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Memoria olfativa: la ciencia tras un olor

Óscar Navarro 21 de July de 2026 61 lecturas 5 min de lectura
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Hay un olor concreto —a veces un plato de la abuela, otras el interior de un armario o el ambientador de un coche antiguo— capaz de transportarte a una edad que creías olvidada, con una nitidez que ninguna fotografía consigue. Ese fenómeno tiene nombre científico, memoria olfativa, y un equipo de neurocientíficos franceses acaba de localizar el mecanismo cerebral exacto que lo hace posible, el mismo que Marcel Proust describió hace más de un siglo con una simple magdalena mojada en té.

Las neuronas que se quedan grabando desde el primer año de vida

El estudio, desarrollado por investigadores del CNRS —el Centro Nacional de Investigación Científica de Francia— y publicado en la revista Plos Biology, sitúa el origen del fenómeno en un grupo concreto de neuronas del bulbo olfativo, la región cerebral encargada de procesar los olores. A diferencia de otras zonas del cerebro, esta sigue desarrollándose durante los primeros años de vida, justo la ventana temporal en la que, según el equipo, se fijan los recuerdos olfativos más duraderos.

Cuando un adulto vuelve a percibir un aroma asociado a esa etapa temprana, esas neuronas concretas se activan y ponen en marcha circuitos cerebrales vinculados a la memoria y al sistema de recompensa. Es decir: no solo se recuerda el olor, sino que se reactiva parte de la emoción que lo acompañó la primera vez.

Del bulbo olfativo a las redes emocionales

Con el paso del tiempo, el peso de esas neuronas iniciales disminuye y el recuerdo pasa a depender cada vez más de redes cerebrales asociadas a las emociones. Ese cambio de circuito, apuntan los autores, explicaría por qué los recuerdos ligados a olores suelen conservar una carga emocional tan intensa, muy superior a la de los recuerdos que se activan por una imagen o un sonido.

Voluntarios, ratones y un mismo patrón

Para llegar a esta conclusión, el equipo combinó dos vías de trabajo. Por un lado, entrevistaron a un grupo de voluntarios sobre sus recuerdos olfativos más antiguos. El patrón que encontraron fue revelador: esos recuerdos casi nunca procedían de un episodio aislado, sino de experiencias agradables repetidas muchas veces, ligadas a olores que además siguieron presentes a lo largo de la vida de la persona.

El experimento que confirmó la relación causa-efecto

Por otro lado, los investigadores diseñaron un experimento con ratones. Durante su etapa de crías, los animales fueron expuestos de forma repetida a un olor agradable en un entorno enriquecido, asociado a experiencias positivas. Ya adultos, esos mismos ratones mostraban una preferencia clara por ese aroma frente a otros desconocidos. El dato decisivo llegó después: cuando los científicos bloquearon temporalmente las neuronas del bulbo olfativo implicadas en esa memoria temprana, los animales dejaron de mostrar la preferencia. La prueba confirmaba que esas neuronas no eran solo un lugar de paso, sino la pieza que sostenía el recuerdo.

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¿Por qué los olores emocionan más que las imágenes?

Buena parte de la respuesta está en la propia anatomía del sistema olfativo, que conecta de forma casi directa con estructuras cerebrales como la amígdala y el hipocampo, implicadas en emoción y memoria. Ninguno de los demás sentidos tiene una ruta tan corta. A eso se suma el hallazgo del equipo del CNRS: la memoria olfativa infantil necesita reencuentros periódicos con el aroma original para no debilitarse. En los ratones de más edad, la persistencia del recuerdo dependía directamente de haber vuelto a oler ese aroma de vez en cuando; sin esa reexposición, el rastro tendía a desvanecerse con el tiempo.

Un fenómeno con nombre propio desde 1913

La literatura le puso nombre mucho antes que la ciencia lo explicara. En 1913, en el primer volumen de En busca del tiempo perdido, Proust describió cómo el sabor de una magdalena mojada en tila le devolvía de golpe recuerdos enteros de su infancia en Combray. Durante más de cien años, ese fragmento sirvió como referencia literaria de un fenómeno que todo el mundo reconocía por experiencia propia pero que nadie había podido situar en un circuito neuronal concreto.

Lo que distingue a este trabajo de otros estudios sobre memoria y olfato es que no se limita a describir el fenómeno, sino que aísla su origen en una ventana de desarrollo muy concreta y demuestra, con el experimento de bloqueo neuronal, una relación de causa y efecto y no solo una correlación. Puesto en perspectiva, esto encaja con lo que ya se sabía sobre la infancia como periodo especialmente sensible para la formación de la memoria a largo plazo, pero añade una pieza que faltaba: por qué el olfato, en concreto, deja una huella tan resistente al paso de los años.

Para cualquiera que alguna vez se haya quedado inmóvil un instante al cruzarse con un olor que no sabía nombrar pero que reconocía por completo, el hallazgo pone ciencia detrás de algo que siempre pareció puro sentimiento. La próxima vez que ese aroma concreto —a lápiz recién afilado, a colonia de un familiar, a la entrada de un colegio— te frene en seco, ya sabes que no es casualidad ni nostalgia sin más: es un grupo de neuronas de tu bulbo olfativo que llevan grabando esa misma información desde que tenías apenas unos años. Este tipo de hallazgos sobre el funcionamiento íntimo del cerebro avanza en paralelo a otros campos de la investigación biomédica española, como demuestra la revolución gallega que acelera el desarrollo de medicinas.

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Fuente: Infobae

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