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34 vecinos en un valle: los neandertales de Madrid

Óscar Navarro 20 de July de 2026 64 lecturas 6 min de lectura
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Imagina hacer un censo de un valle de la sierra de Madrid, pero con una salvedad: han pasado 90.000 años y los vecinos que cuentas no son humanos modernos, sino neandertales. Es exactamente lo que ha hecho un equipo de investigadores de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y la Universidad de Sevilla, que ha calculado cuántos neandertales pudo sostener el valle alto del río Lozoya en aquella época: entre 14 y 33, según el momento y la disponibilidad de alimento.

El dato no sale de una intuición ni de un cálculo aproximado a ojo. Los científicos han reconstruido, especie por especie, la cantidad de carne que el ecosistema del valle era capaz de producir hace decenas de miles de años, y a partir de ahí han estimado cuántas bocas podía alimentar de forma sostenida. El resultado, publicado en la revista Landscape Ecology, convierte un yacimiento arqueológico madrileño en una especie de calculadora demográfica del Pleistoceno.

Un valle convertido en despensa: así se hizo el conteo

El trabajo se apoya en los restos hallados en Cueva del Camino, uno de los puntos clave del conjunto arqueológico del Calvero de la Higuera, en el término de Pinilla del Valle. Allí, generación tras generación de excavaciones han sacado a la luz huesos de nueve especies de grandes herbívoros: rinoceronte, caballo, uro, rebeco, ciervo, gamo, corzo, jabalí y castor.

Con esos restos como punto de partida, el equipo construyó modelos que cruzaban datos fósiles con reconstrucciones paleoclimáticas de la zona. No se trataba solo de contar huesos, sino de estimar cuánta biomasa animal existía realmente en el valle en un momento dado y qué parte de esa biomasa podía convertirse en alimento aprovechable por un grupo humano cazador. De ahí sale el rango de 14 a 33 individuos: el suelo de un mal año y el techo de una temporada generosa.

Por qué el ciervo importaba más que el rebeco

Uno de los hallazgos más reveladores del estudio tiene que ver con el reparto del territorio. No todas las especies ocupaban el valle por igual. El ciervo, por ejemplo, resultó ser el animal mejor adaptado a las zonas más favorables del entorno, mientras que el rebeco, más ligado a terrenos escarpados, disponía de un hábitat mucho más limitado dentro del mismo espacio.

Esa distribución desigual tiene una consecuencia directa para el cálculo final: no basta con sumar todos los animales presentes en el valle, porque buena parte de esa fauna vivía en rincones a los que un grupo humano no siempre tenía acceso fácil o seguro. Al tener esto en cuenta, la disponibilidad real de recursos se reduce de forma notable respecto a lo que sugeriría un simple recuento de especies.

¿Vivían allí de forma permanente o solo de paso?

Aquí está uno de los matices que más cuidado ponen los propios autores en explicar. Los datos no describen una aldea neandertal fija junto al río, sino algo más parecido a un refugio de temporada. Beatriz Trejo, investigadora predoctoral de la UCM y una de las firmantes del trabajo, lo resume así: «No hablamos de una ocupación continua, sino de un entorno que pudo favorecer presencias recurrentes».

ancient deer and horses grazing in prehistoric forest clearing golden light

Es decir, grupos que volvían al valle una y otra vez cuando las condiciones eran buenas, sin quedarse a vivir de manera ininterrumpida. El valle actuaba como un refugio ecológico especialmente valioso durante el Pleistoceno Superior, un periodo en el que los yacimientos con evidencia de presencia humana en la región eran, en general, bastante escasos. Tener un lugar fiable donde encontrar comida, agua y abrigo, aunque fuera de forma intermitente, pudo marcar la diferencia entre sobrevivir a un invierno duro o no hacerlo.

De los huesos a una cifra: el salto metodológico

Lo llamativo del estudio no es solo el resultado, sino el camino para llegar a él. Guillermo Rodríguez-Gómez, investigador de la Universidad de Sevilla y coordinador del trabajo, señala que «la principal aportación del trabajo es que permite pasar de una descripción del registro faunístico a una estimación» con números concretos de población.

Hasta ahora, buena parte de los estudios sobre yacimientos neandertales se quedaban en catalogar qué especies aparecían y en qué proporción, sin dar el salto a preguntarse cuánta gente podía vivir de aquello. Este trabajo sí lo hace, y lo hace con un método que, según los propios autores, podría aplicarse a otros yacimientos ibéricos para comparar la capacidad de acogida de distintos territorios en la misma época.

Lo que esta cifra cambia en el mapa neandertal de la península

Puesto en perspectiva, este tipo de cálculo aporta algo que muchas veces falta en el debate sobre la extinción de los neandertales: una medida concreta de cuántos recursos tenían realmente disponibles. No es lo mismo hablar en abstracto de grupos pequeños y dispersos que poder decir que un valle concreto, con una fauna concreta, sostenía como máximo a unas tres decenas de personas en el mejor de los escenarios. Ese techo tan bajo ayuda a entender por qué la demografía neandertal era tan frágil frente a cualquier cambio ambiental brusco, y por qué territorios como este, capaces de funcionar como refugio en los peores momentos climáticos, resultaban tan valiosos.

El hallazgo de un rinoceronte estepario bajo Cataluña ya había mostrado hasta qué punto la fauna del Pleistoceno ibérico convivía con estos grupos humanos, y este nuevo estudio añade una pieza que faltaba: cuántas personas podía sostener realmente ese paisaje compartido. También conecta con lo que se sabe de otros enclaves prehistóricos peninsulares, como el descrito en el reportaje sobre Cortijo Lobato y su capacidad de resistencia ante una sequía extrema, donde el entorno natural también resultó decisivo para la supervivencia de una comunidad humana.

El valle del Lozoya lleva décadas dando sorpresas a los paleontólogos, desde los restos de elefantes hasta improntas de actividad humana muy antigua. Esta última investigación no añade un fósil nuevo a la vitrina, pero sí algo igual de valioso: una forma de leer los huesos que ya se tenían para responder una pregunta que llevaba tiempo sin contestar. Cuántos vecinos tuvo aquel valle hace 90.000 años. La respuesta, ahora lo sabemos, cabía en un puñado de familias.

Breve historia de los neandertales

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Fuente: Agencia SINC

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