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La Cabeza de Baco: medio siglo en la clandestinidad de una joya romana

Óscar Navarro 05 de July de 2026 68 lecturas 8 min de lectura
Cabeza de Baco, escultura romana de mármol del siglo I expuesta en el Museo de Arqueología de Álava tras su recuperación judicial
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Una pequeña escultura de mármol, apenas trece centímetros de altura, ha protagonizado una de las recuperaciones más notables de patrimonio cultural italiano en años. La Cabeza de Baco, una pieza romana del siglo I después de Cristo encontrada en Vitoria en 1976, regresa finalmente a la luz pública el 3 de julio de 2026 en el Museo de Arqueología de Álava tras una batalla legal de casi dos años. Su viaje desde los trabajos de canalización en la zona arqueológica de Arkaia hasta las vitrinas del Bibat es la historia de cómo una escultura romana puede perderse en la burocracia y la negligencia institucional, y de cómo el sistema judicial y la persistencia logran lo que parecía imposible: recuperar una obra de arte que había desaparecido de la memoria colectiva.

Media centuria en la sombra: la desaparición de una obra maestra

En 1976, durante las tareas de canalización de aguas en la zona arqueológica de Arkaia, un trabajador descubrió una pieza excepcional: una cabeza de mármol que los expertos datar posterior como del segundo cuarto del siglo I después de Cristo. El hallazgo debería haber sido catalogado, protegido y estudiado conforme al protocolo arqueológico estándar. En su lugar, el objeto fue entregado a Jon Buesa, entonces director de carreteras de la Diputación de Álava, quien nunca lo trasladó a las instituciones culturales que debían custodiarlo. Durante 46 años, la escultura permaneció en manos privadas, desconocida para los arqueólogos y el público, sumida en un limbo administrativo del que nadie parecía querer sacarla.

Lo que el tiempo consumía no era solo la oportunidad de estudio, sino también la integridad física de la obra. Los años en paradero desconocido permitieron que se realizaran moldeos de la pieza mediante procesos que dañaron gravemente la superficie del mármol. Capas de cera orgánica y barro se adhirieron a la escultura, penetrando en los poros de la piedra y destruyendo detalles microscópicos que arqueólogos y restauradores necesitan para comprender técnicas antiguas. Lo que comenzó como un hallazgo arqueológico se convirtió en un ejercicio de tafonomía moderna: el estudio de cómo los objetos se deterioran no por el paso de los siglos, sino por la negligencia contemporánea.

Baco en Hispania: la presencia del dios romano en Vitoria

Para entender por qué este objeto importa, es necesario retroceder al primer siglo del Imperio romano. Baco, dios del vino, la fertilidad y la transformación en la mitología romana, era una deidad cuyo culto se extendía desde Italia hasta los confines de Hispania. Los romanos no eliminaban las deidades locales que encontraban en sus conquistas, sino que las sincretizaban con sus propios dioses, creando una compleja red religiosa que facilitaba la asimilación cultural. Las esculturas del dios, en particular las pequeñas hermae como la hallada en Arkaia, servían múltiples funciones: eran objetos de devoción privada, elementos decorativos en espacios domésticos, símbolos del poder comercial romano y marcadores de la presencia imperial.

Vitoria, entonces conocida como Nueva Victoria, no era una ciudad de primera magnitud en Hispania romana, pero su situación estratégica en el corazón de la Península la convertía en un nudo de intercambios comerciales y culturales. La presencia de una escultura de Baco sugiere no solo actividad religiosa, sino también una cierta prosperidad económica y conexiones con las redes de comercio del vino. En el contexto arqueológico de Álava, la pieza representa un testigo silencioso de cómo la romanización no era un proceso de arriba abajo, sino una red de intercambios donde dioses, mercancías e ideas circulaban desde los puertos mediterráneos hasta las tierras interiores de la Península.

