El emperador está de rodillas, con la espada aún ensangrentada en la mano izquierda porque la derecha ha quedado herida en la refriega. Frente a él, sentado, un hombre de origen turcomano al que hasta esa mañana solo conocía por los informes de sus generales le apoya una bota sobre el cuello. No es un gesto de crueldad gratuita: en la corte selyúcida, ese contacto simbólico entre el vencedor y el vencido formaba parte del ceremonial de sumisión. El cautivo es Romano IV Diógenes, emperador de los romanos, como todavía se llamaban a sí mismos los bizantinos. El hombre de la bota es Alp Arslan, sultán selyúcida. Es el 26 de agosto de 1071, y acaba de terminar una de las batallas que más se han citado, y más se han malinterpretado, en la historia militar medieval: Manzikert.
Durante generaciones se enseñó esta derrota como el golpe que hundió de un plumazo al Imperio bizantino. La realidad, según muestran los estudios más recientes sobre la campaña, fue más lenta y más compleja: Manzikert no destruyó Bizancio esa tarde, pero desencadenó un proceso de guerra civil, pérdida territorial y debilidad militar del que el imperio ya nunca se recuperaría del todo. Y ese proceso terminó cambiando quién dominaba Anatolia, la región que hoy ocupa buena parte de Turquía, durante los siglos siguientes.
Un imperio que llegaba mal preparado
Romano IV Diógenes no nació emperador. Era un aristócrata militar de la región de Capadocia que llegó al trono en 1068 tras casarse con la emperatriz viuda Eudoxia Macrembolitisa. Heredaba un ejército deteriorado: su predecesor, Constantino X Ducas, había recortado el gasto militar en favor de la burocracia civil, y las fronteras orientales del imperio llevaban años sufriendo las incursiones de grupos turcomanos que, procedentes de Asia Central, se habían ido asentando en la meseta iraní bajo el liderazgo de la dinastía selyúcida.
El sultán Alp Arslan, que gobernaba ese imperio selyúcida desde 1063, no tenía en principio a Bizancio como objetivo prioritario. Su mirada estaba puesta en Siria y Egipto, donde competía con el califato fatimí. Las razias turcomanas contra territorio bizantino —el saqueo de Melitene en 1058, el de Cesarea en 1067— eran en buena medida obra de grupos que ni siquiera obedecían directamente al sultán. Romano, sin embargo, decidió que había llegado el momento de una respuesta contundente y organizó para la primavera de 1071 una gran expedición destinada a asegurar de una vez la frontera de Armenia.
Un ejército numeroso pero poco cohesionado
Las cifras que dan las crónicas varían mucho —algunas hablan de hasta 300.000 hombres, una exageración típica de la época—, pero el consenso actual sitúa la fuerza bizantina entre 40.000 y 70.000 soldados, probablemente el doble que el ejército selyúcida. El problema no era el número, sino la composición: mercenarios normandos con Roussel de Bailleul al mando, contingentes de pechenegos y uzos procedentes de las estepas, tropas francas y armenias, y conscriptos bizantinos que llevaban años sin entrar en combate serio. Un ejército grande y caro, con lealtades divididas, muy distinto a la maquinaria profesional que había construido Basilio II un siglo antes.
La traición que decidió la batalla
El desastre empezó a fraguarse antes del choque. Al llegar a la región de Manzikert, en la actual provincia turca de Muş, Romano dividió su ejército: envió a un general, Josef Tarcaniotes, con una parte considerable de las tropas hacia el norte, cerca del lago Van, mientras él avanzaba con el resto hacia la fortaleza. Lo que ocurrió con esa columna sigue siendo objeto de debate entre historiadores —las fuentes bizantinas guardan un silencio llamativo al respecto—, pero el resultado fue que Romano se presentó ante Alp Arslan con apenas la mitad de la fuerza con la que había salido de Constantinopla.
Alp Arslan, que no buscaba realmente ese enfrentamiento, ofreció una tregua. Romano la rechazó, convencido de su superioridad numérica. El 26 de agosto los dos ejércitos se trabaron en combate. Los normandos de Roussel de Bailleul huyeron casi de inmediato; algunos mercenarios uzos, de origen turco como el enemigo, cambiaron de bando en pleno fragor de la batalla. El cronista Miguel Ataliates, que participó en la campaña y dejó uno de los pocos testimonios directos que se conservan, describió así el caos de esa tarde: «Fue como un terremoto: los gritos, el sudor, los súbitos arrebatos de miedo, las nubes de polvo y, sobre todo, las hordas de turcos cabalgando a nuestro alrededor». Y añadía que aquello fue «una escena trágica, más allá de cualquier lamento».
El rumor que hundió al ejército
Con la luz del día apagándose, Romano ordenó la retirada hacia el campamento. Fue en ese repliegue, no en el choque frontal, donde se decidió realmente la suerte de la jornada. Andrónico Ducas, primo del anterior emperador y rival político de Romano, comandaba la retaguardia y, según varias crónicas, hizo correr la voz de que el emperador había muerto. La retirada se convirtió en desbandada. Los selyúcidas, jinetes ligeros acostumbrados a explotar cualquier grieta en la formación enemiga, envolvieron a la guardia imperial. Romano, con la mano derecha herida, luchó hasta quedar rodeado y fue hecho prisionero.
