El castillo de Guzmán, en un pueblo de la Ribera del Duero burgalesa que apenas llega al centenar de vecinos, ha entregado este verano una pieza que casi nadie ha visto en España: una nuez de ballesta medieval, la pequeña pieza metálica que retenía la cuerda tensada del arma hasta el momento del disparo. Según el equipo que dirige la excavación, apenas hay ejemplares catalogados de este tipo en toda la península ibérica.
Seis veranos seguidos escarbando en el mismo cerro
Cada julio, desde hace ya seis años, un grupo de arqueólogos sube hasta la colina que domina Guzmán, un caserío tan pequeño que perdió su condición de municipio independiente hace décadas y hoy forma parte de Pedrosa de Duero. La campaña de este año, la sexta, está dirigida por Luis Alberto Polo, arqueólogo e historiador de la Universidad Rey Juan Carlos, y se ha centrado en la zona alta de la fortaleza y en los espacios domésticos y productivos que rodeaban la torre.
No es un proyecto improvisado. Cada campaña se plantea como continuación de la anterior, ampliando poco a poco el mapa de lo que fue este pequeño enclave de poder en plena Ribera del Duero. Y cada verano, el equipo repite el mismo gesto: al terminar la excavación, abre el yacimiento al pueblo. La visita guiada de este año está programada para hoy mismo, 25 de julio, a las seis y media de la tarde.
Una nuez de ballesta que casi no existe en los catálogos
La pieza más llamativa de esta temporada es minúscula: apenas unos centímetros de metal que formaban parte del mecanismo de disparo de una ballesta medieval. La nuez sujetaba la cuerda tensada hasta que el tirador soltaba el gatillo, y su hallazgo tiene mérito porque, según los responsables del proyecto, quedan muy pocos ejemplares registrados de este tipo en todo el territorio peninsular. Junto a ella han aparecido restos cerámicos, huesos de fauna y varias herramientas metálicas, todo asociado a una capa de incendio bien delimitada que marca un momento concreto de destrucción en la vida del castillo.
Dos fases de construcción y un incendio que lo cambió todo
El trabajo de este año ha permitido confirmar algo que llevaba tiempo intuyéndose: la fortaleza de Guzmán tuvo al menos dos grandes fases constructivas. La primera, una torre de planta circular, probablemente de los siglos IX o X. La segunda, una reforma que añadió un muro poligonal tras un episodio de destrucción que los arqueólogos sitúan, con cautela, en torno al siglo XI. Ese incendio, del que ahora hay evidencia material directa gracias a las herramientas y cerámicas calcinadas, parece marcar la frontera entre ambas etapas.
Vida cotidiana a los pies de la torre
Fuera del recinto amurallado, la excavación también ha sacado a la luz estructuras de adobe vinculadas a viviendas y a zonas de producción, además de un horno. Son los restos de la vida cotidiana que rodeaba a la torre: gente que vivía, cocinaba y trabajaba a los pies de la fortificación, no dentro de ella.
¿Por qué importa un castillo tan pequeño para entender Castilla?
Guzmán nunca fue una gran fortaleza señorial de las que salen en las guías turísticas. Y precisamente por eso interesa tanto a los historiadores: representa el tipo de castillo que organizó el territorio del valle del Duero durante los primeros siglos de formación de Castilla, cuando el poder no se ejercía solo desde grandes ciudades amuralladas sino desde una red de pequeños núcleos repartidos por el paisaje. Cada uno de esos castillos convivía con sus tierras de labor, sus zonas de pasto y, con frecuencia, alguna ermita cercana, formando microterritorios que funcionaban casi como unidades autosuficientes.

La prospección de los últimos años, en la que también ha participado la investigadora Leticia Tobalina-Pulido, del centro INCIPIT del CSIC, apunta además a la posible existencia de una necrópolis vinculada a la desaparecida ermita de Santa Ana, cerca del castillo. Si se confirma, ayudaría a completar el mapa de cómo se organizaba la vida, y la muerte, alrededor de esta fortificación hace mil años.
De la torre defensiva al palacio de los Guzmán
El nombre del castillo no es casual. La familia Guzmán, uno de los linajes nobiliarios más influyentes de la historia de España, tomó su apellido precisamente de este lugar, y entre sus descendientes figura el duque de Lerma, valido de Felipe III y una de las figuras más poderosas de la corte española en el siglo XVII. Con el paso de los siglos, sin embargo, el poder se trasladó a otros símbolos: en el siglo XVII, la iglesia de San Juan Bautista y un palacio construido en el propio pueblo sustituyeron a la vieja torre como referencia visible de la importancia de la familia. El castillo, mientras tanto, quedó abandonado a la intemperie, convertido poco a poco en ruina.
Es un patrón que se repite en muchos otros puntos del país: fortificaciones que perdieron su función militar en cuanto el territorio se estabilizó y que sobrevivieron solo como paisaje, hasta que la arqueología volvió a fijarse en ellas. Algo parecido ocurrió, por ejemplo, con la fortaleza de hace 5.000 años reaparecida bajo unos paneles solares en Extremadura, otro recordatorio de cuántas estructuras de poder llevan siglos esperando bajo tierra.
Lo que hace especialmente valioso el trabajo de Guzmán es precisamente su escala. No se trata de un gran monumento que ya conociéramos y del que solo faltaban detalles, sino de una fortificación menor, casi anónima, que va revelando año tras año cómo funcionaba realmente el territorio castellano en su etapa fundacional. Cada objeto pequeño, una nuez de ballesta, un horno, una capa de ceniza, aporta una pieza de un puzle mucho más amplio sobre cómo se vivía, se defendía y se producía en estos enclaves rurales. Y el hecho de que buena parte del hallazgo llegue no de un gran museo sino de un pueblo de un centenar de habitantes dice bastante sobre dónde se está escribiendo hoy la arqueología medieval en España.
Ese vínculo entre el pueblo y su historia se nota también en cómo se ha planteado el proyecto desde el principio: con visitas guiadas al final de cada campaña, participación de vecinos en las tareas de apoyo y una difusión que busca que el hallazgo no se quede solo en una publicación académica. Otros yacimientos con armamento medieval, como el lote de cascos hallado por unos pescadores en Benicarló, han demostrado en los últimos años que este tipo de objetos despiertan un interés que va mucho más allá de los especialistas. En Guzmán, de momento, la pequeña nuez de ballesta y la capa de incendio del siglo XI seguirán bajo estudio mientras el equipo prepara ya, con toda probabilidad, la séptima campaña del próximo verano.