💉 La vacuna que cruzó el océano gracias a 22 niños: la historia que nadie te contó Expedicion Balmis
La vacuna que cruzó el océano gracias a 22 niños
El 30 de noviembre de 1803 zarpó de A Coruña una expedición que hoy resulta casi imposible de replicar: la Expedición Balmis embarcó a 22 niños de entre tres y nueve años como único sistema de transporte para una vacuna que no podía conservarse de ninguna otra manera. No había frascos, no había frío, no había laboratorios a bordo. Había brazos infantiles y una cadena de contagios controlados que debía mantenerse viva durante meses para que la viruela dejara de matar en los territorios españoles de ultramar.
Para entender la magnitud de aquel viaje hay que empezar por la enfermedad. A comienzos del siglo XIX la viruela mataba a uno de cada tres infectados y dejaba a buena parte de los supervivientes con el cuerpo marcado o con la vista perdida. No existía cura. La única defensa conocida durante siglos había sido la variolización, una práctica llegada de Asia y África que consistía en inocular material extraído de una persona enferma para provocar una infección controlada. Funcionaba, pero con un riesgo enorme: seguía siendo el virus real, y el paciente podía morir o contagiar a otros. En 1721, Lady Mary Wortley Montagu ayudó a popularizar esta técnica en Inglaterra tras conocerla en el Imperio otomano, y desde ahí se extendió por buena parte de Europa.
La solución definitiva llegó de una observación campesina. En la Inglaterra rural se sabía que las ordeñadoras que pasaban la viruela vacuna, una versión mucho más leve que afectaba al ganado, quedaban después protegidas frente a la viruela humana. El médico Edward Jenner decidió comprobarlo en mayo de 1796: tomó material de una lesión de la lechera Sarah Nelmes y lo inoculó al niño James Phipps. Dos meses después lo expuso al virus real de la viruela y el niño no enfermó. Aquel experimento, que hoy ningún comité ético aprobaría, dio origen a la primera vacuna de la historia, palabra que viene precisamente del latín vacca.
Por qué hicieron falta 22 niños para cruzar el Atlántico
El problema de Balmis en 1803 no era conseguir la vacuna, sino transportarla viva durante una travesía de semanas sin que perdiera eficacia. La única forma de mantenerla activa era pasarla de un brazo a otro: se inoculaba a un niño, se esperaba a que desarrollara las pústulas características y, en el momento justo, se extraía material fresco de esas lesiones para inocular al siguiente. De ese modo la vacuna nunca dejaba de estar viva, aunque el barco tardara meses en llegar a destino.
Por eso la expedición reclutó a 22 niños de la Casa de Expósitos de La Coruña, casi todos huérfanos, con edades entre los tres y los nueve años. Al frente de su cuidado viajaba Isabel Zendal Gómez, rectora del orfanato coruñés, que se convertiría en la enfermera responsable del bienestar de los pequeños durante toda la travesía. La Organización Mundial de la Salud la reconocería mucho después, en 1950, como la primera enfermera de la historia en participar en una misión sanitaria internacional, un reconocimiento tardío para una figura que durante casi siglo y medio apenas apareció mencionada en los relatos de la expedición.
Al mando de la misión iba el médico alicantino Francisco Javier Balmis, acompañado por su segundo, José Salvany, y un equipo de cirujanos y practicantes. La corbeta María Pita hizo su primera escala en Canarias, donde ya se vacunó a parte de la población local antes de cruzar el océano. Llegaron a Puerto Rico en febrero de 1804 y, un mes después, alcanzaron las costas de la actual Venezuela, donde Balmis organizó una junta local de vacunación para que el proceso pudiera continuar sin depender de la expedición original.
Un viaje que no terminó en América
Desde Venezuela, la expedición se dividió. Salvany continuó hacia el sur, recorriendo buena parte de Sudamérica, mientras Balmis siguió ruta hacia Cuba y México. Fue precisamente en México donde ocurrió algo que rara vez se cuenta: los 22 niños originales, tras meses transmitiéndose la vacuna entre sí, ya habían cumplido su función y quedaron al cuidado de familias mexicanas. Para continuar el viaje hasta Filipinas, Balmis reclutó a otro grupo, esta vez de 26 niños mexicanos, que repitieron el mismo procedimiento a través del Pacífico.
La travesía hacia Asia zarpó de Acapulco y la expedición llegó a Manila el 15 de abril de 1805, completando así el primer intento sistemático de llevar una vacuna a escala prácticamente mundial. Balmis todavía vacunó en Macao y Cantón antes de emprender el regreso a España, con una última escala en la isla de Santa Elena, en pleno Atlántico sur, donde también dejó inoculada a la población. Llegó a Madrid el 7 de septiembre de 1806, casi tres años después de haber zarpado de A Coruña.
Lo que hace especialmente relevante este episodio no es solo la hazaña logística, sino lo que anticipa. Balmis resolvió con niños y paciencia un problema que hoy resolvemos con cadenas de frío y transporte aéreo: cómo hacer llegar una vacuna viva a lugares remotos antes de que pierda su eficacia. Cada campaña de vacunación masiva posterior, desde la erradicación mundial de la viruela declarada por la OMS en 1980 hasta las campañas de inmunización actuales en zonas sin infraestructura sanitaria, hereda de algún modo aquel mismo problema y aquella misma obsesión: que la vacuna llegue viva a quien la necesita.
Casi dos siglos después de que la corbeta María Pita zarpara de A Coruña, la viruela se convirtió en la primera enfermedad erradicada de la faz de la Tierra gracias a la vacunación sistemática. Aquellos 22 niños, cuyos nombres apenas figuran en los libros de historia, formaron parte del primer eslabón de una cadena que, con el tiempo, acabaría venciendo a una de las enfermedades más letales que ha conocido la humanidad.