Han pasado apenas unos días desde el Desastre de Annual cuando, el 22 de julio de 1921, en el cuartel de El Fondak, cerca de Tetuán, suena una corneta que no anuncia maniobras. Los legionarios que la escuchan llevaban semanas de instrucción rutinaria y, de golpe, se encuentran formados en columna con la orden de marchar hacia Ceuta. Nadie les había explicado del todo lo que pasaba en el este del Protectorado, pero el gesto del teniente coronel Millán-Astray al arengarlos deja pocas dudas sobre la gravedad del momento: "De Melilla nos llaman en su socorro. Ha llegado la hora de los legionarios. La situación allá es grave; quizás en esta empresa tengamos todos que morir".
Lo que había ocurrido días antes en la comandancia de Melilla fue uno de los mayores desastres militares de la historia de España contemporánea. Y la respuesta que se organizó a toda prisa, con una unidad que apenas llevaba un año creada, se convirtió en una de las páginas más recordadas —y también más mitificadas— del colonialismo español en Marruecos.
El derrumbe de una línea de posiciones mal defendida
Todo empezó a torcerse semanas antes. El 1 de junio de 1921 cayó la posición de Abarrán, un primer aviso que el general Manuel Fernández Silvestre, al mando de la comandancia de Melilla, no supo o no quiso interpretar como lo que era: el principio de una ofensiva coordinada de las cabilas rifeñas lideradas por Abd el-Krim. El 21 de julio cayó Igueriben tras una defensa agónica, sin apenas agua ni munición de refuerzo. Al día siguiente, la posición central de Annual, que daba nombre a toda la comandancia, se desmoronó en cuestión de horas.
Lo que siguió fue una desbandada en cadena. Puesto tras puesto, la línea española se fue vaciando mientras miles de soldados, muchos de ellos reclutas peninsulares sin apenas instrucción, intentaban replegarse hacia Melilla a través de un territorio hostil y sin apoyo aéreo ni logístico suficiente. Silvestre murió en circunstancias que nunca se aclararon del todo —la versión más extendida habla de suicidio ante la magnitud del desastre—. Las cifras varían según el historiador, pero el cómputo más citado sitúa en torno a 10.000 los militares españoles muertos en apenas unas semanas, una sangría que dejó Melilla prácticamente indefensa.
Una ciudad al borde del abismo
Con la plaza de Melilla convertida en el último bastión, el pánico se apoderó de la población civil. Circulaban rumores de que las cabilas rifeñas estaban a las puertas de la ciudad, y muchos vecinos empezaron a embarcar lo que podían en dirección a la Península. El Gobierno de Madrid, consciente de que perder Melilla habría supuesto una humillación de otro orden, ordenó movilizar todas las unidades disponibles en la zona del Protectorado. Entre ellas, la más reciente y menos probada: el Tercio de Extranjeros, la unidad que meses después pasaría a conocerse simplemente como La Legión.
Cien kilómetros para llegar a tiempo
La Legión llevaba fundada poco más de un año, desde octubre de 1920, bajo el impulso de Millán-Astray y con un joven comandante llamado Francisco Franco al frente de su primera bandera. Su bautismo de fuego real llegó precisamente con la respuesta a Annual.
La orden fue tajante: llegar a Ceuta cuanto antes para embarcar hacia Melilla. Entre el 22 y el 23 de julio, las banderas legionarias recorrieron cerca de 100 kilómetros en apenas un día y medio, buena parte del trayecto en una marcha continua de 17 horas bajo el calor del verano marroquí. No hubo apenas descanso ni raciones sobradas. Uno de los testimonios recogidos de aquella marcha, atribuido al cabo Piris Berrocal, describe el estado de los hombres al llegar: "La marcha se va haciendo insoportable, pues llevamos andando desde las tres de la madrugada con solo dos horas de descanso y las plantas de los pies son una pura llaga".
El desembarco que cambió el ánimo de la ciudad
El 23 de julio, las primeras banderas embarcaron en el vapor Ciudad de Cádiz rumbo a Melilla. Cuenta la crónica que, al aproximarse al puerto, los legionarios gritaron consignas de ánimo hacia la costa, conscientes de que buena parte de la población observaba la llegada de los barcos con una mezcla de esperanza y desconfianza: "Melillenses, os saludamos. Es La Legión, que viene a salvaros; nada temáis: nuestras vidas os lo garantizan".

El efecto psicológico de esa llegada fue, según coinciden varias crónicas de la época, casi tan importante como el efecto militar. La ciudad llevaba días sin apenas defensa organizada, con fuerzas exhaustas que habían sobrevivido a la desbandada. La aparición de una unidad fresca, entrenada y con una imagen de dureza cultivada desde su fundación, sirvió para frenar el éxodo civil y dar tiempo a que llegaran refuerzos desde la Península.
¿Por qué se convirtió este episodio en el mito fundacional de La Legión?
La respuesta tiene tanto de hecho militar como de construcción narrativa posterior. La Legión participó, en los meses siguientes, en la reconquista progresiva del terreno perdido, incluida la liberación de la posición de Monte Arruit, cuya guarnición se rindió el 9 de agosto de 1921 tras resistir en condiciones extremas. Esa campaña de recuperación territorial, que se prolongó durante buena parte de 1922 y 1923, consolidó a la unidad como pieza clave del ejército de África y sentó las bases del prestigio militar que arrastraría en las décadas siguientes, incluida su intervención posterior en la caída de Abd el-Krim en 1926.
Pero el propio Millán-Astray, hábil propagandista, supo capitalizar el episodio de Melilla como relato fundacional casi de inmediato. La imagen de una unidad marchando sin descanso para salvar una ciudad al borde de la caída encajaba con la épica que quería construir alrededor de La Legión, y ese relato se transmitió después casi sin matices.
Un desastre que marcó la política española durante una década
Más allá del episodio militar, Annual tuvo una onda expansiva que llegó hasta Madrid. La comisión parlamentaria que investigó las responsabilidades del desastre —el llamado Expediente Picasso— señaló fallos graves de mando, aunque nunca llegó a depurar responsabilidades políticas de fondo antes de que el golpe de Primo de Rivera, en septiembre de 1923, cerrara en falso el debate. La guerra se prolongaría hasta el desembarco de Alhucemas en 1925 y la rendición definitiva de Abd el-Krim en 1926.
Lo que hace especialmente revelador este episodio, puesto en perspectiva, es lo rápido que una unidad recién creada pasó de ser un experimento militar dudoso a convertirse en el emblema de una campaña colonial entera. En apenas semanas, La Legión pasó de existir sobre el papel a protagonizar el rescate de una ciudad al borde de la caída, y ese contraste explica buena parte del peso simbólico que conserva hoy en la memoria militar española. Conviene recordar, eso sí, que las cifras de bajas y el propio relato del desembarco proceden en gran medida de crónicas escritas por los protagonistas o por autores próximos al ejército.
Quien quiera profundizar en el contexto previo puede encontrar paralelismos con otros episodios de la presencia militar española en ultramar, como el asedio narrado en la resistencia española en Baler durante la guerra de Filipinas, donde un puñado de soldados también quedó aislado y a la espera de un rescate que tardó en llegar.