El largo camino judicial: cuando el sistema se pone en marcha

En 2022, casi medio siglo después del hallazgo original, un trabajo periodístico de investigación sacó a la luz que la Cabeza de Baco seguía existiendo y estaba en manos privadas. Ese descubrimiento fue el catalizador que faltaba. La Diputación de Álava presentó una demanda formal en los juzgados de Vitoria reclamando la devolución de la obra. Lo que podría haber sido una simple tramitación administrativa se convirtió en un proceso legal complejo en el que Jon Buesa, quien ahora ostentaba el cargo de principal responsable de carreteras, se resistió a la devolución.

La batalla legal duró dos años. Fue un proceso que ilustra tanto las fortalezas como las debilidades de los sistemas de recuperación de patrimonio cultural. Por un lado, el sistema funcionó: los juzgados reconocieron que la pieza pertenecía al patrimonio público, que su appropriation había sido irregular y que su devolución era obligatoria. Por otro lado, la lentitud del proceso y la resistencia burocrática revelaron cuánto tarda la justicia en recuperar bienes culturales, incluso cuando las pruebas son claras y los derechos están bien establecidos.

En 2024, tras la resolución judicial, la escultura fue transferida finalmente al Museo de Arqueología de Álava. Pero incluso entonces, el viaje no había terminado. La pieza necesitaba restauración urgente. El Instituto de Patrimonio Cultural de España analizó minuciosamente la obra y realizó trabajos de limpieza cuidadosa para eliminar los depósitos de cera y arcilla que habían penetrado en el mármol. Cada capa retirada debía ser documentada, cada intervención registrada, porque la restauración de una obra romana es a la vez un acto de preservación y de investigación.

De la arqueología al museo: la importancia de custodiar la memoria

El Museo de Arqueología de Álava, ubicado en el complejo Bibat de Vitoria, es una institución dedicada a preservar y comunicar la historia material de la región. Su colección abarca desde la Prehistoria hasta la época medieval, pero el énfasis está en el período romano, cuando Álava era un nudo central en las rutas comerciales de Hispania. La exhibición de la Cabeza de Baco, desde el 3 de julio hasta el 30 de septiembre de 2026, no es meramente un evento cultural, sino un acto de restitución simbólica y epistemológica. Por primera vez en casi cinco décadas, especialistas y ciudadanos pueden estudiar una obra que había desaparecido del registro académico, acceder a información sobre su procedencia, su técnica y su significado histórico.

El museo también ha planificado la creación de una réplica tridimensional disponible en su página web, haciendo la pieza accesible incluso a quiénes no puedan visitarla físicamente. Esta aproximación digital es característica de la museología contemporánea, que reconoce que la preservación no es solo custodia física, sino también documentación, difusión y democratización del acceso. En una época en la que muchos bienes culturales permanecen en colecciones privadas o en depósitos sin catalogar, la decisión del Bibat de crear un registro digital exhaustivo de la Cabeza de Baco representa una posición clara: el patrimonio es para todos.

Un precedente para la recuperación de patrimonio disperso

El caso de la Cabeza de Baco forma parte de una tendencia global de recuperación de bienes culturales que fueron sacados de sus contextos originales durante décadas. Aunque no es un caso de saqueo colonial como los miles de objetos dispersos en museos europeos y estadounidenses, sí ilustra cómo el patrimonio puede perderse incluso dentro de las propias fronteras de un país, víctima de la negligencia institucional y de individuos que priorizan la posesión sobre la custodia. Su regreso al Bibat envía un mensaje claro: que ningún objeto está demasiado pequeño, ningún caso demasiado antiguo, y que la persistencia judicial puede triunfar incluso cuando el tiempo transcurrido parece insuperable.

La exhibición de julio de 2026 marca el fin de un viaje largo e inesperado. Una pequeña cabeza de mármol, tallada en el siglo I, sobrevivió a la caída del Imperio romano, a la invasión germánica, a los mil años medievales y a la modernidad, solo para perderse en el siglo XX aún más completamente que ante cualquier catástrofe histórica. Su recuperación es un recordatorio de que las historias de nuestro pasado no están completamente escritas, que las obras de arte pueden viajar caminos impredecibles, y que el compromiso con la investigación, la justicia y la memoria colectiva puede, después de todo, traer a casa lo que parecía perdido para siempre.

Fuente: COPE

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