El 20 de julio de 1936, apenas unas horas después de que el golpe militar contra la Segunda República degenerase en guerra abierta, comenzó en Huesca lo que hoy se conoce como la matanza de Barbastro, cuando un grupo de milicianos armados irrumpió en el seminario de los misioneros claretianos de la ciudad. Noventa años después, un documental recupera ese episodio para recordar algo que muchos libros de texto apenas mencionan: en aquella pequeña diócesis oscense, más del 90% del personal eclesiástico fue exterminado en cuestión de semanas.
La cifra, difícil de imaginar incluso dentro de la magnitud de la violencia que se vivió en la retaguardia republicana durante los primeros meses de la guerra, convierte a Barbastro en uno de los episodios más extremos de la persecución religiosa española del siglo XX. No fue un caso excepcional por su naturaleza, pero sí por el porcentaje de víctimas sobre el total de la comunidad afectada, que en ningún otro punto de España alcanzó cotas tan altas.
Un seminario convertido en cárcel de la noche a la mañana
La comunidad claretiana de Barbastro estaba formada por sesenta hombres: nueve sacerdotes, doce hermanos y treinta y nueve seminaristas que se preparaban para recibir las órdenes sacerdotales, la mayoría de ellos jóvenes de veintipocos años. Tras el asalto al seminario, fueron trasladados y confinados en el salón de actos del Colegio de los Escolapios, convertido de un día para otro en una prisión improvisada sin apenas medios ni condiciones.
La condición para salvar la vida
Según recoge la documentación histórica sobre el caso, a los prisioneros se les ofreció repetidamente la posibilidad de salir con vida a cambio de renunciar públicamente a su condición religiosa. Las milicias insistían en esa oferta una y otra vez, lo que apunta a que el objetivo no era tanto acabar con personas concretas como con lo que representaban: la Iglesia como institución. Casi ninguno aceptó el trato, y algunos dejaron constancia por escrito de esa decisión en cartas dirigidas a sus familias.
Un mes de fusilamientos por goteo
Entre el 2 y el 18 de agosto de 1936, los prisioneros fueron sacados del colegio en distintos grupos y fusilados. No hubo un único fusilamiento masivo, sino una sucesión de ejecuciones escalonadas a lo largo de más de dos semanas, lo que obligó a quienes aún esperaban su turno a convivir con la certeza de su destino durante días. De los sesenta religiosos confinados, la inmensa mayoría no sobrevivió a ese mes.
Ese patrón de violencia prolongada, más que un estallido puntual, es uno de los rasgos que los historiadores señalan como más inquietantes del caso: hubo tiempo de sobra para la reflexión, para la negociación, incluso para el arrepentimiento de alguna de las partes implicadas. Y aun así, la maquinaria de las ejecuciones no se detuvo hasta acabar prácticamente con toda la comunidad.
Barbastro no fue un caso aislado
Poner el foco en un episodio concreto no debe hacer perder de vista la escala del fenómeno. Durante toda la Guerra Civil se calcula que cerca de 7.000 eclesiásticos fueron asesinados en la zona republicana: más de 4.000 pertenecían al clero secular, casi 2.400 eran religiosos y en torno a 300 eran religiosas, a los que hay que sumar miles de seglares católicos perseguidos también por su fe o por su vinculación con la Iglesia.

Madrid vivió su propio capítulo negro: cerca de un centenar de religiosas murieron en la capital, entre ellas 23 adoratrices fusiladas el 10 de noviembre de 1936 en el cementerio del Este. En el conjunto de España, 296 religiosas fueron martirizadas durante el conflicto, una cifra que rara vez aparece junto a los nombres masculinos que suelen protagonizar los relatos sobre la represión eclesiástica de aquellos años. Otros rincones del país conservan huellas menos conocidas de ese mismo conflicto, como un antiguo convento leonés que llegó a funcionar como campo de prisioneros o las trincheras que un incendio sacó a la luz en Aragón ocho décadas después de que se apagaran los combates.
¿Por qué la violencia se concentró tanto en el clero?
La explicación que ofrecen los historiadores que han estudiado el periodo tiene que ver con el papel que la Iglesia católica ocupaba en la España de los años treinta: estrechamente asociada al poder tradicional, a la propiedad de la tierra y a buena parte del bando que se sublevó contra la República, se convirtió en blanco de un rechazo que mezclaba motivos políticos, sociales y anticlericales acumulados durante décadas. En ese contexto, comunidades enteras como la de los claretianos de Barbastro desaparecieron casi por completo, sin que mediara juicio ni acusación individualizada contra ninguno de sus miembros.
Del silencio de las fosas a los altares
Durante décadas, el caso de Barbastro quedó circunscrito casi en exclusiva al ámbito eclesiástico y local, apenas conocido fuera de la provincia de Huesca. No fue hasta el 25 de octubre de 1992 cuando el papa Juan Pablo II beatificó a 51 misioneros claretianos de Barbastro reconocidos como mártires, un proceso que devolvió al primer plano testimonios como las cartas de despedida que varios de ellos escribieron a sus familias mientras esperaban su turno en el Colegio de los Escolapios.
Esos documentos, conservados hasta hoy en el museo dedicado a los mártires en la propia ciudad, son parte de lo que ahora recupera el nuevo documental sobre la persecución religiosa en España: no solo las cifras y los hechos desnudos, sino la voz directa de quienes los vivieron, escrita a mano en los últimos días de sus vidas.
Lo que hace especialmente significativo el caso de Barbastro no es solo la cifra final, sino la combinación de factores que allí se dieron: una comunidad pequeña y muy identificable, un periodo de ejecuciones prolongado que multiplicó el sufrimiento de los que esperaban su turno, y una insistencia explícita en que la fe, no la persona, era el verdadero objetivo. Comparado con otros episodios de violencia de aquellos meses, más dispersos o peor documentados, Barbastro ofrece un caso casi cerrado sobre cómo una institución centenaria puede desaparecer de un lugar concreto en cuestión de semanas, y sobre lo difícil que resulta, noventa años después, seguir contando esa historia sin que se diluya entre tantas otras del mismo conflicto.
Hoy, el antiguo Colegio de los Escolapios y el museo de los mártires en Barbastro reciben cada año visitantes interesados en un capítulo que combina historia local, memoria religiosa y uno de los episodios de violencia colectiva más intensos de la Guerra Civil española, un conflicto cuyas heridas, casi un siglo después, siguen generando documentales, investigaciones y libros que tratan de entender lo que ocurrió en el verano de 1936.