraordinaria, aunque todavía no resolvía una pregunta: ¿debía reformarse la RDA como un Estado democrático separado o unirse pronto a la República Federal?
El año en que todo se aceleró
La respuesta se fue definiendo entre las calles y las urnas. El canciller de Alemania Occidental, Helmut Kohl, presentó el 28 de noviembre de 1989 un programa de diez puntos para superar la división alemana y europea. La iniciativa sorprendió a los aliados y fijó un horizonte. En la RDA, los grupos opositores debatían una posible democracia socialista; la libertad recién conquistada también permitió que muchos ciudadanos reclamaran una unidad rápida.
Las primeras elecciones libres a la Volkskammer, celebradas el 18 de marzo de 1990, dieron la victoria con el 48 por ciento de los votos a la Alianza por Alemania, una coalición partidaria de la reunificación y de la introducción del marco alemán. La participación alcanzó el 93,4 por ciento. Lothar de Maizière formó un Gobierno que aceptó negociar la adhesión de la RDA a la República Federal. El resultado no equivalía a un plebiscito sobre todos los detalles de la unidad, pero sí otorgó respaldo democrático a la vía rápida.
El primer paso material llegó el 1 de julio. El Tratado de Unión Económica, Monetaria y Social extendió a la RDA el marco alemán, la economía social de mercado y el sistema de seguridad social de la República Federal. Para muchas familias, el cambio significó disponer de una moneda estable y de bienes que durante años habían sido escasos. Para las empresas orientales, la misma decisión las colocó de golpe ante precios, salarios y competidores que no podían afrontar con su productividad ni con sus mercados tradicionales.
La velocidad tenía una razón política. Cada mes de incertidumbre aumentaba la salida de población hacia el Oeste y debilitaba a la administración de Berlín Oriental. La Treuhandanstalt recibió miles de empresas estatales para privatizarlas, reestructurarlas o cerrarlas; millones de puestos de trabajo quedaron vinculados a decisiones tomadas en un plazo breve. La integración institucional avanzó con mayor rapidez que la adaptación de las fábricas, de las ciudades y de las biografías laborales.
Una unidad negociada entre seis Estados
Los alemanes no podían decidir solos todas las condiciones exteriores de la reunificación. Desde 1945, las cuatro potencias vencedoras conservaban derechos sobre Alemania y Berlín. Por eso, Estados Unidos, la Unión Soviética, el Reino Unido y Francia se sentaron con la RFA y la RDA en las conversaciones conocidas como Dos más Cuatro.
El acuerdo se firmó en Moscú el 12 de septiembre de 1990. Alemania reconocía la frontera con Polonia, aceptaba límites a sus fuerzas armadas y renunciaba a fabricar o poseer armas nucleares, biológicas y químicas. Las cuatro potencias abandonaban sus derechos y responsabilidades sobre Alemania y Berlín. La diplomacia resolvía así la cuestión que había impedido durante décadas tratar la unidad alemana como un asunto exclusivamente interno.
En paralelo, Bonn y Berlín Oriental negociaron la arquitectura interna. El Tratado de Unificación, firmado el 31 de agosto por Wolfgang Schäuble y Günther Krause, tenía nueve capítulos, 45 artículos y cerca de mil páginas. Regulaba desde la incorporación de los Länder orientales hasta la administración, las finanzas, la justicia, los medios de comunicación y la cultura. Los dos parlamentos lo aprobaron el 20 de septiembre: la Volkskammer votó 299 a favor, 80 en contra y una abstención; el Bundestag, 440 a favor, 47 en contra y tres abstenciones.
La fórmula escogida fue una adhesión de la RDA al ámbito de aplicación de la Ley Fundamental de la República Federal, no la redacción de una constitución completamente nueva para un Estado nacido de cero. Esa elección permitió cumplir el calendario y conservar las instituciones occidentales, pero también dejó una cuestión abierta: la unidad estatal se produjo como extensión de un sistema ya existente, mientras millones de ciudadanos del Este debían aprender a moverse dentro de él.
El 3 de octubre y la historia después de la fiesta
A medianoche, la unidad estatal entró en vigor. La RDA desapareció y cinco nuevos Länder —Brandeburgo, Mecklemburgo-Pomerania Occidental, Sajonia, Sajonia-Anhalt y Turingia— pasaron a formar parte de la República Federal, junto con Berlín. En las imágenes de aquella noche predominan la bandera, la música y los abrazos. El calendario había cerrado una herida europea que parecía destinada a durar.
La mañana siguiente empezó un trabajo menos fotogénico. Había que sustituir administraciones, reconocer títulos, devolver o resolver propiedades, integrar fuerzas policiales y reorganizar una economía entera. La Treuhand privatizó una parte de las empresas y clausuró otras; la producción oriental cayó con rapidez y el desempleo alteró regiones que habían vivido durante décadas al amparo de grandes complejos industriales. Las transferencias financieras desde el Oeste renovaron carreteras, viviendas y servicios, pero no borraron la sensación de que la transformación se había hecho sobre la población oriental y no con ella.
Ese desequilibrio no invalida la reunificación ni permite idealizar la RDA. La dictadura había limitado libertades, vigilado a sus ciudadanos y acumulado problemas económicos que ya no podía ocultar. La democracia, la movilidad y el pluralismo que llegaron en 1990 cambiaron la vida de millones de personas. La historia del proceso obliga a sostener las dos verdades a la vez: la libertad fue conquistada por una movilización ciudadana, y la forma de la unidad fue decidida en buena medida por instituciones, partidos y gobiernos con recursos desiguales.
El 3 de octubre de 1990 puso fin a la división jurídica de Alemania y cerró el orden territorial nacido de 1945. No puso fin a las diferencias de experiencia, de riqueza y de memoria que habían creado 40 años de separación. La reunificación fue, por eso, una llegada y un comienzo: una noche de celebración que solo pudo entenderse mirando la larga frontera que la precedió y las vidas que todavía tenían que aprender a compartir el mismo país.