La clemencia inesperada del sultán
Lo que sucedió después sorprende a quien espera un final sangriento. Según el relato del cronista e historiador bizantino Miguel Pselo, Alp Arslan trató al emperador cautivo con una consideración notable: tras el gesto ritual de sumisión, lo hizo alimentar durante una semana y le permitió incluso designar a algunos prisioneros bizantinos para que fueran liberados. La crónica conocida como Escilitzés Continuado recoge un intercambio entre ambos que se ha citado durante siglos. Romano, según ese relato, admitió que de haber vencido él, habría dado muerte a golpes a su rival. Alp Arslan respondió: «Yo no voy a imitarte. Me han enseñado que tu Cristo predica la mansedumbre y el perdón de las ofensas. Él resiste al soberbio y da su gracia al humilde».
La clemencia, sin embargo, tenía un precio. Alp Arslan liberó a Romano a cambio de un rescate personal, la cesión de territorios en Armenia y de plazas como Edesa, Hierápolis y Antioquía, una alianza matrimonial entre una hija del emperador y un príncipe selyúcida, el pago inmediato de 1,5 millones de monedas de oro y un tributo anual de 360.000 monedas. Son cifras que dan una idea de hasta qué punto Alp Arslan concebía aquello como un acuerdo político, no como la conquista de un imperio rival.
Un imperio que se desangra desde dentro
El pacto nunca llegó a cumplirse. Cuando Romano regresó a territorio bizantino se encontró con que sus enemigos en la corte ya habían proclamado emperador a Miguel VII Ducas. Fue depuesto y, siguiendo la práctica bizantina para inhabilitar a un rival político sin ejecutarlo directamente, cegado con tal brutalidad que murió poco después a causa de las heridas. Con Romano fuera de juego, el tratado firmado con Alp Arslan quedó sin validez a ojos de Constantinopla, y el sultán selyúcida se sintió libre para continuar su avance sin las restricciones que él mismo se había impuesto.
Lo que siguió fue, más que una invasión organizada, una desintegración progresiva. Distintos gobernadores provinciales bizantinos, enfrentados entre sí por el trono, llegaron incluso a contratar a bandas turcomanas como mercenarios en sus propias guerras civiles, lo que aceleró el asentamiento turco en la meseta anatolia. Hacia 1080, los selyúcidas y otros grupos turcos controlaban ya una franja de territorio bizantino de más de 77.000 kilómetros cuadrados. En 1078 se estableció en Nicea, a poca distancia de Constantinopla, la capital de un nuevo estado turco independiente: el sultanato de Rum. Anatolia, que durante siglos había sido el granero de reclutas y de grano del Imperio bizantino, dejaba de serlo.
¿Por qué se considera Manzikert tan decisivo si no fue una batalla especialmente sangrienta?
Las pérdidas humanas en el propio campo de batalla fueron, según los estándares de la época, moderadas. Lo que hizo de Manzikert un punto de inflexión no fue la matanza, sino la humillación política del emperador y, sobre todo, el vacío de poder y la guerra civil que provocó su caída. Bizancio perdió Anatolia menos a manos del ejército selyúcida que a manos de sus propios generales, enfrentados entre sí durante casi una década mientras la región se les escapaba de las manos.
El camino hacia las cruzadas
La estabilidad no volvió a Bizancio hasta 1081, con la llegada al trono de Alejo I Comneno, que diez años antes había combatido en Manzikert como oficial joven. Alejo reconstruyó buena parte del aparato militar del imperio, pero para entonces Anatolia central ya estaba perdida como base de reclutamiento. Necesitado de soldados profesionales que su propio territorio ya no podía darle, envió embajadores a Occidente pidiendo ayuda militar. Esa petición, dirigida al papa Urbano II, fue uno de los detonantes directos del concilio de Clermont de 1095 y de la convocatoria de la primera cruzada.
Vista con la distancia de los siglos, Manzikert no funciona bien como relato de una única tarde decisiva, y ahí está lo que la hace más interesante que la imagen simplificada que suele repetirse de ella. Lo determinante no fue el choque de armas del 26 de agosto de 1071, sino la reacción en cadena que provocó: una corte que prefirió cegar a su emperador antes que sostener un tratado incómodo, unos generales que antepusieron sus ambiciones al territorio que debían defender, y un vacío de poder que un pueblo recién llegado a la región supo aprovechar mejor que nadie. El caso recuerda a otros episodios militares en los que la derrota en el campo no fue tan grave como la crisis política que la siguió.
Ocho siglos después, la región que Romano IV Diógenes salió a defender en 1071 seguía hablando turco, y el sultanato que Alp Arslan había fundado en la práctica había dado paso, con el tiempo, al imperio otomano. Pocas batallas medievales determinaron así el idioma y la religión mayoritaria de un territorio durante los mil años siguientes.