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Así cayó Badajoz y le abrió el camino a Franco

Administrador 23 de August de 2026 22 lecturas 5 min de lectura
spanish civil war soldiers advancing near ancient city walls dusty golden light 1936
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Cuatro días. Eso fue lo que tardaron las columnas africanas del ejército sublevado en recorrer 120 kilómetros de tierra extremeña reseca por el verano de 1936 y plantarse ante las murallas de Badajoz. Corría el 14 de agosto, apenas tres semanas después del golpe militar que había partido España en dos, y lo que ocurrió aquel día en la capital pacense terminaría decidiendo, en buena medida, el rumbo de toda la guerra.

El objetivo no era solo tomar una ciudad. Era unir dos mitades del territorio sublevado que hasta entonces estaban separadas: el norte, donde los generales golpistas controlaban parte de Castilla y León, y el sur, donde el llamado Ejército de África —al mando estratégico del general Francisco Franco— acababa de cruzar el estrecho gracias al puente aéreo organizado con aviones alemanes e italianos. Badajoz, pegada a la frontera portuguesa, era la pieza que faltaba para cerrar ese corredor.

Un avance relámpago con ayuda desde Portugal

Al frente de la operación iba el teniente coronel Juan Yagüe, curtido en Marruecos y al mando de legionarios y regulares del Protectorado. Su columna avanzó con una rapidez que sorprendió a sus propios superiores: 120 kilómetros en cuatro jornadas, con escasa resistencia hasta llegar a las inmediaciones de la ciudad. El 13 de agosto alcanzaron las murallas; al día siguiente lanzaron el asalto definitivo.

Ese avance no se explica sin la connivencia del régimen de António de Oliveira Salazar en Portugal. Carreteras y líneas telefónicas del país vecino sirvieron de apoyo logístico a las tropas franquistas, un detalle que rara vez aparece en los relatos más divulgativos de la campaña pero que los historiadores consideran clave para entender la velocidad de la operación.

Una defensa desbordada

Dentro de Badajoz, la defensa republicana recayó primero en el coronel Alberto Puigdenolas y después en el teniente coronel Pastor Palacios. Contaban con unos 500 soldados regulares, reforzados por más de 3.000 milicianos de partidos de izquierda, guardias de asalto y carabineros. Sobre el papel, una fuerza notable. En la práctica, una tropa mal coordinada y peor armada frente a legionarios experimentados en combate.

La muralla, pensada para otra época, no resistió el ataque combinado de artillería y asalto de infantería. Tras horas de combate encarnizado, especialmente feroz en la Puerta de la Trinidad, la ciudad cayó. Cerca de 500 combatientes republicanos quedaron prisioneros.

La guerra de la información, un arma más

Lo sucedido después en Badajoz se convirtió, casi de inmediato, en munición propagandística para ambos bandos. La emisora republicana conocida como «La Voz de Madrid» difundió que Yagüe había ordenado ejecuciones masivas de prisioneros en la plaza de toros de la ciudad, una versión que circuló ampliamente por la prensa internacional de la época y que contribuyó a fijar la imagen de brutalidad del avance franquista.

old stone city walls breach with military silhouettes dramatic sepia toned atmosphere

Los datos disponibles sobre la represión de aquellas semanas son, en cualquier caso, sobrecogedores en ambos bandos: se calculan 168 personas fusiladas por los sublevados en Badajoz durante agosto de 1936, frente a 494 asesinadas por milicias y grupos republicanos entre julio y septiembre en la provincia. Son cifras que los historiadores siguen matizando y contrastando, porque los registros de aquellos meses de caos son incompletos y en muchos casos se perdieron o fueron manipulados después por ambos bandos.

¿Por qué fue tan decisiva la toma de Badajoz?

La ciudad no tenía un valor simbólico especial más allá de su tamaño, pero sí un valor geográfico decisivo: al caer, el territorio sublevado del norte y el del sur quedaron unidos en un solo bloque continuo, algo que hasta entonces no existía. Esa unión abrió una vía terrestre directa hacia Madrid a través de Extremadura, y además demostró, por primera vez a gran escala, la eficacia de las tropas africanas frente a las milicias populares, un argumento que Franco explotaría después para consolidar su liderazgo dentro del bando sublevado.

El precedente que marcó el resto de la campaña

Badajoz no fue el final de nada, pero sí el principio de un patrón que se repetiría durante meses: columnas africanas avanzando rápido por el oeste peninsular, apoyo aéreo alemán e italiano, y una resistencia republicana desorganizada que solo lograría frenar el avance franquista ya a las puertas de Madrid, en noviembre de aquel mismo año. La capital aguantaría, pero el camino hacia ella había quedado abierto en aquel agosto extremeño.

Lo que hace especialmente relevante este episodio, noventa años después, es que condensa casi todos los elementos que definieron el resto de la contienda: la superioridad táctica de las tropas profesionales frente a las milicias improvisadas, el papel de las potencias extranjeras —Portugal, Alemania, Italia— como apoyo logístico decisivo, y el uso de la propaganda como arma tan real como los fusiles. Puesto en perspectiva, Badajoz funciona casi como un ensayo general de la guerra que vendría después, con su violencia, su desinformación y su lucha por el territorio como ejes centrales.

Hoy, la ciudad conserva restos de aquella muralla que resultó insuficiente frente a la artillería del siglo XX, y cada agosto historiadores y aficionados recuerdan una batalla que, pese a su corta duración, cambió el curso de una guerra que duraría casi tres años más. Para entender otros episodios en los que España se dividió contra sí misma, conviene recordar también la Revolución Cantonal de 1873, otro momento en que el país se fracturó por dentro, o la resistencia desesperada narrada en la batalla que dejó solos a los héroes de Baler, otro asedio que también se convirtió en símbolo antes que en simple episodio militar.

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Fuente: El Debate

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