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Descubren la primera luna fuera del sistema solar

Óscar Navarro 23 de July de 2026 67 lecturas 6 min de lectura
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¿Cuántas lunas conocemos fuera de nuestro sistema solar? Hasta esta semana, la respuesta era exactamente cero. Los telescopios llevan tres décadas encontrando planetas alrededor de otras estrellas —ya van más de 6.000 confirmados—, pero ninguno había logrado detectar con solidez un satélite girando alrededor de uno de esos mundos. Un equipo liderado desde Chile acaba de cambiar eso, y lo ha hecho con un objeto tan extraño que ni siquiera está claro que la palabra "luna" le quede bien.

El objeto que rompe las reglas: ni planeta, ni estrella, ni luna

El hallazgo, publicado esta semana en la revista Nature, describe un cuerpo de aproximadamente 0,9 masas de Júpiter que orbita cada 170 días alrededor de una enana marrón situada a 73 años luz de la Tierra. Una enana marrón es un objeto a medio camino entre un planeta gigante y una estrella: tiene demasiada masa para ser un simple planeta, pero no la suficiente para encender la fusión de hidrógeno que ilumina a las estrellas normales.

El sistema completo, bautizado como CD-35 2722, tiene una estructura casi de muñecas rusas. En el centro hay una estrella con la mitad de la masa del Sol. Girando lejos de ella se encuentra la enana marrón CD-35 2722 B, con 37 masas jovianas. Y orbitando esa enana marrón, mucho más cerca, está el objeto recién descubierto: un cuerpo gigante que representa el 2,5% de la masa de su anfitriona, una proporción llamativamente parecida a la que existe entre la Tierra y la Luna.

Cómo es el sistema CD-35 2722

La investigación está liderada por Kevin Hoy, de la Universidad Diego Portales y el Observatorio Europeo Austral (ESO), junto con su compañera de equipo Alice Zurlo. Ambos llevan tiempo estudiando este sistema con la esperanza de entender mejor cómo se forman los objetos que orbitan a las enanas marrones, unos cuerpos que resultan mucho más comunes en la galaxia de lo que se pensaba hace apenas una década.

El instrumento que hizo posible ver lo invisible

Detectar un objeto así no es sencillo. La enana marrón CD-35 2722 B ya es de por sí extremadamente débil y difícil de observar, y hace falta medir con precisión milimétrica cómo se tambalea por efecto gravitatorio de algo que la orbita. Para lograrlo, el equipo empleó CRIRES+, un espectrógrafo de altísima resolución instalado en el Very Large Telescope del ESO, en el desierto de Atacama.

La técnica utilizada se llama espectroscopía de velocidad radial: consiste en medir minúsculos cambios en la luz que emite un objeto para deducir si algo tira de él gravitacionalmente. Es el mismo principio con el que se han descubierto miles de exoplanetas, pero aplicarlo a una enana marrón tan tenue, y a una distancia angular tan pequeña de su estrella compañera, exige un nivel de sensibilidad que hasta hace poco no existía.

¿Por qué es tan difícil encontrar una luna fuera del sistema solar?

El problema no es solo técnico. Los satélites que orbitan planetas o enanas marrones son, por definición, mucho más pequeños y débiles que sus anfitriones, así que su señal queda casi siempre enterrada bajo el ruido. Además, hace falta observar el sistema durante muchos ciclos orbitales para distinguir una señal real de una simple variación aleatoria. En este caso, los 170 días de periodo orbital obligaron a los investigadores a acumular años de mediciones antes de poder confirmar el hallazgo con la solidez que exige una revista como Nature.

very large telescope observatory dome open night sky stars Atacama desert

Una luna del tamaño de Júpiter: por qué desafía las definiciones

Aquí está lo verdaderamente incómodo del descubrimiento. Ninguna definición astronómica actual contempla un objeto de estas características. Kevin Hoy lo plantea con una mezcla de precisión científica y sentido del humor: "Ser la tercera en discordia de este sistema nos hace querer llamarla luna, aunque no se parezca en nada a las pequeñas lunas rocosas de nuestro sistema". Y es que comparar este objeto con la Luna terrestre, un cuerpo rocoso de apenas una fracción de la masa de la Tierra, resulta casi absurdo cuando se habla de un gigante gaseoso con casi la masa de Júpiter.

Alice Zurlo, coautora del estudio, resume bien el desconcierto que ha generado el hallazgo entre la comunidad astronómica: "En el sistema CD-35 2722, donde difuminamos las líneas entre estrellas, planetas y lunas, todo se vuelve más complicado". La Unión Astronómica Internacional lleva años debatiendo dónde trazar la frontera entre planeta y enana marrón, y ahora tendrá que sumar a esa discusión dónde empieza y termina el concepto de luna cuando el satélite en cuestión pesa casi tanto como el mayor planeta del sistema solar.

Lo que este hallazgo cambia para la búsqueda de otros mundos

Más allá de la anécdota clasificatoria, el descubrimiento tiene una consecuencia práctica importante: demuestra que la tecnología actual ya es capaz de detectar satélites en sistemas situados a decenas de años luz, algo que hasta hace pocos años parecía reservado a la ciencia ficción. Otros equipos, incluidos los que trabajan en la búsqueda de atmósferas en planetas de zonas habitables, seguirán de cerca esta técnica, porque abre la puerta a preguntarse si algunos de los exoplanetas rocosos ya catalogados podrían tener, a su vez, lunas propias todavía sin detectar.

Lo que hace especialmente significativo este hallazgo es que obliga a repensar un supuesto que llevábamos décadas dando por bueno: que el sistema solar es la plantilla razonable con la que imaginar cómo funcionan los demás. Aquí no hay una luna pequeña y rocosa acompañando a un planeta rocoso, sino un gigante gaseoso orbitando a otro cuerpo casi tan masivo como una estrella fallida. Si estructuras así resultan relativamente comunes en la galaxia, como empiezan a sugerir observaciones recientes, la propia definición de "sistema planetario" necesitará una revisión bastante más profunda que un simple ajuste de vocabulario.

Por ahora, CD-35 2722 se queda como el ejemplo de referencia, el primer caso confirmado de algo que los astrónomos llevaban tiempo sospechando que debía existir. Y a 73 años luz de distancia, ese gigante gaseoso seguirá completando su vuelta de 170 días alrededor de una estrella fallida, ajeno por completo al debate que ha desatado entre quienes intentan ponerle nombre.

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Fuente: Agencia SINC

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