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¿El primer producto con código de barras? No lo vas a acertar 🍬 #sabiasque #curiosidades

El 26 de junio de 1974, en Ohio, una cajera escaneó el primer producto con código de barras de la historia: un paquete de chicles Wrigley's de 67 centavos 🍬 Lo curioso: nadie pensó que aquello triunfaría. Creían que como mucho lo usarían 10.000 empresas… hoy lo usa el planeta entero. 👉 Síguenos para más historias que no sabías que necesitabas. #Curiosidades #SabíasQue #Historia #shorts #datoscuriosos #tecnología
25 de July de 2026 1,171 reproducciones Ver en YouTube

El primer producto con código de barras de la historia no fue lo que imaginas

Son las 8:01 de la mañana del 26 de junio de 1974. En un supermercado Marsh de la localidad de Troy, en el estado de Ohio, la cajera Sharon Buchanan pasa un paquete pequeño y arrugado por delante de un lector láser recién instalado. Se oye un pitido. En la pantalla aparece un precio: 67 centavos de dólar. Nadie en la tienda lo sabe todavía, pero acaba de nacer la forma en que hoy se compra prácticamente cualquier cosa en cualquier parte del mundo.

El objeto elegido para hacer historia fue un paquete de diez chicles Wrigley's de sabor a fruta. No fue casualidad. El gerente del supermercado, Clyde Dawson, lo escogió a propósito porque era uno de los productos más incómodos de etiquetar a mano: pequeño, barato y con una rotación altísima en las estanterías. Si el sistema funcionaba con algo tan minúsculo, razonó, funcionaría con cualquier cosa. Aquel paquete de chicles, convertido sin querer en pieza de museo, se conserva hoy en el Smithsonian, el instituto de museos más importante de Estados Unidos.

Un invento que empezó en una playa veinticinco años antes

Lo que ocurrió aquella mañana en Ohio fue solo el estreno público de una idea mucho más antigua. La historia real del código de barras arranca a finales de los años cuarenta, cuando el presidente de una cadena de supermercados le pidió a un decano de la Universidad de Drexel, en Filadelfia, que buscara una forma automática de registrar los productos en caja. Dos estudiantes de posgrado, Norman Joseph Woodland y Bernard Silver, se propusieron resolver el problema.

La solución le llegó a Woodland, según él mismo contó después, en una playa de Miami. Sentado en la arena, empezó a dibujar líneas con los dedos y cayó en la cuenta de que unas rayas de distinto grosor podían transportar información igual que los puntos y las rayas del código morse. En vez de un círculo de puntos, imaginó franjas paralelas de anchura variable, capaces de codificar un número que una máquina pudiera leer con luz. Woodland y Silver registraron la patente el 20 de octubre de 1949 y la obtuvieron en 1952, casi un cuarto de siglo antes de que existiera la tecnología láser barata necesaria para leerla de forma rentable en una tienda.

De la patente olvidada al estándar mundial

Durante años el invento quedó prácticamente arrinconado por falta de medios técnicos y económicos para explotarlo. La pieza que faltaba llegó con el desarrollo del láser y con el impulso de IBM, donde el propio Woodland trabajó más tarde junto al ingeniero George Laurer. Fue ese equipo el que perfiló el formato rectangular de barras verticales que terminaría convirtiéndose, en 1973, en el estándar oficial conocido como Código Universal de Producto, o UPC por sus siglas en inglés. El supermercado de Troy fue, un año después, el primero en probarlo con clientes reales.

¿Por qué nadie confiaba en que el código de barras triunfaría?

Cuesta creerlo visto con perspectiva, pero el escepticismo inicial fue enorme. Instalar los lectores láser y rediseñar el etiquetado de cada producto suponía un gasto considerable para las cadenas de distribución, y muchos directivos del sector dudaban de que mereciera la pena. Las previsiones más optimistas de la época hablaban de que, como mucho, unas diez mil empresas en todo el mundo llegarían a adoptar el sistema. Ni los propios responsables del proyecto sospechaban que estaban ante una tecnología que acabaría integrada en la práctica totalidad del comercio global, desde una farmacia de barrio hasta un almacén logístico automatizado.

La resistencia no era solo económica. Cambiar la rutina de cajeras y reponedores, convencer a los fabricantes de que imprimieran ese patrón de rayas en cada envase y garantizar que los distintos lectores de distintas marcas fueran compatibles entre sí exigió años de negociación entre fabricantes, cadenas y asociaciones del sector. El propio hecho de que existiera un estándar único, el UPC, fue clave: sin un formato común, cada supermercado habría necesitado su propio sistema y la tecnología nunca habría despegado a escala mundial.

Del supermercado a casi cualquier objeto que existe

Medio siglo después, el código de barras ya no vive solo en la cesta de la compra. Aparece en billetes de avión, en carnés de biblioteca, en analíticas de sangre de un hospital, en la etiqueta de una prenda de ropa o en el paquete que deja un repartidor en la puerta de casa. Su descendiente más conocido, el código QR, nació en Japón en los años noventa para la industria del automóvil y hoy convive con el sistema original en menús de restaurante, entradas de conciertos o pagos por móvil. Ambos comparten la misma lógica de fondo que imaginó Woodland en aquella playa: convertir información en un patrón visual que una máquina pueda leer en una fracción de segundo, sin errores humanos de transcripción.

Lo que hace especialmente llamativo este episodio no es solo la anécdota del paquete de chicles, sino la distancia entre la magnitud de un invento y la capacidad de sus propios creadores para anticiparla. Woodland y Silver patentaron una idea brillante en 1949 sin la tecnología para aplicarla; los responsables de Marsh, en 1974, subestimaron por completo su alcance incluso teniéndola ya funcionando delante de sus ojos. Es un patrón que se repite con frecuencia en la historia de la tecnología: el salto de una solución ingeniosa a una infraestructura invisible que sostiene toda una economía casi nunca es evidente en el momento en que ocurre, solo se entiende mirando hacia atrás.

Hoy, cada vez que un lector emite ese característico pitido en una caja, se repite en silencio el mismo gesto que Sharon Buchanan hizo aquella mañana de junio en Ohio, con un paquete de chicles de 67 centavos que nadie imaginó que acabaría en un museo.

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